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viernes, 25 de enero de 2013

MUCHAS COSAS NUEVAS, NADA NOVEDOSAS, PRELUDIO DE UNA PRÓXIMA DEBACLE TOTAL


 
LA AUTOLISIS DEL “SISTEMA”



NO ESPEREMOS QUE NINGUNA INSTITUCIÓN REGENERE ESPAÑA: SE NECESITA UNA REBELIÓN DE PERSONAS DECENTES

En el conjunto de instituciones, públicas y no públicas, que hemos dado en llamar establishment o “sistema” han ocurrido, desde el comienzo de esta segunda época de POR DERECHO, bastantes cosas nuevas, aunque nada novedosas. Son hechos recientes y por eso son “nuevos”, pero no son de distinto estilo, naturaleza o índole de otros muchos anteriores y por eso no son "novedosos". Con todo, reaparezco porque el conjunto de esos hechos revela que se está acelerando lo que pienso que cabe denominar autolisis del “sistema”.

Autolisis: Diccionario de la Real Academia Española (DRAE): “Degradación de las células por sus propias enzimas.” Diccionario médico on line: “1. Suicidio. 2. Sinónimo: autofagia, autoproteolisis. Autodigestión de un órgano, de un tejido o de una célula abandonado a mismo y que conduce a su destrucción, bajo la influencia de fermentos proteolíticos propios a este órgano, a este tejido o a esta células, independientemente de toda intervención exterior a él. La liberación de las enzimas contenidas en los lisosomas es un factor de autolisis celular.”

Si nos fijamos en la definición actualizada del DRAE y en esta segunda acepción del Diccionario médico y si, además, nos atenemos a la etimología, diferenciaremos perfectamente la autolisis del suicidio, aunque la palabreja autolisis, derivada del griego, se use para referirse eufemísticamente al suicidio, vocablo de claras raíces latinas. El “sistema” no se ha suicidado ni se está suicidando. Porque no quiere poner fin a su propia existencia, sino que, muy al contrario, querría prolongarla indefinidamente. El “sistema” se está disolviendo, está autodestruyéndose por la acción de sus propios componentes, que serían como las enzimas o fermentos que, desmadrados, en vez de sostener la vida, van aniquilándola, célula tras célula.

Las noticias sobre la corrupción política y económica se han acumulado con tanta abundancia como gravedad en las dos últimas semanas. No me voy a entretener en mencionarlas todas, porque sin duda los lectores de este blog las conocen y todos hemos experimentado ramalazos de tristeza e indignación cada vez que las recordamos o nos las mencionan y no es necesario ese sufrimiento para el propósito de este post. Porque, como escribió Rodrigo Caro (A las ruinas de Itálica), "¿para qué la mente se derrama en buscar al dolor nuevo argumento?"

Esos episodios de corrupción que se multiplican son otros tantos síntomas de un proceso de autodestrucción de instituciones, que se agrava aceleradamente. Hay que incluir, desde luego, entre los síntomas de la autolisis, no sólo las apropiaciones indebidas, los cohechos, los tráficos de influencias, etc., sino también los asuntos malolientes sin relevancia monetaria conocida, como indultos injustificables -pese a informes desfavorables del tribunal y de la fiscalía- (v. los hechos en este comentario: http://www.vozpopuli.com/blogs/2081-jesus-cacho-ruiz-gallardon-el-conductor-kamikaze-y-el-indulto-como-manifestacion-suprema-de-la-corrupcion-del-poder) o nombramientos judiciales como el que ha recaído, para Magistrado de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo, en la persona del hasta hace nada máximo asesor jurídico de una gran entidad financiera (la Caixa), implicada en numerosos litigios civiles. Hay que incluir el engaño de prometer y encargar una reforma para acabar haciendo lo contrario de lo prometido, como el del Ministro faraónico respecto del Consejo General del Poder Judicial. Y no es sino corrupción, síntoma de autolisis, que se utilicen los nombres y el trabajo de unos “sabios”, con nombramiento en el Boletín Oficial del Estado (B.O.E.), para una propuesta de nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal -propuesta que no me convence en absoluto-, que se oculta una vez formulada, mientras se somete, para ser "pulida", al superior criterio de los asesores ministeriales, con uno ellos, muy principal (ministerialmente hablando), Magistrado él, poseedor de una cualificación jurídica tan poco clara que acaban de suspenderle en las pruebas para especializarse en el ámbito jurisdiccional penal (lo siento: me hubiera gustado no dar esta información, pero además de ser pública es relevante, porque callar este tipo de hechos contribuye decisivamente al progreso de los impostores y a la destrucción que producen).

Lo grave, con todo, no es que existan personas así, incompetentes super-auto-prestigiados, cofrades de pequeñas o no tan pequeñas sociedades de bombos mutuos, sino que se les confíe por un Ministro algo tan importante y delicado como el instrumento para la persecución jurídica de la delincuencia. Del mismo modo, lo grave no es que pueda existir un político profesional (“fiscal por un día”, más o menos) que acumule descomunal prepotencia y una ignorancia más que notable, mal disimulada con unos aires postizos de intelectualidad y exquisitez cultural. Lo grave, lo gravísimo, es que a ese político, que ha ido embarrando todo espacio que tocaba (piensen en la situación económica y política que ha dejado a su paso) se le haya nombrado Ministro y se le mantenga en ese puesto, porque las reglas de la política habitual (tan habitual como pestilente) repelen, por lo visto, todo lo que dicta el uso de razón y la prudencia más elemental.

Pero, aunque parezca imposible, peor aún que todo lo anterior, es la beatería ante el poder político inoculada en tantos españoles que habitualmente no carecen de buen juicio y que están mucho más cualificados profesionalmente que el político con el que se relacionan. Eso que llamo beatería ante el poder provoca que esos conciudadanos abdiquen de sus conocimientos y criterios, se traguen con naturalidad, como si fuese saliva, todo su espíritu crítico (incluso el que han expresado en público y por escrito) y, en definitiva, se amolden al deseo del poderoso de turno, al que rinden pleitesía con toda naturalidad y para quien muestran una comprensión y una indulgencia que no proyectan sobre las víctimas del poderoso. De este modo, ocurre algo que da pena: ver cómo personas valiosas se dejan manipular por un honor minúsculo y más que cuestionable y se despojan de su dignidad y categoría, deslumbradas por lo que, a la postre, es un empleo interino: Ministro, Secretario de Estado, etc. Pero, al fin y al cabo, eso que es penoso sólo afecta a los inconscientes beatos. Lo que a todos nos perjudica, y mucho, es su servilismo. Porque, aunque ellos no lo vean así y no lo quieran, se trata objetivamente de servilismo y el poder se afianza y aumenta con ese servilismo de quienes, por su formación y condición, podrían y deberían ser críticos y rebeldes. Todo lo educada y cortésmente que quisieran, pero críticos y rebeldes.

No piensen que con los últimos párrafos me he desviado del asunto principal. También son fenómenos de corrupción el silencio o la aquiescencia ante la impostura de falsos expertos y la obsequiosidad sistemática con el poder, mirando hacia otro lado ante tus errores y desmanes (como el de las tasas judiciales), callando ante ellos (a estos silenciosos los considero cómplices, por amigos que sean) y colaborando con el poder político en cuanto el propio “ego” es mínimamente estimulado por el poderoso. Esas actitudes son anomalías opuestas a la naturaleza de las cosas y a la lógica, contrasentidos éticos que están a la orden del día en nuestra sociedad sólo porque ésta ya se encuentra en trance de avanzada disolución, de imparable autolisis. No sólo hay enzimas desmadradas, como las he llamado antes: estamos, además, por así decirlo, ante un fallo total del sistema inmunológico. No hay elementos internos que defiendan de la corrupción al organismo político y social. Podrido desde dentro, nada hay dentro que contrarreste lo patológico. El “sistema” o “establishment” se acerca al final de su autolisis, de su disolución.

Ha estado muy de moda, desde hace bastante tiempo, teorizar (siempre con vaguedades) sobre unos inexorables procesos de autodestrucción que se desencadenan con el paso del tiempo. Así se autodestruirían, por ejemplo, partidos políticos y también, por referirme a una realidad que conozco bien, escuelas académicas. Varios años atrás dediqué cierta reflexión a esta teoría y, sobre todo, al fenómeno (innegable como fenómeno en sentido estricto) de los (aparentes) procesos autodestructivos.  Acabé comprendiendo, sin particular sorpresa, que esos “procesos” no son sino la destrucción consiguiente a los agigantados defectos o vicios personales de numerosos miembros del colectivo de que se trate.

Todos sabemos que, con el tiempo, si no los detectamos y no procuramos combatirlos, nuestros defectos aumentan en número y, sobre todo, en intensidad. Quien era a los veintitantos años un poco envidioso, un poco egoísta, un poco vanidoso, algo mentirosillo y un tanto cobardica, sólo veinte años después andará a todas horas pavoneándose, apuñalando a traición a sus compañeros, pisando cráneos ajenos con tal de trepar, mintiendo al por mayor a propios y extraños, escurriendo el bulto a la hora de decisiones poco gratas y mostrando una pusilanimidad penosa ante cualquier tarea que se salga de la rutina. Rechazará a su lado a personas valiosas y se rodeará de aduladores y mediocres que no le hagan sombra. Y si al comenzar su vida adulta no se preocupaba por la elegancia y la limpieza de sus ingresos, no tardará mucho en arramplar con todo lo que pueda, convertido en adorador incondicional del dios Pluto. Comprenderán que si todos podemos un mal día dejar a un lado por un momento unas buenas y sólidas convicciones éticas o traicionarlas decididamente de modo habitual, quien comienza su vida adulta desprovisto de ellas, no tardará mucho en convertirse en una bestia amoral sin el menor escrúpulo.

Si a la indigencia moral se une la intelectual,  más intenso aún es el proceso destructivo, que no sólo es ignorado por quienes están inmersos en él, sino que, muy frecuentemente, convive con la más intensa egolatría y con la convicción de una condición personal triunfante, con apenas cumbres más altas que alcanzar.

Así, y no por ningún misterioso proceso psico-sociológico, es como, al pasar el tiempo, toda clase de grupos e instituciones son frecuentemente destruidos. No se autodestruyen, sino que los destruyen algunos de sus más prominentes miembros. Mucho antes del asunto de los procesos de autodestrucción me había ocupado de recordar que no hay y no ha habido nunca un “sistema” que, por sí mismo, se pueda considerar inmune a la corrupción de las personas con mayor poder y responsabilidad: cualquier entramado institucional se viene abajo sin buenas dosis de ética en las personas, en cada persona y, en especial, en los dirigentes.

En España han destruido casi todo lo institucional. No me parece incurrir en exageración y, desde luego, me produce una intensa tristeza ese panorama. Intelectual, ética y estéticamente, estoy en las antípodas de quienes encuentran cierto gusto morboso en proclamar la decadencia y el hundimiento de España. Pero la realidad es terca e innegable, sin que exista algún buen patriotismo que permita disimularla. De modo que sí, apenas veo una institución sana, prestigiosa, capaz de encabezar un empujón de renovación y limpieza. Estoy convencido de que se equivocan quienes siguen proponiendo reformas o innovaciones institucionales. ¿Qué cabe esperar, por ejemplo, de un así llamado “fiscal anti-corrupción” en cada partido político o en cada Ayuntamiento? ¿Acaso no han tenido y tienen ya todos los partidos y Ayuntamientos cargos con autoridad y potestad para impedir y reprimir la corrupción? ¿No son “anti-corrupción” todos los cargos?

Pero, a diferencia de quienes, indignados con hartos motivos y razones, se han dado ya a generalizar y a descalificar a todos los integrantes de los grupos de personas que protagonizan la política, la justicia, la educación, los sindicatos, p. ej., el conocimiento de la realidad me permite afirmar que no todos los políticos son corruptos y vagos, ni todos los jueces ignorantes, perezosos o descuidados, ni todos los profesores incompetentes y ni siquiera todos los sindicalistas unos vividores aprovechados. En todas partes, en todos los ámbitos, incluso en los más deteriorados, quedan más o menos personas decentes, con buena y genuina cualificación profesional e incluso con un historial de trabajo comparable al de sus mejores colegas del resto del mundo. Son, sumadas una a una, muchas, muchísimas personas. Lo que ocurre es que bastantes de ellas están como atrapadas en sus respectivos ambientes, algunos (como el de la política) especialmente podridos y en los que resulta sumamente difícil o casi imposible desplegar un esfuerzo operativo de regeneración.

Mas, por difícil que resulte, desprestigiados los partidos políticos y el entramado de instituciones que ellos dominan, desmoralizada y carcomida la Universidad, maltratada la Justicia desde dentro y desde fuera, etc., sólo cabe esperar que personas, personas decentes, muchas personas decentes que aún quedan, comiencen por distanciarse intelectualmente de la corrección teórica y práctica imperante en su partido, en su Universidad, en la Justicia, en su mundo empresarial, etc. Lograda la distancia intelectual (o, con otras palabras, restaurada la finura del espíritu crítico) y recuperada una cierta valentía (es decir, desechada la cobardía y la pereza habituales), estarán -estaremos- en condiciones de pensar en serio qué hacer, cada uno solo y junto a otros. Después, a hablar, escribir y actuar, como buenamente podamos, pero sin perder tiempo ni concederse más descanso que el necesario. El resultado de esos esfuerzos personales nadie puede predecirlo ni augurarlo. Pero son lo único que resulta posible y lo que debemos considerar objeto de un serio e inexcusable deber personal. Por otra parte, sabemos con certeza que, de seguir como hasta ahora, meramente contemplativos de lo que pasa, mudos y pasivos, el tinglado actual acabará derrumbándose del todo.  Más bien pronto que tarde.

Suponiendo que no se reaccione (y, de momento, eso es lo que hay que suponer), ¿qué quedará, qué nos quedará cuando el “sistema” se caiga, cuando el “establishment” se venga abajo? No estoy en condiciones de profetizar y responder a esa cuestión. No veo a nadie capaz de hacerlo. Pero quizá quede algo -algo que no sean ruinas y escombros- si, cada uno por sí y todos juntos, que diría Cervantes, hablamos, escribimos y actuamos en una buena dirección, con cabeza y valor, sin soberbia cegadora ni el inconmensurable atrevimiento de la ignorancia.

martes, 24 de julio de 2012

UN MAGISTRADO SIN ESCRÚPULOS, A LA CÁRCEL DE PAPEL



VEINTIÚN PÁGINAS SEGUIDAS DE UN BUEN LIBRO PLAGIADAS, FUSILADAS, EN UNA SENTENCIA


De 1941 a 1978 existió en España una revista humorística titulada “La Codorniz”, que se presentaba como “la revista más audaz para el lector más inteligente”. La fundó nada menos que Miguel Mihura, aunque su director más prolongado fue Álvaro de la Iglesia. La revista tuvo tanta importancia durante varias décadas que existen auténticas leyendas, sin base en la realidad, pero que casi todos dan por buenas (así, la de una portada, que nunca existió, con la siguiente ecuación: “Bombín es a bombón, lo que cojín es a X y nos importan tres X que nos cierren la edición”, lo que, obviamente, aludía a las dificultades con la censura franquista). Pero lo que sí tenía “La Codorniz” eran dos divertidas secciones tituladas “La cárcel de papel” y “La comisaría de papel”, que servían para dar a conocer textos merecedores de cárcel literaria, tras condena redactada con imitación guasona del estilo forense o, en tono menor, de diligencias policiales (“comisaría”). Traigo esto al recuerdo, porque hoy, sin guasa ni chanza, voy a enviar a una cárcel de este blog a un plagiario, Magistrado en ejercicio.

El que plagia es, a la vez, ladrón e impostor. Ladrón, porque viene a arrancar unas líneas o páginas de la obra a la que pertenecen y se apodera de ellas, se apropia de lo ajeno con una acción que equivale a ejercer fuerza en las cosas, puesto que aquello de lo que se apodera no estaba abandonado encima de una mesa (de bar o de biblioteca). No es un descuidero, sino un ladrón. Y es  impostor, porque suplanta al autor verdadero y se presenta él como si lo plagiado fuese el fruto de su trabajo. Ya he dedicado al plagio una contundente “entrada” en este blog, el 3 de marzo de 2011: «EL PLAGIO, PECADO MORTAL EN LA COMUNIDAD CIENTÍFICA», que subtitulé «“EJEMPLO ALEMAN Y “CONTRAEJEMPLO” ESPAÑOL: UNO TIENE QUE DIMITIR COMO MINISTRO; OTRO LOGRA SER CATEDRÁTICO» (v. http://andresdelaoliva.blogspot.com.es/2011/03/el-plagio-pecado-mortal-en-la-comunidad.html)

Hoy no comentaré ninguna noticia, sino que se la suministraré a Vds. Comunico a los lectores de este “blog” el plagio sin paliativos cometido por un Magistrado en la Sentencia (S) nº 166/2006, de 1 de marzo de 2006, de la Audiencia Provincial de Madrid (AP) (Sección 10ª). Es sabido que de las sentencias dictadas por un tribunal colegiado, como es el caso, no es responsable sólo el ponente, sino todos los integrantes del tribunal, salvo voto particular discrepante. Pero el ponente es el responsable directo del texto de la sentencia y, en caso de que plagie, los demás Magistrados (dos, en este caso) no tienen por qué saber que el texto que ese ponente les presenta  como fundamento de la sentencia ha sido plagiado, copiado tal cual, fusilado, sin cita explícita ni implícita. Por eso, ante la citada Sentencia 166/2006, entiendo que el plagio debe atribuirse al Ponente, ÁNGEL VICENTE ILLESCAS RUS y no a José González Olleros ni a Ana María Olalla Camarero, que con Illescas formaron la Sala de Justicia, pero que no consta que conociesen de dónde había extraído Illescas una parte -y no pequeña- de la ponencia aprobada por unanimidad.

Illescas Rus ha tenido la mala suerte de que su plagio -que, como pronto verán, es grande y burdo- no pasase indefinidamente inadvertido, como podría haber ocurrido, dada la enorme cantidad de resoluciones judiciales que se publican, de un modo u otro, pero que no son leídas y, sobre todo, no son leídas por quienes pueden advertir el robo de la propiedad intelectual y la impostura de quien se presenta como autor. En cambio, la comunidad jurídica (jueces, abogados y profesores universitarios) ha tenido la buena suerte de que este plagio sea conocido. Es buena suerte o fortuna porque el descubrimiento del plagio permite dar a cada uno lo suyo, es decir, hacer justicia. Es una justicia incompleta, porque el plagiario, como verán, queda sin condena, pero, al menos, se deja claro de quién es un texto y quién se lo ha apropiado. Se establece la verdad de las cosas y se puede restaurar la propiedad intelectual.

Me parece que les interesará saber cómo se ha descubierto el plagio. La Sentencia núm. 411/2010, de 28 de junio (RJ 2010/5417: estas letras y números son, para los juristas, un indicativo de fuente y un modo de localización rápida), de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo, de la que fue ponente Xiol Ríos, trata varios temas interesantes, uno de ellos estrictamente procesal, que me interesaba repasar días atrás. Si la sentencia se imprime desde la base de datos referenciada (ARANZADI-THOMSON REUTERS) consta de 58 folios de muy apretado texto. Es una mega-sentencia, en la que los “antecedentes de hecho” ocupan 52 folios de los 58 folios. Lejos de mí restar importancia a los antecedentes: por el contrario, son imprescindibles para entender y valorar los fundamentos jurídicos y lo que, en razón de ambos elementos, es la parte dispositiva o “fallo” de la sentencia. En este caso, sin embargo, me parece que por la facilidad del “copia y pega”, estamos ante una sentencia desproporcionada, como un individuo que midiese 2 metros y 16 centímetros, correspondiendo los 2 metros, contados desde los pies, a las piernas y los restantes 16 centímetros a cintura, tronco, cuello y cabeza.

Pacientemente, pues, había que abordar la lectura de la STS1ª 411/2010, de 28 de junio. Los “antecedentes de hecho” primero y segundo (págs. 1 a 7) dan cuenta de la sentencia de primera instancia, dictada por un Juzgado de Madrid. El “antecedente de hecho” tercero (pág. 7) reproduce el “fallo” de la sentencia de segunda instancia, cabalmente la dictada por la Sección 10ª de la AP de Madrid, de 1 de marzo de 2006. Y en la misma página 7 comienza el “antecedente de hecho” cuarto, que consiste en reproducir literalmente, uno detrás de otro, los “fundamentos jurídicos” (veinte, nada menos) de la SAP de 1 de marzo de 2006, lo que ocupa hasta el comienzo de la página 45, es decir 38 páginas.

Al llegar a la página 25 de la STS 411/2010 y comenzar a leer el “fundamento jurídico” duodécimo de la SAP, a uno, al cabo de unos cuantos párrafos, la mosca se le sitúa detrás de la oreja o rings a bell. “Esto me suena mucho”. Y cuando se sigue leyendo, el sonido aumenta. Y, tras varias pesquisas, se descubre el pastel. Resulta, finalmente, que, desde comienzos de la pág. 25 hasta el final de la pág. 37 (trece páginas enteras) todo lo que Illescas Rus hace decir a la Audiencia Provincial de Madrid en su Sentencia 166/2006, de 1 de marzo, está copiado (páginas enteras al pie de la letra o con ligerísimas adaptaciones en los comienzos de algunas frases (antes de una cita literal mía, que reproduce, soy sustituido por “algún autor” y GUASP, por “otro sector”), del libro “La concurrencia de responsabilidad contractual y extracontractual”, subtitulado “Tratamiento sustantivo y procesal, Ed. Centro de Estudios Ramón Areces, S.A., Madrid, 1992, 307 págs.  Se copian, una tras otra, concretamente, las págs. 209 a 230 del libro.

De esa obra son autores Santiago CABANILLAS MÚGICA e Isabel TAPIA FERNÁNDEZ, que entonces (en 1992) eran Profesores Titulares de Derecho Civil y de Derecho Procesal, respectivamente, en la Universidad de las Islas Baleares (Mallorca) y que son, desde hace bastantes años, Catedráticos de esas dos materias en la citada Universidad. Prologué en su día, muy brevemente, este libro y de ahí que me pudiesen sonar tantos párrafos. Se trata de una obra con dos partes: de la primera es autor CABANILLAS MÚGICA y de la segunda, TAPIA FERNÁNDEZ. Es de esta segunda parte de la que Illescas Rus plagia: el Magistrado se apropia de 21 páginas escritas por TAPIA FERNÁNDEZ, incluida alguna nota a pie de página (la 137 del libro, en concreto), que Illescas Rus incorpora también al texto de la sentencia. En total, el plagio le “resuelve” nada menos que los “fundamentos jurídicos” duodécimo a decimoctavo, inclusive, de la sentencia.

El plagio sólo es aliñado con las pequeñas modificaciones que he indicado, pero, en todo lo demás, es absoluto, despiadado. No falta alguna curiosidad, como es que en la pág. 32 in fine, Illescas haga decir a la SAP 166/2006 que “esta ha sido la idea recogida en la reciente sentencia de 26 de septiembre de 1989”, frase exactamente igual a la que aparece en la pág. 221 del libro. Cuando el libro se escribe e incluso cuando se publica, en 1992, una sentencia de septiembre de 1989 se podía considerar “reciente”. En cambio, en el año 2006, una sentencia de 1989 ya tiene 17 años “de edad” y no tiene nada de “reciente”. Pero este tipo de “detalles” es, por si alguien se atreviese a negarlo, indicador decisivo de la realidad pura y dura de un plagio como el perpetrado por Illescas Rus. Copia una parte del trabajo de TAPIA FERNÁNDEZ, que precisamente constituye una perfecta exposición de una jurisprudencia prolija y confusa, compuesta por centenares de sentencias, todas ellas analizadas con sumo rigor. La verdadera autora invirtió, a buen seguro, una gran cantidad de horas de trabajo sólo en esa parte de su obra. El plagiario aparece al exterior como autor de una extensa sentencia (en la versión impresa desde http://vlex.es/, que no separa los párrafos en punto y aparte, consta de 30 págs.) en la que se pueden leer dos exposiciones sintéticas excelentes: la de la vacilante jurisprudencia y la de dos posiciones doctrinales divergentes sobre cuestión procesal de mucha importancia. “¡Qué sentencia tan sólida y erudita ha escrito Illescas Rus!”, podrían decir o habrán dicho algunos. Pues miren, no: en su parte más difícil, el ponente Illescas Rus ha plagiado sin el menor escrúpulo.

Sin duda, Illescas Rus podía hacer uso de la obra de TAPIA FERNÁNDEZ: se lo hubiésemos alabado, por su acierto al elegir una síntesis de altísima calidad. Pero no ha hecho uso de la obra ajena, ni siquiera a base de reproducir simplemente un texto entre comillas, sin cita expresa del autor (como algunos lo hacen, porque piensan que en una sentencia no debe haber cita de autores con sus nombres, criterio que no comparto: si al tribunal le parece adecuado lo que otro dice y lo reproduce, que diga quién lo dice). En la misma línea de disimular la autoría concreta, tampoco ha procurado dejar claro, mediante expresiones muy frecuentes (“como atinadamente ha dicho algún autor…” o similares), que lo que decía era de ajena cosecha. Nada de eso: fuera comillas, salvo lo que ya venía entrecomillado por TAPIA FERNÁNDEZ, y máximo disimulo del uso de lo ajeno, por la vía de robarlo y presentarlo como propio.

Se preguntarán Vds. por qué saco a la luz este plagio, en vez de utilizar vías jurídicas. Pues porque ante la pública mangancia no hay que aguantarse siempre ni siempre conviene dar la callada por respuesta, en primer lugar. A base de tolerancia, las tropelías no cesan. Y, en segundo lugar,  porque las vías jurídicas son muy escasas. Un plagio sin ánimo de lucro no es delito (vean los arts. 270-272 del Código Penal vigente) y que un juez plagie no es una conducta constitutiva de falta, disciplinariamente sancionable (vean cómo no encaja el plagio en los arts. 417, 418 y 419 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, donde se enumeran, respectivamente, las faltas muy graves, graves y leves). Veo teóricamente posible un proceso civil, pero, por coste y tiempo, lo teórico se convierte en impracticable.

Por evidentes dificultades de tiempo y espacio, me abstengo de colocar a doble columna las páginas del libro y las de la Sentencia de la AP de Madrid, 166/2006, de 1 de marzo. Pero la sentencia, directamente o por su reproducción en la del Tribunal Supremo, es fácilmente accesible mediante distintas bases de datos y el libro aún se puede adquirir y, desde luego, encontrar en cualquier biblioteca jurídica decente.

Por todo lo expuesto, en nombre de la decencia y para defensa de la propiedad intelectual, se debe devolver y se devuelve a su autora, la Profª. Dra. Dña. Isabel Tapia Fernández, Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de las Islas Baleares, la plena y exclusiva propiedad de las páginas 209 a 230 del libro antes referenciado. Se condena al Magistrado plagiario a escribir cien veces “no me apropiaré nunca más de lo ajeno, ni siquiera para redactar sentencias”.

lunes, 14 de marzo de 2011

LIBIA Y JAPÓN, EN NUESTRAS CASAS


DOS CATÁSTROFES DISTINTAS: DOS LECCIONES DIFERENTES
(actualización a 15 de marzo de 2011, 23.30 horas)


Bastantes misterios ofrece la realidad española para que uno se meta en las realidades de otros continentes. Pero éste no es un “blog” especializado y sería muy raro desentenderse -o dar la impresión de estar desentendido- de acontecimientos tremendos, que justo por sus dimensiones y su importancia, se nos hacen presentes e inmediatos, igualándose en cercanía subjetiva a los sucesos locales.

Vaya por delante que el mundo islámico me resulta misterioso, extraño y, por tanto, subjetivamente muy lejano. Algunas cosas del islamismo las veo claras, pero no vienen ahora a cuento. Ahora se trata de llamativos acontecimientos en varios países habitualmente poco noticiosos y de que, evitadas masivas matanzas en dos de esos países, Túnez y Egipto, la situación de la zona no deja de parecer catastrófica a causa del conflicto armado en Libia, acompañado por episodios preocupantes que se suceden aquí y allá, pero siempre con cierta proximidad geográfica. Ésa es una catástrofe cien por cien humana, aunque sea difícil o imposible precisar las distintas concausas. A la vez, en el extremo Oriente, en Japón, se ha producido una catástrofe nada humana, producto de las placas tectónicas que chocan y tienden a superponerse. La catástrofe humana de los países islámicos tiene muy hondas raíces, difícil diagnóstico y tratamiento más que problemático, no ya desde fuera (desde fuera no hay tratamiento, me parece), sino desde dentro de esas sociedades. La gran catástrofe natural del Japón se superará, en cambio, por el elemento humano. En todo caso, ambas catástrofes tienen algo en común, meramente externo: son, en estos tiempos de comunicación global inmediata (y en gran medida, siempre precaria: convendría no olvidarlo), realidades que se introducen en nuestras casas.

LA CATÁSTROFE HUMANA DE LIBIA: SE NECESITAN ZONAS DE EXCLUSIÓN DE LOS TIRANOS

Tras los acontecimientos de Túnez y de Egipto, que vivimos “al minuto” por un empeño mediático y que han vuelto mediáticamente a un nivel casi subterráneo, la revuelta en Libia contra Gadafi es ahora lo que se sigue a todas horas. Las incertidumbres sobre Túnez y Egipto (con el añadido de Jordania, Arabia Saudita, Bahrein, Yemen, Sudán, etc.) son parejas a las de Libia, pero en estos días sólo hay noticias de Libia, donde existe una guerra civil o un aplastamiento de la rebelión (depende del punto de vista) con los tremendos ruidos y resplandores propios de la muerte incesante. Los medios parecen atender a lo más fenoménico, a lo que mejor se ve y se oye, a lo que más impacta sensorialmente. Sospecho que esa selección de lo noticioso no se debe sólo a la mayor dificultad de seguir lo que ocurre fuera de la luz pública en Túnez y en Egipto -y que seguramente será también sensorialmente perceptible, aunque con más esfuerzo, con personas más cualificadas-, sino también a la convicción de que los clientes de los “medios” prefieren lo más espectacular, aunque no sea lo más importante. De modo, que, entre unos y otros factores, de todos los “países árabes” con turbulencias internas (todos importantes), sólo seguimos recibiendo imágenes y noticias de Libia. Por el momento, eso es lo único espectacular y digno de atención mediática.

Destacable me parece, respecto de la convulsión política y social del mundo islámico, el nuevo fallo de eso que ahora llaman “inteligencia” y que antes se denominaba “servicios de información” (más espionaje, puro y duro) (como siempre, las denominaciones antiguas eran más modestas y precisas y las modernas, tan pomposas e inexactas como ridículas). La “inteligencia” occidental (es decir, la estadounidense, la británica y la europea continental) ha resultado decididamente tonta. No sólo no sabían nada de lo que no podía estar cociéndose sin el menor signo externo, sino que se han registrado meteduras de pata tan clamorosas como la del Secretario del Foreign Office, que anunciaba como noticia el traslado de Gadafi a Venezuela. Y es que en este ámbito como en otros más modestos (los faros, el pago en los supermercados, la Justicia, etc), los “dirigentes” de todas partes se vienen empeñando en sustituir (no complementar: sustituir) el “factor humano” (el del libro de Graham Greene; el de las obras de Le Carré) por la tecnología: aeronáutica, electrónica, informática. Y así, sin personas sobre el terreno, sólo se enteran de lo que surca el éter o de lo que fotografían los satélites (cuanto toca: hay gente que cree todo lo que sale en las películas y piensa que todos tenemos encima siempre uno o varios satélites): en todo caso, es tanta la información automática que no hay quien la “procese”.

Gadafi es, con mucho, el más esperpéntico e indisimulado dictador de los tres principales países en crisis, el tirano menos disfrazado, el más estridente. Y Libia carecía y carece de una estructura política remotamente comparable a la de Túnez o Egipto. Sin embargo, por los misterios del “realismo” de la política internacional, Gadafi ha sido el “líder” más viajado y el más vergonzosamente agasajado por dirigentes occidentales, incluidos los españoles.

Quizá a causa de haber leído de joven -y después releído- ciertas obras clásicas, nunca se me ha pasado por la cabeza la exportación de democracia. Lo de la democracia en Afganistán resultaría cómico si no hubiese costado ya tantas vidas. Pero una cosa es no imponer la democracia y otra, muy distinta, reirles las gracias a los tiranos y montarles las jaimas en territorio democrático. Ahora, ante Gadafi, los dirigentes occidentales hablan sin saber qué hacer. Y es la UE, con 27 oradores, la que se ha llevado la palma de la charlatanería: Obama ha hecho también sus frases, pero le critican más bien por su silencio. Todos dudan (normal: la situación es muy complicada); todos, excepto Rodríguez Zapatero (ZP), que, sin vacilar, enviaría tropas españolas a aquel desierto tribalizado siempre que lo acordase la ONU o algo parecido. Pero si ZP no duda es porque al enviar soldados españoles a Libia no estaría pensando ni en Libia ni en los soldados españoles, sino en levantar más polvareda aquí.

Quizá en Libia no se pueda, ahora, hacer gran cosa desde fuera. Se puede, sin duda, hacer el propósito de no alimentar más Gadafis. Como se pudo no presentar al mundo como normales al Ben Alí tunecino o al Hosni Mubarak egipcio, expulsados ambos de la Internacional Socialista casi a título póstumo. Lo de los “extraños compañeros de cama” debería tener algún límite: si no por decencia y dignidad, al menos por el pragamatismo que está aconsejando la experiencia. Si se hubiesen creado “zonas de exclusión” política, no se estaría planteando ahora la zona de exclusión aérea para neutralizar a Gadafi.

LA CATÁSTROFE NATURAL DE JAPÓN, SU POTENCIA HUMANA Y EL ENORME PELIGRO OCCIDENTAL(ESTRICTAMENTE HUMANO) DE PERDER LA RAZÓN, LA PERSPECTIVA Y LA MÁS ELEMENTAL SENSATEZ

Tenemos metido a Japón en nuestras casas. Lo ha conseguido un violentísimo terremoto, algo de la naturaleza y no de la política ni de la ideología. Pero, con la inestimable ayuda de algunos “medios”, en Occidente somos capaces hasta de politizar los terremotos y los tsunamis. Y, por supuesto, nuestros "líderes" son capaces de comportarse -de hecho, lo están haciendo, desde alemanes hasta franceses, pasando por "comisarios" europeos- como si el país que sufre un terremoto de máxima intensidad (y 40 más, muy respetables) y un maremoto terrible fuese el causante o culpable de ambos fenómenos.

Japón es una tragedia inmensa, pase lo que pase con sus centrales nucleares en crisis. Polemizar genéricamente sobre la seguridad de las centrales nucleares en vista de lo sucedido con las afectadas por unos terremotos de intensidad, duración y réplicas como los sufridos por los japoneses, desde el día 11 hasta ahora mismo, me parece, bien mirado, algo, no ya de escasa sensatez, sino de mentecatez difícilmente superable, con  total pérdida de perspectiva (histórica, geográfica, geológica, etc.). Porque se esté tratando de los riesgos "ordinarios" de las centrales nucleares por comparación con lo ocurrido en uno de los lugares con más altos riesgos sísmicos de la tierra y a causa del cuarto terremoto más intenso de la historia humana conocida. Es algo tan necio como plantear los riesgos de las nucleares en caso de choque contra este planeta de un enorme meteorito. A ver si se enteran estos cretinos de lo que ha pasado. Porque, inexplicablemente, aunque lo vean y lo oigan, no se enteran. Dije inicialmente que la entera isla de Henshu (la principal del archipiélago y la más afectada por el terremoto y el tsunami) se movió 2’4 metros y el eje de la misma tierra puede haberse desplazado 10 centímetros. Ahora cambian las cifras, pero no disminuyéndolas.

[Acabo de escribir que, "inexplicablemente" los cretinos mayoritariamente gobernantes en medio mundo "no se enteran". No lo he dicho bien: es perfectamente explicable que estos necios bíblicos (en la Biblia es donde se habla más y más claro sobre la necedad), que gobiernan media humanidad -no exagero: pensemos en la que, por acción y por omisión, han montado con la crisis económica mundial, engañándose y dejándose engañar por los cerebros de la creatividad financiera- no se enteren de nada: aunque sea algo tan visible y ruidoso (más resulta inimaginable) como un terremoto de 9 grados y un maremoto con ola de 10 metros que echa a correr a 500 km. por hora. Las autoridades francesas, que repiten, en tono de reproche, que "los japoneses han perdido el control" (como si ellos se considerasen capaces de no perderlo: quizá porque evitarían terremotos y tsunamis), lo mismo que el tontucio europeo que habla del "Apocalipsis" y se siente genial por haber encontrado una frase histórica, pertenecen a la subespecie, abundantísima, de los necios bíblicos pasados de listos. O sea que son tontos de baba. No lo notábamos demasiado hasta ahora, pero es cabalmente en estos trances históricos donde la necedad se desnuda de todo disfraz y se presenta en su realidad gigantesca. Los verdaderos héroes, anónimos y silenciosos, están muriendo por otros hombres. Los héroes genuinos no paran de pensar a la máxima presión ni de trabajar sin descanso, mientras los importantes, bien dormidos y en buenas poltronas, pontifican lo primero que se les ocurre. Y, bien mirado, no es de extrañar porque es en estas ocasiones excepcionales cuando siempre se lucen los miserables y necios dando todas las notas de la escala, del "do" al "si", todas desafinadas, y mostrando su real estatura intelectual y moral, ínfima. Como el conocido comentarista televisivo en USA que se congratulaba -sí, así: se congratulaba- de que los costes de lo de Japón pareciesen ser más humanos que económicos. Por una vez, los dirigentes españoles no han sido (no están siendo) unos campeones de la mentecatez: las cosas como son. La Comisión Europea, en cambio, ese conjunto de sabios que no para de ir dando tumbos ante la crisis económica, encadenando improvisaciones, fulmina miserablemente a Japón: "han perdido el control", dicen en Bruselas. ¡Habría que verles a ellos!. Aunque, en serio, mejor no. No me gustaría ver el "control" de los dirigentes franceses -en este caso muy "valientes para los ratones"- ante un terremoto de 9 grados de intensidad a cien millas de la costa sur de Bretaña, por ejemplo. Admiro a Francia, pero no tanto a sus "líderes" actuales.]

Pese a la asombrosa solidez de cientos de miles de edificios, calculados y construidos adecuadamente a los específicos peligros, hay miles de muertes y una devastación tremenda: las primeras cifras -todavía estamos en ellas- han sido de muertos comprobados y contados. Eso, y las penalidades que están por venir, es lo que más debería importa ahora. En eso debería haber un consenso indisoluble. Pero no: están nuestros líderes ocupados en pedir responsabilidades. ¡En pedir responsabilidades por un terremoto del grado 9 con entre 30 y 40 terremotos más, bastantes de ellos del grado 6 para arriba! Y ciertos "medios" dizque de "comunicación" (alguno importante acabo de leer) insertan un titular preguntándose ¡si no se pudo prever la catástrofe! Lo preguntan, estos vende-periódicos-a-costa-de-su-madre, como si no supiese cualquier párvulo medianamente educado que los terremotos son imprevisibles en su momento concreto.

Junto a la congoja por la catástrofe, es conveniente, porque es lo humano y lo noble (lo demás es de animales estúpidos y brutos innobles), admirar la resistencia japonesa, en todos los sentidos. Para entendernos: si se hubiese producido un terremoto de 9 grados con epicentro a cien millas de Santander, estaríamos hablando de cientos de miles o de millones de muertos en toda España, puesto que nuestras normas sísmicas de construcción no son tan exigentes como las japonesas. Acabo de leer, de buena fuente (no de Buenafuente, ¡ojo!) que no hay en Barcelona (era un ingeniero catalán quien lo decía) ni un solo edificio, antiguo o nuevo, capaz de resistir un tal seismo. En Lisboa, 1775, un terremoto similar al último japonés, seguido de dos maremotos, destruyó la ciudad y causó cien mil muertos, no sólo en Portugal, sino también en la costa andaluza de Cádiz y Huelva. Un altísimo porcentaje de edificios de Sevilla se vieron afectados y están registrados los efectos en toda Andalucía y en las dos Castillas. El temblor se dejó sentir en Finlandia.

Japón, tan trabajador y organizado, ha sufrido y sigue sufriendo, pese a todas sus serias precauciones, un enorme golpe físico, moral, humano. Hubiese sido de desear -y así lo deseaba yo originariamente en este "post"- que no nos distrajesen con una reedición del consabido discurso del “peligro nuclear”, en el que nunca se aportan soluciones. Aquí sólo cabría, si acaso resultase ser cierto, criticar la falta de alguna medida aconsejable en Japón, dados sus especiales y conocidos riesgos sísmicos. Pero ójala proceda todavía una adicional felicitación a los japoneses -mayor que la que merecen ya por sus esfuerzos- si, finalmente, pese a la sostenida embestida de tan tremendas fuerzas de la naturaleza y a los daños en muchas de sus estructuras, logran, no ya controlar las crisis nucleares (como deseaba hace 24 horas), pero sí reducir sus consecuencias. Lo que hasta ahora ha sucedido es explicable por el terremoto y el posterior tsunami: el terremoto provocó la parada automática de los reactores, con la que debía empezar el enfriamiento; el primer sistema de enfriamiento (bombeo de agua) falló por pérdida del suministro eléctrico ordinario; debían entrar en marcha los generadores eléctricos de emergencia, pero el tsunami los inutilizó; se buscaron  y se buscan aún modos nuevos de refrigeración, pero los reactores se han ido sobrecalentando. Todavía quedan los edificios o recintos de contención, previstos para evitar que salgan al exterior altas radiaciones por fusión del núcleo de los reactores, aunque parece haberse resquebrajado al menos uno de esos recintos. Es temible lo que puede suceder aún, pese a lo que se están esforzando.

Algunas “pequeñas verdades”, en vista del tremendismo, son éstas: 1ª) Una central nuclear es algo muy distinto de una bomba atómica, empezando por los materiales radioactivos; 2ª) En 1986, la gran catástrofe de Chernobyl, una central nuclear malamente construída, se debió a la práctica inexistencia de ese edificio de contención; antes, en 1979, en Three Mille Island, Harrisburg, Pennsilvania, hubo evacuación de miles de personas, pero no muertos, porque el edificio de contención resistió la fusión del núcleo. Es decir, que, hasta hace unas horas, sólo existía un accidente catastrófico de central nuclear: el de Chernobyl, por falta de edificio o recinto de contención. Nadie podía descartar por completo la más grave catástrofe, pero la situación, en sí misma y proporcionalmente a la insólita intensidad (incluso para esa zona) del seismo principal, no justificaba crear pánico. Y ahora, es explicable y justificable que muchos, los verdaderamente amenazados, sientan pánico. Pero sigue siendo injustificado crear pánico desde la distancia. El pánico -el pánico auténtico, que no es el miedo cobardica de políticos diminutos, un pánico ofensivo para las víctimas japonesas- hay que sentirlo, ¡qué se le va a hacer!, cuando toca. Lo sintieron en Japón ante el terremoto principal y ante el tsunami. Lo sienten ante sus réplicas. A nosotros, nos correspondían y nos corresponden dos sentimientos más nobles y altruistas: la serenidad y la compasión, sentirnos próximos y sufrir o padecer con las víctimas. Y ayudar, que siempre es posible. En cambio, el griterío empavorecido de los "líderes" autonómicos, locales, nacionales y extranjeros en razón de "sus" centrales nucleares, callando por completo sobre el dolor y el sufrimiento del Japón, es todo un espectáculo de mezquindad e incluso de vileza. De esta especie de gente pequeñita, miserable y necia, son los causantes de nuestras catástrofes humanas. A la realidad más cercana -la europea, la norteamericana- me remito. Los japoneses saldrán de esa catástrofe natural, porque no son una catástrofe humana, sino de una naturaleza humana fuerte y tenaz. Les añado un link a la viñeta de Mingote del 14 de marzo, genial a sus años y después de tantas genialidades. Aunque serán muchos los que no lo entiendan, Mingote lo dice mejor que yo:

http://www.abc.es/humor/20110314/mingote

Les añado un link a EL MUNDO, en que se informa comparativamente de Chernobyl y Fukushima. He visto el comentario de un lector que decía: "por más que leo, releo y lo pienso, no encuentro el paralelismo". ¡Pobre! Es que el informe de EL MUNDO, aun siendo muy soft, lo que muestra es el contraste:

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/03/15/internacional/1300208285.html

Encuentro en EL PAÍS una larga entrevista con observaciones importantes de un experto ingeniero nuclear. Léanla si el asunto les interesa:

http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?encuentro=7818#

jueves, 3 de marzo de 2011

EL PLAGIO, “PECADO MORTAL” EN LA COMUNIDAD CIENTÍFICA


EJEMPLO ALEMAN Y “CONTRAEJEMPLO” ESPAÑOL:
UNO TIENE QUE DIMITIR COMO MINISTRO; OTRO LOGRA SER CATEDRÁTICO


  • El caso de Karl Theodor zu Guttemberg, que recientemente ha dimitido como Ministro de Defensa de la República Federal de Alemania por plagio en su tesis doctoral, me ha recordado otro caso real de plagio, aquí, en España, con un desenlace nada edificante. En el plagio estamos ante la verdadera propiedad intelectual, clara y desnuda. Y ante su descarada e inmoral violación.

En algunas ocasiones he reclamado la existencia de un nuevo y verdadero Reglamento de Disciplina Académica, de carácter estatal, porque ni me parecen adecuadas las normas de cada Universidad ni considero satisfactorio, para los docentes e investigadores universitarios, el régimen disciplinario general de los funcionarios públicos. Con sólo pensar en el plagio, no expresamente recogido en ese régimen disciplinario funcionarial, ya tenía más que suficiente motivo para la insatisfacción, que preveo interminable.

El plagio en una tesis doctoral, en un libro o en un artículo de revista, más o menos extenso, es la apropiación de una obra intelectual ajena. Ésa sí es una directa violación de la propiedad intelectual. Dentro de la Universidad –como dentro de otras comunidades científicas- difícilmente puede imaginarse un comportamiento ilícito más grave que el de intentar arrebatar a sus autores los productos del intelecto. El apoyo en el conocimiento ajeno, en los logros de los demás, en las metas que otros alcanzaron no sólo es perfectamente lícito, sino obligado. Rara vez alguien engendrará una criatura intelectual propia sin antecedentes que, además, hayan servido de fundamento a la creación personal. Pero para dar cuenta de los apoyos, de los fundamentos y de los antecedentes del producto que razonablemente se considera propio están las citas textuales, las remisiones y las referencias adecuadas a obras ajenas.

En ocasiones, la conclusión o conclusiones que alguien alcanza y expone como personales pueden carecer de originalidad, sin que se cite en ningún modo a los demás autores (y a todos ellos), que antes sostuvieron el mismo criterio, la misma idea. No necesariamente habrá plagio en esos casos, bastante numerosos en el ámbito del Derecho. Para declarar razonadamente la personal posición sobre un asunto, sobre una cuestión, no siempre es exigible, por muchas razones y motivos, leer y citar a todos cuantos trataron antes del mismo asunto o cuestión. En ocasiones, no son accesibles, pese a las modernas facilidades, todas las obras que pueden haber abordado ese asunto o cuestión. Otras veces ocurre algo distinto: p. ej., que el limitado propósito de la expresión del pensamiento propio sobre un tema, limitación que el lector (o el oyente) entiende sin dificultad, convierte en irracionalmente desproporcionadas las búsquedas y citas concretas. Que lo que uno dice o escribe no sea original no constituye plagio si no se pretende que lo se dice o escribe es original y propio.

La clave del plagio está, a mi parecer, en la presentación como criatura original propia, bien de un resultado del esfuerzo intelectual, bien de la expresión del resultado o del trayecto recorrido hasta alcanzarlo, o de varios de esos elementos. Respecto de una tesis doctoral o un libro, la apropiación de lo ajeno puede referirse a la sustancia o la expresión. Los plagios más frecuentes, en mi ámbito, son aquéllos en que el plagiario hace suyas las palabras mismas y las frases que expresan una o varias ideas. En ocasiones, el plagio es tan burdo que consiste en pura copia de la obra ajena o en un conjunto de copias de porciones de obra u obras ajenas, que se presentan como si fuesen producto del personal esfuerzo literario del sinvergüenza.

Hay casos muy discutibles de plagio: dos matemáticos pueden presentar un mismo trabajo, materializado quizá en dos folios, más o menos a la vez. Si hay plagio o coincidencia de esfuerzos (frecuentísima) y de resultados habrá que procurar resolverlo estudiando cuidadosamente las circunstancias de esas personas. Las similitudes argumentales de dos novelas, con o sin el añadido de similar estructura de la narración, pero con estilo y texto diversos, tal vez se deban también a mera coincidencia (p. ej., en una anterior fuente de inspiración común). De nuevo habrá que examinar muy atentamente todos los datos y comparar las obras con minuciosidad y perspicacia. Hay, sin embargo, casos de plagio muy claros (y no pocos). Y está también lo que llamamos en la jerga universitaria, “fusilamiento”, frecuente en obras generales (manuales, précis, Hand- o Lehrbücher) o documentos extensos no necesariamente publicados (antiguas memorias, exigidas para participar en concursos a plazas docentes universitarias). Mediante el “fusilamiento”, un autor se “inspira fuertemente” en la obra de otro, nacional o extranjero, y la repite -de arriba a abajo o parcialmente- con variación de la redacción y algún otro cambio, para disimular y quizá incluso mejorar algunos aspectos. Poco se puede hacer cuando alguien sencillamente te “fusila” bien. En ocasiones, el "fusilamiento" es tan "bueno", que el "fusilero" no se recata en admitirlo, incluso al "fusilado".

Pero no es mi intención producir ahora un manualito sobre posibles vulneraciones de la propiedad intelectual. Sólo pretendo recordar el penoso y condenable fenómeno del plagio, al hilo de dos ejemplos reales. El primero, muy actual y muy conocido: el plagio lo ha cometido un personaje público alemán de mucha relevancia. El segundo fue perpetrado, hace ya bastantes años, por un profesor universitario español. Como enseguida verán, las consecuencias del descubrimiento del atentado contra la propiedad intelectual han sido muy diferentes.

ALEMANIA: POR EL PLAGIO, EL MINISTRO DE DEFENSA, A LA CALLE

El “joven, rico, moderno y aristócrata” (es un “Freiherr”, un Barón) Karl Theodor (von und) zu Guttenberg, hasta hace unas horas Ministro de Defensa de la República Federal de Alemania (ya había sido Ministro en dos ocasiones anteriores), presentó en su día una tesis doctoral titulada “Constitución y Tratado Constitucional: desarrollos constitucionales en EE.UU y la UE”, aprobada cum laude por la Universidad de Bayreuth. A alguien (se habla de un Catedrático de Bremen), en algún momento, le debieron “sonar” ciertos pasajes de la tesis y se puso a investigar, hasta localizar un buen número de conjuntos de frases (al menos se estiman en un 20% de la tesis) reproducidas de otros autores sin cita alguna. El asunto se convierte en “affaire” porque circula por internet (donde le apodan “Googleberg”) y sale en los papeles (Süddeutsche Zeitung, Der Spiegel, Frankfurter Allgemeine Zeitung) Entonces, el Ministro (en algunos momentos el más popular del gabinete Merkel) se comporta así:

a) Reconoce errores en el manejo de las fuentes y pide perdón y disculpas a los afectados;

b) Renuncia temporalmente a utilizar el título de Doctor, hasta que finalice una investigación;

c) Disgusta notablemente a la Universidad de Bayreuth con la ocurrencia de la renuncia temporal, porque la Universidad está interesada en el fondo del asunto: si el Ministro ha cometido plagio y ha faltado al compromiso o juramento de honor. Y es la Universidad la que puede y debe retirar el título si resulta obtenido con malas artes;

d) Ve cómo la Universidad de Bayreuth le retira el título de Doctor;

e) Afirma que no dimite como Ministro, porque los errores han sido involuntarios y sin ánimo de plagiar; obtiene el apoyo de Dña. Angela Merkel;

f) Admite que tendrá que investigar “cómo pudo perder el control de sus fuentes

g) Advierte que ni el Bundestag ni la opinión pública aceptan su tesis del “plagio sin intención”.

h) Dimite como Ministro.

A mí, la verdad, no me da pena que este prometedor Ministro se haya tenido que ir a la calle, expresión castiza pero inexacta, porque es persona con posibles, que decimos en España, que no pasará ni hambre ni apuros. Me alegro por los alemanes, porque quien es capaz de “copiar-pegar” en una tesis doctoral en Alemania parece bien preparado para fechorías mayores. Un tipo que dice estar decidido a investigar cómo él mismo perdió el “control de sus fuentes”, es una buena pieza, un pícaro muy destacado. Así que, enhorabuena a la RFA y a sus habitantes. Por la eficaz presión de lo que allí llaman “los académicos” (die Akademiker) y porque han logrado que un importante y bien situadao listillo difícilmente vuelva a trepar por cumbres políticas.

Pero vean el contraste con el ejemplo español.

ESPAÑA: POR EL PLAGIO, A LA CÁTEDRA

La historia que sigue es real en todos sus detalles. La he expuesto con pelos y señales en dos ocasiones en que tuve el deber de hacerlo. El protagonista llegó a requerirme por conducto notarial para que no difundiera los hechos bajo conminación de ejercitar contra mí todo tipo de acciones. Por el mismo conducto le respondí que “reincidiría” cada vez que viniese a cuento y que se sintiese libre de ejercitar sus derechos como le pareciese. No volví a saber del asunto, aunque el personaje sigue en activo. No voy a dar aquí su nombre real (utilizaré otro ficticio, como los de las Universidades) por dos motivos: uno, porque no concurre ahora un deber de oficio de revelar hasta ese detalle los hechos, cada vez más lejanos en el tiempo; dos, por eludir las molestias de un nuevo requerimiento notarial o algo similar.

Vamos con el “plagio español”, plenamente real. Hace 20 años, más o menos. Alfonsín López Cara es un joven profesor de Derecho Procesal en la Universidad de La Sidra. Uno de sus alumnos de Licenciatura le entrega, para “subir nota” (hacer méritos extra), un trabajo cuidado, aunque elemental, sobre un aspecto poco tratado de un epígrafe de un tema de cualquier programa de la asignatura, un tema con facetas no directamente procesales. Alfonsín, que se halla en plena etapa de “hacer curriculum”, plagia o copia el trabajo del alumno con sólo ligeros retoques y lo envía a una revista de escasa difusión, que lo publica. El alumno se entera de la publicación y comprueba que se trata de su trabajo, sin apenas esfuerzo de mínimo enmascaramiento. Un Catedrático de la misma Facultad, muy indignado, lleva a cabo un trabajo comparativo a doble columna, absolutamente demoledor para López Cara: el plagio es innegable. La Universidad de La Sidra decide abrir expediente disciplinario a Alfonsín. Nombra Juez instructor. Y éste, tras las oportunas diligencias, no ve, con el Reglamento disciplinario general de los funcionarios públicos, otro tipo de falta administrativa más claro que aquella que es definida como conducta constitutiva de delito. Así, el Rectorado pasa los papeles al Ministerio Fiscal. Y el Fiscal Jefe del territorio en que tiene su sede la Universidad de La Sidra (no un Fiscal cualquiera), emite un papel (un folio) con pocas líneas (cinco o seis) en las que, sin entrar en el fondo del asunto (es decir, sin afirmar ni negar el plagio), invoca el llamado “principio de mínima intervención” (un principio que debe inspirar al legislador para no ir convirtiendo en delito o falta cualquier hecho reprochable) y concluye que los hechos no requieren o justifican la incoación de un proceso penal. Aparentemente, para este Jefe de Fiscales, carece de entidad penal apropiarse de un trabajo ajeno elemental o breve (p. ej., una cuarteta o un verso de un soneto de Quevedo o Miguel Hernández, o de un librito entero, pero de quien no haya entrado en el Parnaso, a juicio del Ministerio Fiscal). (By de way, aquel Fiscal Jefe llegó a lo más alto de su carrera: faltaría más: con esa ductilidad, quién mejor que él).

Tras tan concisa calificación jurídico-penal, el Rectorado de la Universidad de La Sidra sobresee el expediente sancionador contra Alfonsín López Cara. Pero algo ocurre, D. Alfonsín encuentra acogida en Universidad relativamente limítrofe y abandona enseguida la Universidad de La Sidra, donde la hazaña del plagio había alcanzado la máxima notoriedad local. Pasa el tiempo (sin que nuestro protagonista alcance estimables cotas de laboriosidad) y se presenta a concurso-oposición para ser profesor titular. Siendo candidato único y desconociéndose, al parecer, el episodio en la Universidad de La Sidra, se le da el placet. Pasa un poco más de tiempo y el flamante profesor titular se presenta a concurso-oposición a Cátedra de la Universidad de A Pedriña. Y entonces D. Alfonsín, superando anticipadamente con mucho al ya ex-Ministro Zu Gutenberg, no tiene reparo en aducir y presentar expresamente, entre sus méritos de investigación (no precisamente copiosos), el pequeño trabajo plagiado. Era mucha imprudencia o sumo descaro. O las dos cosas (tesis que personalmente asumo). Alfonsín no había rectificado ni se había arrepentido: comportamientos para los que dispuso de años. Así que Alfonsín sigue sin tener moral, pero tiene padrinos y amigos de sus padrinos en el tribunal de Cátedra: justamente el número mágico: tres amorales sobre cinco. Y ni que decir tiene que es propuesto Catedrático. En informe oficial se hacen constar los hechos narrados y se acompaña copia de toda la documentación. Se formula reclamación legal. Un tibio y medroso Rector la desestima. Se le nombra Catedrático. Y hasta hoy. Ahí sigue Alfonsín López Cara, que ha obtenido en varias ocasiones puestos de ésos que liberan de clases (“servicios especiales”) y ha cambiado varias veces de chaqueta política. Ni hubo en España suficiente presión de los “académicos” para prescindir forever del plagiario ni nadie se puede extrañar de que, al asesorar, siga copiando informes ajenos. Muchos de mis colegas -no la mayoría, pero sí bastantes: incluso perjudicados por la promoción del plagiario- han tenido la “flexibilidad” y el “realismo” de compartir empresillas universitarias con el elemento. Yo no he querido ni verle: el plagio, para mí, es como el “pecado contra el Espíritu Santo” (quaestio diputata aún la de cuál es tal pecado), único que Dios no perdona. Había olvidado, eso sí, el "pecado" de D. Alfonsín. Pero lo he recordado a causa de la historia del pobre Karl Theodor (von und) zu Guttenberg, el de la pérdida de control sobre sus fuentes (¿no sería que perdió el control sobre sus “negros”, como ya ha ocurrido bastantes veces?).

miércoles, 19 de enero de 2011

LIBERTAD DE EXPRESIÓN: LO LEGÍTIMO, LO INDECENTE Y LO CONSTITUCIONAL


"PROPINA BLOGUERA" SOBRE NOTIFICACIÓN MEDIÁTICA DE SENTENCIA INEXISTENTE


El Sr. Aznar, ex-Presidente del Gobierno, ha opinado públicamente, en días pasados, que el “Estado de las Autonomías” tendría que ser revisado. Nada original, como pueden comprender los lectores de este “blog”, porque somos legión los que pensamos en esa misma línea, aunque los matices sean diversos. Algunos quisieran una reforma constitucional, con moviola anulatoria del entero Título VIII de la Constitución de 1978 (no es eso lo que propone el Sr. Aznar, si no le he entendido mal) y otros, me parece que mucho más realistas, nos conformaríamos con reducir el tamaño del organigrama de las Comunidades Autónomas y su insostenible coste, argumento, éste último, de mucho peso y sumamente difícil de rebatir.

En otro momento, el Sr. Aznar afirmó que España se encontraba “intervenida de hecho” económicamente y que faltaba ver si lo iba a estar “de Derecho”. Yo no he dicho algo semejante esta opinión, pero tampoco se trata de ninguna originalidad, porque la influencia coercitiva externa sobre el Gobierno de España y, en concreto, sobre medidas adoptadas o prometidas, ha sido afirmada por centenares de comentaristas, públicos y privados, en bastantes docenas de “medios” de todo tipo.

Aclararé, porque resulta necesario (aunque no debiera serlo si no hubiese el encabronamiento visceral al que por desgracia hemos llegado), que no soy ningún forofo político ni personal de D. José María Aznar: además de otros muchos hechos que ahora no vienen a cuento, siempre he valorado su segunda “legislatura” muy negativamente, por muchas y pienso que poderosas razones: desde la inidoneidad de muchos “fichajes” para los Gobiernos que formó, hasta su postrera designación digital de sucesor al frente del Partido Popular (aunque esto fue consentido por el máximo órgano colegiado de su partido, lo que tuvo más pecado si se tiene en cuenta que el Sr. Aznar era, al testar políticamente su sucesión, un retirado voluntario de la política), pasando por su decisión, no tanto de arrimarse a los EEUU, como de llegar al punto de embarcarnos en la aventura iraquí. Item más: la política de Aznar en materia educativa y en materia judicial, en esa segunda legislatura, difícilmente pudo ser más errónea y de más graves consecuencias negativas.

Sentado lo anterior, me parece que se han producido dos críticas interesantes a la libertad de expresión del Sr. Aznar. Una la protagonizó, cómo no, Dña. Leire Pajín, el 15 de enero de 2011, al afirmar que en democracia se es "libre" para decir lo que se piensa y, tras reconocer que se podían considerar "legítimas" las palabras de Aznar a propósito de la intervención de España, las calificó, sin embargo, de “en política sencillamente indecentes”. La otra crítica la ha emitido D. Santiago Carrillo Solares al afirmar, en la presentación de un libro suyo el día 18 de enero de 2011 (en que cumplía D. Santiago 96 años), que "poner en cuestión el Estado autonómico es inconstitucional". No se limitaba D. Santiago a Aznar, pero aludía claramente a él.

Lo interesante de estas dos críticas no es, por supuesto, que se hayan producido. Ni que el destinatario sea el Sr. Aznar. Tanto Dña. Leire como D. Santiago son muy libres de criticar a quien les parezca criticable, siempre que no incurran en injurias ni calumnias, lo que no se da en los casos de que hablo. Lo interesante -o, al menos, a mí me lo parece- es la distinción de Dña. Leire entre lo legítimo y lo decente y, en cuanto a Carrillo, el fundamento y el contenido de su crítica: la inconstitucionalidad de una posición crítica, de una opinión.

No acierto a comprender cómo una opinión públicamente expresada por un personaje político puede ser, a la vez, “legítima” y “sencillamente indecente”. Parece que la clave, según la Sra. Pajín, son las palabras “en política”. Es decir, que una misma opinión podría ser “legítima” si careciese trascendencia política pero devendría “indecente” (“sencillamente indecente”) en cuanto fuese relevante políticamente. Me parece que esta tesis de la Sra. Pajín no se diferencia mucho de sostener que expresarse en un ámbito privado es “legítimo” pero expresarse en los mismos términos en un ámbito público puede ya resultar “indecente”. O sea: que, desde el punto de vista de la libertad de expresión, existiría una grandísima diferencia entre hablar con uno mismo (a solas en casa o musitando por la calle) o hablar en voz baja a un amigo y hablar en público.

Desde luego que hay diferencias entre lo que uno se dice a sí mismo o a un amigo del alma, en voz baja y en confidencia, y lo que uno dice en público. No se puede injuriar, calumniar a nadie ni lesionar el honor de nadie con algo que uno se dice sólo a sí mismo o en un ámbito de indiscutible privacidad. Pero que lo que es en sí mismo “legítimo”, es decir, lícito, un ejercicio jurídicamente irreprochable de una libertad de opinión y de expresión, pase a ser “indecente” porque lo diga a otros, supone una mutación reductiva de la legítima libertad de expresión que convierte esta libertad, absolutamente básica, con límites claros en los derechos de otros que no deban ser lesionados para expresarse libremente, en una “libertad” muy pequeñita y muy sarcástica, una muy hiriente burla para la dignidad de la persona. Es, casi, casi, como reconocer la libertad de opinión, pero condicionada a su expresión. Dados los antecedentes, tengo la sensación de que, un poco más finamente, se nos viene a decir desde el poder: “piense Vd. lo que quiera, faltaría más, pero no se le ocurra expresarlo con alguna relevancia social si lo que piensa no me gusta (y puede que no guste, porque uno, en el poder, querría ser el único que lo expresara).

En cuanto a la libre opinión de D. Santiago Carrillo sobre las críticas al “Estado de las Autonomías”, me parece legítimo y muy decente ejercitar mi libertad para afirmar que D. Santiago se equivoca por completo. La Constitución Española en vigor no establece la existencia de nada que no sea susceptible de ser “puesto en cuestión”, esto es cuestionado, dudoso, susceptible de crítica. La Constitución Española de 1978 no debería ser confundida con los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional o con el Libro Rojo de Mao Tse-Tung (o Mao ZeDong, lo que prefieran). Como se ha dicho miles de veces, la misma Constitución prevé su reforma, lo que supone que prevé que sea cuestionada, pues reformarla sin antes cuestionarla sería impropio de seres pensantes. La Constitución formalmente vigente admite que el Estado –más concreta y exactamente, las Cortes- establezcan delitos y, entre éstos, pueden tipificarse comportamientos consistentes en la expresión de ciertos pensamientos: los que lesionen muy gravemente el honor o la presunción de inocencia o propugnen y ensalcen con claridad la comisión de otros delitos. Pero la Constitución no permite sancionar que se dude o se ponga en cuestión el acierto de alguna de sus disposiciones o de un conjunto de ellas. La Constitución Española permite ser y declararse republicano, ser y declararse separatista o incluso ser y declararse comunista a la antigua usanza, lo que, a todas luces, supondría cuestionar el Estado social y democrático de Derecho. Por lo mismo, permite y ampara cuestionar el "Estado de las Autonomías".

Es una fea y triste paradoja que la Constitución Española se utilice, una vez más, como arma arrojadiza contra lo que la Constitución misma quiere tutelar y del modo más intenso: la libre expresión del pensamiento, un derecho fundamental.

LA NOTIFICACIÓN MEDIÁTICA DE LA SENTENCIA INEXISTENTE

Según la Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ) (art. 266.1) y la Ley de Enjuiciamiento Civil (art. 214.1), que es ley procesal común, la firma de una sentencia por el Juez o, tratándose de órganos colegiados, por los Magistrados, es lo que hace invariable la sentencia. Hasta que no se firma, el Juez y uno o varios Magistrados pueden cambiar de criterio. Por tanto, lo que tenemos hasta ahora, cuando esto escribo (19 de enero de 2011, 19.45 horas) en el caso del Sr. Sáenz, todavía “número 2” actual del Banco de Santander, etc., es la noticia de EL MUNDO, por filtración (porque descarto una pura invención), de una deliberación y votación, en una Sala de Justicia de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, sobre la decisión de un recurso de casación. Según la filtración, el Sr. Sáenz habría sido condenado a pena de prisión de ocho meses y, además, a pena de inhabilitación especial, por tres (3) votos contra dos (2), al considerarle responsable de un delito de denuncia falsa y otro de estafa procesal. Se dice que la sentencia no ha sido redactada y menos aún, claro está, los posibles votos particulares.

En los últimos tiempos, ha sido relativamente frecuente que, en algunos casos, se notificase lo que se llama “el fallo” de una sentencia (la parte dispositiva, donde se absuelve o se condena, total o parcialmente y, en su caso, se impone la pena) sin esperar a que la sentencia entera estuviese redactada. Esta práctica está claramente justificada si, en un proceso penal, la sentencia es absolutoria respecto de alguien que se encuentra en prisión provisional o con medidas cautelares restrictivas, que procede dejar sin efecto de inmediato. Pero, para que esa práctica sea legal, el “fallo” debería estar firmado.

En el caso que nos ocupa, no ha habido un adelanto en la notificación del “fallo”: ha habido una filtración del resultado de una votación. Mientras no haya firma, la resolución votada podría cambiarse legalmente. Estamos, como digo en el subtítulo ante una “notificación mediática” de una sentencia de condena cuya existencia no consta.

Que el Sr. Sáenz delinquiese está muy mal y está muy bien que no le libre de una condena penal haber sido Presidente de Banesto y ser ahora Consejero Delegado del Banco de Santander, etc. Pero eso no significa que quien haya filtrado la votación y el sentido del fallo, sin detalles, haya obrado bien. Ha obrado mal, en desprestigio del Tribunal Supremo o, al menos, de su Sala de lo Penal. Y, a mi entender, ha delinquido.

Les recuerdo un precedente de suma importancia: la filtración de la Sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre la constitucionalidad del Decreto-Ley de expropiación del grupo RUMASA. El día 5 de diciembre de 1983, el diario EL PAÍS publicó, en rigurosa exclusiva, la noticia de la votación en el TC sobre ese tremendo asunto. Se había producido un empate a seis votos, pero, por el voto de calidad (o dirimente) del Presidente del TC, D. Manuel García Pelayo (q.e.p.d.), se declaraba la constitucionalidad de la expropiación. EL PAÍS especificaba los nombres y apellidos de los votantes en un sentido y otro, lo que se interpretó, con acierto, a mi parecer, como un modo de dificultar un cambio de parecer de algún Magistrado en el largo “puente” que comenzaba. La “filtración” fue objeto de diligencias penales instruidas por la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, que pidió declaración a todos los Magistrados del TC, pues de lo deliberado y votado a puerta cerrada no parecía que pudiese dar noticia nadie más que uno de ellos. Como no pudo determinarse quién era el responsable, las diligencias terminaron en archivo.

Pero la filtración era un asunto con una clara dimensión penal (art. 376 del Código Penal de 1973), como lo sigue siendo ahora en virtud del art. 417.1 del CP de 1995, en vigor:

“La autoridad o funcionario público que revelare secretos o informaciones de los que tenga conocimiento por razón de su oficio o cargo y que no deban ser divulgados, incurrirá en la pena de multa de doce a dieciocho meses e inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de uno a tres años.”

“Si de la revelación a que se refiere el párrafo anterior resultara grave daño para la causa pública o para tercero, la pena será de prisión de uno a tres años, e inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de tres a cinco años.”

La violación del secreto no ofrece mucha duda si se considera lo que dispone el artículo 233 de la LOPJ: “las deliberaciones de los tribunales son secretas. También lo será el resultado de las votaciones, sin perjuicio de lo dispuesto en esta Ley sobre la publicación de los votos particulares.”

Si me preguntan si esta vez abrirá la Sala de lo Penal unas diligencias penales por la filtración, que es razonable atribuir a alguno de los cinco Magistrados de esa misma Sala que deliberaron y votaron, les diré que lo considero altamente improbable. Ójala me equivoque y el "filtrador" (que probablemente sólo haya pretendido darse importancia y "apuntarse un tanto" con el "medio") sea identificado. Está muy bien sancionar a quien delinque, pero queda deslucido si después se comete una ilegalidad grave.Y el perjudicado no es tanto el Sr. Sáenz, como el mismo Tribunal Supremo o, más precisamente, su Sala de lo Penal. Una pena.