TODOS A LO SUYO Y NADIE (O CASI) EN LO DE TODOS
Habrán visto en este
blog “Por Derecho” un enlace que se refiere al amenazante “Proyecto
de Ley por la que se regulan
determinadas tasas en el ámbito de la
Administración de Justicia y del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias
Forenses”. En el blog “Hay Derecho” (con enlace aquí) se publicó el lunes 8 de
octubre de 2012, un artículo que informa suficientemente, me parece, de la tremenda
amenaza. Y si quieren ver el Proyecto con detalle, vayan a la web del Congreso
de los Diputados:
No voy a insistir
ahora en ejemplos de lo que pretende ese Proyecto, que sigue la línea de la
implantación, por el anterior Gobierno, de unas tasas relativas a los recursos.
Los efectos nefastos de lo que ahora avanza sin parar en el Congreso de los
Diputados son infinitamente superiores a los de las tasas ya implantadas.
Tampoco me detendré en el hecho de que —con dudosa constitucionalidad— Cataluña
ya aprobó una ley de tasas en la línea del temible Proyecto, aunque con
cuantías mucho más razonables. Esta dualidad de normas (y en la Comunidad
Valenciana se prepara otra) no es precisamente clarificadora sobre el acceso a
la Justicia. Pero el Proyecto de Ley citado supondría, en todo caso, impedir el
acceso a los Tribunales a millones de españoles, sobre todo a personas físicas
y a pequeñas y medianas empresas, que no andan precisamente holgadas en
liquidez y, con frecuencia, sí están ahogadas por el impago de las Administraciones y
empresas públicas (con cruel sarcasmo, estos acreedores no podrían demandar a
esos deudores gracias a la Ley proyectada).
De lo que ahora
quiero hablar es de lo que hacen, al respecto, el Consejo General de la
Abogacía y los Colegios de Abogados, el Consejo General del Poder Judicial, las
asociaciones judiciales, las Facultades de Derecho y sus profesores, etc. Es
muy corto lo que tengo que decir: no
hacen nada, al menos nada de mínima entidad, nada informativamente digno de
atención, pese a que el Proyecto, de convertirse en Ley, cambiará de modo
radical la realidad jurídica española.
Los jueces (simplifico
y me refiero también con este nombre a los que han alcanzado la categoría de
“magistrados”) no hacen nada porque quizá piensan que su carga de trabajo
disminuirá drásticamente en cuanto se empiece a cobrar sin moderación el inicio
de cualquier litigio (menos las denuncias y querellas). Tal vez eso explique su
silencio y su inacción. Pero esa explicación implica que los jueces ya han
decidido no ser sino unos funcionarios más, un tipo de empleado público como
otro cualquiera: eso se viene predicando desde dentro (alguna asociación lo ha
dicho recientemente sin ningún pudor) para movilizar reivindicativamente a los
miembros de la Carrera Judicial como se movilizaría cualquier trabajador ante
los “recortes”.
Hay en eso un tremendo error de base, consistente en no
reconocerse como unos servidores públicos muy especiales, con una potestad singularísima
atribuída para protegernos a todos. Que los jueces se consideren ante todo
jueces no les debería impedir moverse en defensa de sus derechos. En cambio, que para incrementar
su actitud o talante reivindicativo acepten dejar a un lado su
específica condición judicial, aparte de no serles de ninguna utilidad para sus derechos, es fatal para los derechos y deberes de todos
nosotros. Los partidarios de esa proletarización judicial se están haciendo
responsables de una degradación ética y cívica del oficio de juzgar que será
devastadora para la tutela jurídica de todos. La proletarización de la
Judicatura que ya hemos denunciado hace tiempo nos deja a todos a merced del puro poder de
cualquier tipo (piensen un poco en la extrema dificultad añadida por las tasas para acceder la
jurisdicción contencioso-administrativa, que más directamente controla la
legalidad del Ejecutivo y de las Administraciones públicas). Y no es consolador
que nuestra tristeza la padezcan también cierto número de jueces decentes y
dignos, que injustamente sufrirán —sufen ya— el desprestigio general de la Judicatura.
Ni CGPJ ni
asociaciones judiciales dicen nada de las tasas futuras. Lo que ahora recoge la
prensa es una pelea entre jueces y fiscales de la Audiencia Nacional por unas
plazas de aparcamiento. Y hace días, lo que veía publicado el español medio era
una pelea entre jueces y Ministerio de Justicia por tipos y días de permisos,
pelea que, al parecer, no iba a llegar a mayores por la generosa cesión del Ministerio.
¿Cómo podrán los jueces quejarse del desprestigio social —que, sí, es indeseable e
incluso injusto— cuando permiten esa “imagen” de casta alejada de la gente, de la realidad? ¿Cómo piensan que, metidos en su mundo pequeñito, pero con empleo fijo y bastante bien pagado (señores jueces y magistrados: piénsenlo bien antes de quejarse públicamente: Vds. cobran más que la mayoría de los servidores públicos titulados universitarios y no hablemos de los magistrados del Tribunal Supremo, que cobran bastante más que los Ministros del Gobierno de España) podrán recibir la comprensión de unos ciudadanos que las están pasando canutas? (Por si los dos párrafos anteriores no estuviesen del todo claros, lean el comentario de Anónimo judicial y mi respuesta en dos partes).
Más sorprendente, con todo, es el silencio de los abogados. Y lo dice quien ha sido y se ha sentido
y aun se siente abogado, desde hace más de treinta años, aunque ahora no ejerza. Incluso si los
Colegios de Abogados hubiesen perdido (que lo han perdido) todo aliento de
mínimo altruismo y de conciencia de su legítima función social, ¿cómo no
reaccionan ante un Proyecto que previsiblemente perjudicará tremendamente a
miles de abogados, al reducir su clientela?
Se puede pensar —hay quien lo piensa— que el dominio de los grandes despachos o “firmas” de abogados es total sobre los Colegios. No estoy en absoluto seguro de eso y no me parece que la pasividad corporativa de la Abogacía ante el Proyecto de Ley citado se explique así. Pienso que más bien se trata de la conjunción de dos elementos: por un lado, esas corporaciones carecen de reflejos y de músculos para lo que no sea su propia rutina de funcionamiento y financiación y, por otro, están creyendo, tontamente, que —como el Proyecto se atreve a decir, pese a ser falso e ilegal: contrario a la Ley Ley 8/1989 de Tasas y Precios Públicos— lo que se saque de las venideras tasas servirá para pagar los turnos de oficio, un problema envenenado que no tiene nada que ver con la falsedad propagandística de que “en España, como la Justicia es barata, litigamos por capricho a troche y moche y eso no puede ser: el que quiera litigar, que pague”.
Este tópico pseudo-liberal, que equipara acceder a los Tribunales con beber whisky de malta o embarcarse en un super-crucero, es una gran mentira. En España, la Justicia no es barata y mucho menos gratuita, ni siquiera para quienes, como manda la Constitución, acrediten insuficiencia de recursos para litigar (art. 119 CE). En España, todo el mundo conoce que “más vale un mal acuerdo que un buen pleito” y todo el mundo sabe la verdad que encierra la maldición gitana “pleitos tengas y los ganes”. De manera que no estamos poblados por cientos de miles de litigantes maliciosos, que dan rienda suelta a su morbosa afición, como si fuesen ludópatas, a costa de todos. Y hay, por lo demás, bastantes medios contra los litigantes temerarios, distintos de cerrar las puertas a todos poniendo un alto precio a la Justicia… pero, eso sí, con exención de pago para las Administraciones públicas y asimilados (que sí litigan “gratis total” con el dinero de todos), para el Ministerio Fiscal, etc.
Se puede pensar —hay quien lo piensa— que el dominio de los grandes despachos o “firmas” de abogados es total sobre los Colegios. No estoy en absoluto seguro de eso y no me parece que la pasividad corporativa de la Abogacía ante el Proyecto de Ley citado se explique así. Pienso que más bien se trata de la conjunción de dos elementos: por un lado, esas corporaciones carecen de reflejos y de músculos para lo que no sea su propia rutina de funcionamiento y financiación y, por otro, están creyendo, tontamente, que —como el Proyecto se atreve a decir, pese a ser falso e ilegal: contrario a la Ley Ley 8/1989 de Tasas y Precios Públicos— lo que se saque de las venideras tasas servirá para pagar los turnos de oficio, un problema envenenado que no tiene nada que ver con la falsedad propagandística de que “en España, como la Justicia es barata, litigamos por capricho a troche y moche y eso no puede ser: el que quiera litigar, que pague”.
Este tópico pseudo-liberal, que equipara acceder a los Tribunales con beber whisky de malta o embarcarse en un super-crucero, es una gran mentira. En España, la Justicia no es barata y mucho menos gratuita, ni siquiera para quienes, como manda la Constitución, acrediten insuficiencia de recursos para litigar (art. 119 CE). En España, todo el mundo conoce que “más vale un mal acuerdo que un buen pleito” y todo el mundo sabe la verdad que encierra la maldición gitana “pleitos tengas y los ganes”. De manera que no estamos poblados por cientos de miles de litigantes maliciosos, que dan rienda suelta a su morbosa afición, como si fuesen ludópatas, a costa de todos. Y hay, por lo demás, bastantes medios contra los litigantes temerarios, distintos de cerrar las puertas a todos poniendo un alto precio a la Justicia… pero, eso sí, con exención de pago para las Administraciones públicas y asimilados (que sí litigan “gratis total” con el dinero de todos), para el Ministerio Fiscal, etc.
¿Salen a la palestra
pública Decanos de Colegios o dirigentes del Consejo General de la Abogacía
para ilustrar a los ciudadanos de la transformación degenerativa que se
avecina, apoyada en la mendacidaz falaz que acabo de denunciar e incluso en la tergiversación
absoluta de una sentencia del Tribunal Constitucional? ¡Desde luego que no! Los
Colegios Profesionales, corporaciones de Derecho Público que un Pedrol Rius consiguió introducir en el
texto constitucional, han perdido por completo su médula de servicio a la
sociedad y su entraña deontológica y altruista. Antonio Pedrol Rius se revolverá en su tumba, porque, con todas sus
particularidades (nunca fui “pedrolista”), esta desidia absoluta no le iba y no
padecía la insensibilidad que se aprecia.
Pero, como se me ha
hecho notar, tampoco se advierte reacción desde el ámbito académico ante el
monstruoso designio de poner precios prohibitivos a la Justicia, especialmente
a los particulares, a las personas físicas, a consumidores y a usuarios que
quieran reaccionar de modo individual. El reproche al profesorado universitario
de Derecho (y de otras carreras, también afectadas) está plenamente
justificado. Pero es que la Universidad y, en concreto, las Facultades de
Derecho o centros similares con otro nombre ya dejaron, hace tiempo, de ser, en
su conjunto, ámbitos de constante atención a la realidad social y de generación
de análisis críticos independientes. Hay, sí, algunas iniciativas aisladas, no
sólo de éste o de aquél docente, sino incluso de Departamentos o de “áreas”
enteras: así se entienden coloquios, conferencias, mesas redondas y
publicaciones sobre asuntos de actualidad. Pero no tenemos medios ni tiempo
para lograr que esas iniciativas, nunca o casi nunca corporativas, alcancen
difusión social. Y, además, se trataría siempre de excepciones. La actitud
general es de pasotismo y desatención hacia la realidad, actitud fomentada en
ciertos casos —también hay que decirlo— por crecientes cargas de trabajo y
exigencias abrumadoras de papeleo burocrático (aunque eso sí, todo por
internet). Desde los Rectorados, la comunicación
institucional no se pone nunca al servicio de causas cívicas, bien
analizadas y fundamentadas por los universitarios que saben del tema de que se
trate.
La Justicia en España
no es gratuita ni barata. Pero aún es una Justicia accesible. Tras el Proyecto, si se
aprueba —y me temo que así sea, pese a las enmiendas a la totalidad presentadas, primero
por UpyD y después de los restantes grupos parlamentarios, excepto el Popular, claro—, la Justicia en España sólo será para los económicamente poderosos.
Un enorme cambio, que apuntilla a este país. Habrá, como hemos visto, graves
corresponsables de tal cambio, pero siempre será el Gobierno del Partido
Popular quien habrá cometido la atrocidad y, por tanto, el primer responsable. Seguiremos (sin saberlo o
sabiéndolo, tanto da) imitando lo peor del Imperio
Americano: lo peor en educación y lo peor en la Justicia, como lo peor en la
Banca. No sé Vds., pero yo no perdonaré ese pecado al Gobierno del Sr. Rajoy y
del Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón.