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sábado, 22 de diciembre de 2012

PARA ENTENDER TODO LO QUE PASA...Y LA NAVIDAD NO SUPRIMIDA



 
EL FIN DEL MUNDO YA HA SIDO

 
Nos han tenido distraídos con los neutrinos que viajaban a más velocidad que la luz (para luego descubrir que los cronómetros fallaban), con el calendario maya y los montes de nombres raros (Pech de Thauze; Sirince, Rtanj, etc.) aquí y allá (en Francia, Turquía, Serbia, etc.), donde los “preppers” (los milenaristas de cada año, continuamente expectantes) se iban congregando para ser abducidos por ciudadanos de la Alien Nation; con la humanitaria propuesta de la Asociación Nacional del Rifle americana para brindar protección armada a las escuelas USA; con el “banco malo” que es buenísimo (tan buenísimo que, compuesto por “activos tóxicos”, aun así repartirá dividendos); con la deslocalización de Gerard Depardieu y la generosa oferta de Vladimir Putin de hacerle ruso; con la aparición de 100.000 apps en este año 2012 para los smartphones, que los españoles usan más que nadie en Europa; y, para remate, con la sorprendente iniciativa de elevar 3’9 euros mensuales el salario mínimo en este país.

Pero, en el ínterin de estas distracciones, ha perecido, no ya el Estado de bienestar, sino el Estado como instrumento para aliviar sufrimientos a los más sufrientes, para administrar Justicia a quien la necesite, para regular racionalmente un sistema educativo y mantener funcionando las instituciones educativas necesarias. El Estado no está, en suma, para servir de algo positivo al conjunto de la población. El Estado se mantiene firme sencillamente para financiarse. Y financiado, su función es repartir dolor, especialmente a los funcionarios, que son los efectivos humanos del Estado, pero, a la vez, sus peores enemigos. El Estado no está al servicio de la sociedad, sino al revés y la sociedad es simplemente el territorio para la actividad predatoria del Estado.

El Estado se prepara para reducirse al mínimo, de modo que sólo conste de políticos profesionales, más Notarios y de Registradores, acompañados por Abogados del Estado y Fiscales. Lo demás se privatiza. Se privatiza la nacionalidad, se vende la condición de residente, se privatizan nacimientos, bodas y bautizos, lo judicial se hace administrativo y se lee al revés una Superley llamada Constitución: donde dice “interdicción de la arbitrariedad”, debe leerse “promoción de la arbitrariedad”; donde dice “jerarquía normativa” debe leerse “anarquía normativa”; donde dice “regulación de las incompatibilidades” debe leerse: “eliminación de las incompatibilidades”; donde dice “veinte” debe leerse “siete”; donde dice “Jueces y Magistrados independientes” debe leerse “Jueces y Magistrados eficientes, dependientes del Tribunal Supremo”; donde dice “gratuita” debe leerse “onerosa”; donde dice “con sometimiento pleno a la ley y al Derecho” (las administraciones, los gobiernos) debe leerse “sin sometimiento alguno a la ley y al Derecho”; donde hay una negación debe leerse una afirmación (en vez de “no estarán sujetos a mandato imperativo alguno” léase que “estarán sujetos…”) y donde hay una afirmación (“los españoles son iguales ante la ley”) debe leerse una negación (“los españoles no son iguales ante la ley”, ni son iguales en nada).

La lógica ha desaparecido o ha sido sustituida por lo que, en nuestro antiguo mundo, considerábamos su opuesto o contrario: el absurdo.  Una cosa puede ser y no ser a la vez. Las partes pueden ser mayores que el todo, dos cosas iguales a una tercera son plenamente desiguales entre sí, por ejemplo. Asimismo, en la geometría euclidiana, la línea recta no es la distancia más corta entre dos puntos, los triángulos escalenos pueden ser equiláteros, lo cuadrado puede ser redondo y el ángulo recto hierve a los 45 grados.

El conocimiento no debe fundamentar la acción; la verdad de las cosas es un estorbo global y la democracia, una ilusión obsoleta; la apariencia es la realidad; la imparcialidad y la objetividad son espejismos perturbadores del progreso. Las castas han de robustecerse y consolidarse, en vez de ser eliminadas. Se debe ser juez y parte: nada mejor que juzgar y decidir en causa propia.

El ignorante y el vago deben ser ascendidos y el inteligente y el trabajador, degradados y, finalmente, si no se enmiendan, castigados. El pobre debe ser empobrecido y el rico ha de enriquecerse más. Apláudase la mentira, encómiese el engaño, repruébese la compasión y la generosidad,  vitoréese la codicia habilidosa, despréciese la austeridad discreta.

La libertad era un lujo, con malas estadísticas. Una sociedad de individuos libres y titulares de derechos, algunos inalienables e indeclinables, era un sueño, un delirio excesivo, foco de infecciosas pandemias de rebeldía. Las mujeres y los hombres de este planeta debíamos ser decididamente controlados en los límites de un aprisco sostenible y gobernable por los profesionales del poder. El poder, que es único, tenía que mantenernos a buen recaudo, precisamente para seguir recaudando.

Sí, el fin del mundo ya ha sido. Hace tiempo. Nuestro mundo ha desaparecido y estamos en otro, muy distinto. Y ya es hora de enterarse. Porque quienes se empeñen en aferrarse al mundo extinguido serán multados, proscritos y, si fuere necesario, internados en gulags psiquiátricos o condenados al ostracismo.

PERO LA NAVIDAD AÚN PERMANECE

Con todo, la Navidad permanece tras del fin de aquel mundo. No han tenido tiempo de derogarla por Decreto-Ley. Es un momento mágico en que van a seguir aflorando —están aflorando ahora mismo— los tesoros de la naturaleza humana, tampoco enteramente suprimida y totalmente cambiada: el amor al otro, el consuelo de la amistad y de la familia, el sentimiento de la hermandad general, la compasión, la necesidad del perdón que se pide y se otorga, el anhelo de grandes cosas, el instinto de remediar generosamente las necesidades de quienes sufren más, la pasión por que se dé a cada uno lo suyo. Para los creyentes, esta Navidad intacta añade a todo eso la convicción, inexplicablemente inconmovible pese a la prolongada agonía del mundo, de que hay un Dios, que quiso hacerse Niño y sufrir lo indecible y que, a fin de cuentas, cuida paternalmente de cada uno de nosotros.

A Él podemos decirle que sabemos cómo, especialmente ahora en Navidad, está,  como si dijéramos, bajando de las estrellas. Tu scendi dalle stelle. Así lo canta, muy a modo suo,  Lucio Dalla: http://www.youtube.com/watch?v=6q4E2O6fB-4

 

Tu scendi dalle stelle,                                Tu bajas de las estrellas
O Re del cielo,                                           Rey del Cielo
e vieni in una grotta                                   y vienes en una gruta
al freddo e al gelo.
(2 v.)                           al frío y al hielo.

O Bambino mio divino,                               O Niño mío divino
io ti vedo qui a tremar;                                te veo aquí temblar
o Dio beato !                                               ¡O Dios Santo,
Ah, quanto ti costò l'avermi amato!
(2 v. )  ay, cuánto te costó haberme
                                                                      amado!

A te che sei del mondo                               A Ti, que eres del mundo
il Creatore,                                                el Creador,
mancano panni e fuoco,                             te faltó pan y calor
o mio Signore.
(2 v.)                                  O mi Señor.

Caro eletto pargoletto,                                 Querido pequeño elegido
quanto questa povertà                                  cuánto más esta pobreza
più m'innamora,                                            me enamora
giacche per nostro amor tu soffri ancora.   pues que por nuestro amor
                                                                      sufres aún
.

Habrá, pues enseguida, una noche plácida, que nadie nos puede arrebatar, una Notte Placida, como ésta del antiguo villancico italiano: http://www.youtube.com/watch?v=ptkL8MHn9xk  Y podremos quizá proponernos luchar por un nuevo mundo.

 

martes, 10 de mayo de 2011

EL VERDADERO TALANTE DE UN “LIBERAL”: BARACK OBAMA NOS MANDA AL PSIQUIATRA


¿“JUSTICE WAS DONE” O UN JUSTICIERISMO ACTUALIZADO DEL FAR WEST?


Los periódicos amanecieron ayer con un resumen de la larga entrevista concedida por Mr. Barack Obama, Presidente de los EE.UU., a la cadena CBS, en el programa “60 Minutes”. Pueden verla o leerla íntegra mediante este enlace:


Me parece muy importante hacer notar estos tres puntos: 1º) En ningún momento afirma o insinúa Obama que la incursión en Pakistán se propusiese detener a Bin Laden si fuere posible; 2º) Obama reconoce abiertamente la invasión por el comando del territorio pakistaní, sin conocimiento siquiera de sus autoridades; 3º) Obama omite toda referencia a la legalidad de la acción, muerte de Bin Laden incluída.

Sentado lo anterior, veamos lo que nos interesa. Según unos “medios” españoles, Mr. Obama dijo: "Cualquiera que se cuestione que Bin Laden recibió lo que se merecía, necesita que su cabeza sea examinada" Según otros, Obama habría afirmado lo siguiente: "cualquiera que cuestione que el autor de una matanza en suelo estadounidense no merecía lo que tuvo, necesita ser examinado". La frase fue exactamente ésta: “Justice was done. And I think that anyone who would question that the perpetrator of mass murder on American soil didn't deserve what he got needs to have their head examined”. Es decir: “Se hizo justicia. Y pienso que cualquiera que cuestione si el que perpetró un asesinato masivo en suelo americano no merecía lo que tuvo necesita que le examinen la cabeza”.

“Deserve what he got” es, a mi entender, la primera clave de este fulminante diagnóstico de tratamiento psiquiátrico. Obama se despista o finge distracción. Porque está fuera de duda, entre personas razonables y no fanatizadas, que quien perpetre en suelo americano (o en cualquier otro suelo) un asesinato y, además, masivo, merece un severísimo castigo. Pero la cuestión que interesa sobre la incursión a Abbottabat no son los merecimientos punitivos de Bin Laden en general, sino, en todo caso, si la muerte intencionada y violenta que concretamente tuvo resulta irreprochable o plenamente admisible. Es poco dudoso que, para empezar, muchas de las innumerables personas que son radicalmente contrarias a la pena de muerte estarán en desacuerdo con la afirmación de Obama. Y no me parece que esa sumaria y seca remisión al psiquiatra (o al neurólogo, o a ambos) sea precisamente una muestra de respeto a la libertad de opinión y de expresión de esas personas por parte de Mr. Obama, hasta hace poco gran icono “liberal” en el sentido norteamericano o en cualquier otro sentido. Esas personas no necesitan, a causa de su opinión opuesta a la presidencial, el tratamiento fulminantemente indicado por el Presidente de los EE.UU. No seré yo quien envíe a Mr. Obama al psiquiatra, pero pienso que ha tenido el enorme desacierto -una verdadera desgracia- de auto-homologarse con cuantos en el mundo han considerado la discrepancia como un síntoma concluyente de enfermedad mental (entre los que no han faltado los que actuaron en consecuencia).

Mas, por mi parte, lo primero -y lo principal- es discrepar sobre eso de “Justice was done”: “se hizo Justicia”. La Justicia, con mayúscula, es, en principio, cosa que hacen los jueces. La correlación es más clara, si cabe, allí donde, como en los EE.UU. el tratamiento que se da a muchos jueces es precisamente el de “Justice”. Reconoce Obama que la incursión en Abbotabat fue una operación militar. No hubo en ella jueces militares. Por tanto, no se hizo Justicia por ningún juez. Y la operación militar no era defensiva, sino ofensiva o de agresión. Admitamos, con Obama, que el objetivo de esa operación era dar su merecido a Bin Laden. Cada cual es muy libre de pensar si lo que se llevó Bin Laden (“what he got”) (varios tiros y la muerte) era algo merecido por Bin Laden de alguna manera (plena o parcialmente; indudable o dudosamente). Lo que no me parece sujeto a una libre apreciación, sino innegable, es que los tiros mortales no fueron imposición de ninguna pena. Dicho de otro modo: lo que hizo el comando SEAL, bajo las órdenes directas y plena responsabilidad de Mr. Obama, no fue “Justice”. Fue “retaliation”, “vengeance”, “revenge” “setting of scores” o “pay back”, es decir, “represalia”, “venganza”, “revancha”, “ajuste de cuentas” o “pago con la misma moneda”. Acerca de una represalia, una venganza, una revancha o un ajuste de cuentas, se puede pensar lo que se quiera, desde luego. Pueden parecer justificados, inicuos, excesivos, proporcionados, apropiados, etc. Lo que resultaría muy fuertemente rupturista (por decirlo suavemente) con los criterios jurídicos civilizados y generalmente admitidos es no reconocer, cuando menos, dos elementos: primero, que la venganza, la represalia, la retribución o el ajuste de cuentas dependen exclusivamente del poder real que se tenga; segundo, que son acciones al margen de la legalidad y, las más de las veces, inmersas en la ilegalidad o antijuridicidad.

Pero si Mr. Obama o sus admiradores en este asunto insistieran en su tesis de la incursión armada en Abbottabat como impartición de justicia a Bin Laden, tesis muy política y universalmente aplaudida, tendríamos que señalar que Mr. Obama ha hecho desaparecer la separación de poderes en los EE.UU., de modo que, en lugar de los Tribunales, es el Jefe del Ejecutivo quien ha impartido justicia y, más concretamente, ha impuesto penas en nombre del pueblo de los EE.UU. Ya sé que los “privilegios del Ejecutivo” son muchos y muy amplios en ese país -por tantos conceptos admirable-, pero me parece que no llegan tan lejos como para sustituir a los Tribunales de Justicia por el Commander-in-Chief de las Fuerzas Armadas de los EE.UU.

El desenfoque total del “affaire Bin Laden” radica, precisamente, en tener y mantener la mirada puesta sólo en Bin Laden y ser incapaz de ver (o no querer ver) y examinar lo que Barack Obama decidió y consiguió hacer. Bin Laden, por lo que sabemos, era uno de esos seres deshumanizados y animalizados por el fanatismo. Él era responsable de sus actos. Y su responsabilidad, ahora extinguida, es enteramente separable de la responsabilidad del Presidente Obama. Aquí no nos ocupamos ya de Bin Laden, sino de la incursión en Abbottabat y consiguiente eliminación de Bin Laden. Las tremendas responsabilidades de Bin Laden no eliminan las responsabilidades de Obama ni tienen por qué operar, en seres humanos que están en su sano juicio (exactamente lo contrario de lo que Obama afirma con gran ligereza intelectual y talante no liberal, sino totalitario), una obnubilación impeditiva del análisis racional y, más concretamente, del análisis jurídico de aquello de lo que son responsables personas distintas de Bin Laden. Dicho castizamente: admitamos que Bin Laden era una bestia asesina y peligrosa. Está muerto. ¿Acaso no podemos interesarnos a fondo por lo que ha hecho el Sr. Obama y sus compañeros de foto en la “Situation Room” (en cuanto inmediatos “Obama’s supporters”)? Al fin y al cabo, de Bin Laden en concreto ya no hay nada que esperar ni temer. Enfoquemos ahora lo que han hecho los vencedores, que han sido y siguen siendo muy poderosos: ¿se pretende tal vez que, al ser Bin Laden una bestia, ¿tiene necesariamente que ser perfecta, intachable y merecedora de la más prolongada ovación mundial, la acción en Pakistán del Obama Invictus? Ante la bestia asesina, ¿vale todo? Más especificamente, ¿vale, fue estupendo e irreprochable, lo que Obama decidió que se hiciera y otros lograron hacer por orden suya?

Aunque esté blog no se siga en la Casa Blanca, en el post anterior se ofrecieron argumentos no improvisados, sino meditados, sobre la incursión USA en Abbottabat. La larga entrevista al Presidente los Estados Unidos de América, Mr. Barack Obama, inclina decididamente a pensar que no ha sido nunca consciente de importantes facetas de su acción en Pakistán, facetas a la vista de todos y que merecían alguna consideración y algún argumento a cualquier gobernante que, cuando menos, dudase de la Ley del Talión. Pero Obama no ofreció en "60 Minutes" ni un solo argumento mientras desgranaba los detalles de la planificación y ejecución del "raid" a Abbottabat, detalles, que, punto por punto, confirman todo lo dicho aquí en el "post anterior. Con esa falta de argumentos y con el tratamiento que tan ásperamente recomienda a los discrepantes, Obama ha exhibido una notable indigencia intelectual, ética y jurídica. Porque se nota que ni siquiera se ha detenido a considerar por un momento nada que no fuesen las dificultades técnicas y los pros y contras políticos de su decisión, adoptada internamente hace años. ¡Es muy fuerte la embriaguez del poder!

Cuando el Sr. Barack Obama, Presidente de los EE.UU., jurista diplomado, excepciona a su arbitrio la efectividad de los derechos humanos, se cisca en el Derecho Internacional y ordena la muerte de un malhechor en un “raid” sobre un país distinto del suyo, me parece estar demostrando que confunde la represalia y la venganza con la Justicia. Sé que, respecto de Bin Laden, monstruoso asesino, muchos estarán dispuestos a considerar “justa” la represalia y archi-merecida su muerte violenta. A mí, por muchas adhesiones que logre, Mr. Obama me parece haber dado una muy sobrada muestra de peligroso primitivismo. Lo que ha ordenado hacer es una versión, máximamente actualizada, de la “justicia” del Far West. Y después, con su frasecita, Mr. Obama ha perdido para siempre, en lo que a mí concierne, cualquier legitimidad para considerarse y ser considerado “liberal” (en cualquier sentido) y progresista. Si él nos manda al psiquiatra, algunos podemos mandarle a paseo. Le convendrían unos largos paseos por Filadelfia, leyendo o releyendo los Federalist Papers y, en especial, repasando a Thomas Jefferson. A Hamilton podría saltárselo, porque ya ha hecho suficientes méritos ante Wall Street.

jueves, 5 de mayo de 2011

PENSAMIENTO LIBRE SOBRE LA MUERTE DE BIN LADEN: LA HISTÓRICA INCURSION USA EN ABBOTTABAT


America can do whatever we set our mind to”: REFLEXIONES CONTRA CORRIENTE


Murió Bin Laden. Más exactamente, le mataron. Al principio fue la noticia escueta, con unos pocos datos. Después, sin muchos datos fiables más (que no son de esperar, me parece, y que, en buena medida, resultarán contradictorios: cuando la versión de algo ocurrido sin testigos o con testigos mudos se engorda, suelen aflorar los desajustes), se ha desatado, en todo el mundo, una muy dura polémica, que alcanza la ferocidad en muchas expresiones de máximo enfrentamiento. La casi completa unanimidad sólo se produce en cuanto a la repulsa absoluta a Osama Bin Laden. En todo lo demás, los grandes titulares ya dan idea de la extrema polaridad: desde “asesina” o "liquida" a “mata” o “da muerte”. Sujeto de la oración principal: “Estados Unidos” y, más concretamente, por propia declaración pública, su Presidente, Barack Obama.

Es penoso que opinar libremente sobre esta acción de los Estados Unidos resulte arriesgado salvo que se aplauda sin apenas objeción o con meros suaves reparos. Especialmente inaceptable encuentro que cualquier consideración crítica de cierto calado se presente como un solapado apoyo al terrorismo islámico o, casi peor, como un exceso trasnochadamente “exquisito” y frívolo de garantismo, que desprecia el dolor y los derechos de las víctimas para preocuparse sólo, o casi, de los derechos humanos de los delincuentes (ya lo he leído así, tal cual, bastantes veces). No es así. La tensión entre la libertad individual y la seguridad de la sociedad es permanente en la represión jurídica de la criminalidad. Diríase que no puede ser de otra manera. El equilibrio entre esos dos valores no es fácil de lograr ni tiene que ser el mismo en todas partes y en todos los tiempos. Pero ni los amantes de la libertad están autorizados a insultar a los que ponderan mucho la seguridad ni en nombre de la seguridad pública y del justificado rechazo del terrorismo y de la violencia criminal resulta razonable y civilizado injuriar a quienes se preocupan de la libertad y de los derechos individuales. No son serias y razonables, sino tristes e irracionales, las caricaturas descalificadoras que los unos propagan sobre los otros.

La valoración libre de la incursión USA en Pakistán y la muerte de Bin Laden, sin mayores peligros de linchamientos o bofetadas verbales, es muy pertinente y legítima, porque se trata de un suceso de excepcional calado. No son legítimos los sofismas, las graves incoherencias y ciertas comparaciones que, interesadamente, pretenden anular grandes diferencias entre lo que se compara. Pero todas las valoraciones razonadas, que pueden ser y son muy diversas e incluso opuestas, merecen una seria reflexión.

Ante un suceso con tantas y tan graves facetas e implicaciones, podría yo guardar silencio, dados los riesgos que están a la vista. Pero, muy probablemente, ni eso es lo que esperan los habituales lectores de este “blog” ni es lo que corresponde, por lógica, a la decisión de abrir y mantener este medio de expresión. Mi libertad de opinar (cuando tengo una opinión formada) o callar es innegable, pero, ante un acontecimiento como éste, callar por completo me parece difícil de justificar. Significaría una de estas dos cosas: o “no tengo ningún criterio” o “no quiero correr el riesgo de pensar o de decir lo que pienso”. Rechazo el silencio, pues, porque ninguna de las afirmaciones implícitas en él son ciertas en mi caso.

Dicho lo anterior, voy a ir por pasos. Y considero necesario establecer algunos puntos que sirvan de marco a la valoración.

Primero. Jurídicamente, la muerte intencionada de Bin Laden no me parece calificable de “asesinato”. “Asesinato”, es un término jurídico, que siempre debería utilizarse sólo en el plano jurídico. Para ordenar la muerte de Bin Laden, el jefe de una organización terrorista a la que se había declarado la guerra, el Presidente de los EE.UU. contaba con cobertura legal. Contaba con una previa y clara autorización del Congreso de ese país. Obama no se ha salido fuera del sistema o del régimen político-constitucional de los EE.UU.

Por supuesto, se puede discrepar de esa cobertura legal: lo que no cabe es negarla. Y uno puede estar sustancialmente conforme e incluso entusiasmado con el sistema jurídico-político norteamericano o, por el contrario, abrigar reservas, más o menos numerosas y más o menos serias y graves. Personalmente, abrigo numerosas y muy serias reservas sobre ese sistema y, desde luego, niego que sea superior al nuestro (en teoría y también en la práctica). En todo caso, es perfectamente natural que a no pocos ciudadanos y juristas españoles y europeos nos choquen fuertemente las peculiaridades del régimen USA. Muchas y fundamentales cuestiones jurídicas son respondidas a diario en los EE.UU. de modo sumamente distinto a cómo se responden en toda la zona del Civil Law o del Derecho europeo continental y sus áreas extraeuropeas de implantación o influjo. Ocurre, sobre todo, que, con cierta frecuencia, los norteamericanos se evaden de su propio sistema (el judicial penal, p. ej.) y construyen una alternativa. Y en ocasiones, llegan incluso a crear verdaderos “agujeros negros”, que engullen y hacen desaparecer lo jurídico: ahí está Guantánamo, sin ir más lejos. Ya he dicho en este blog, a propósito de ese campo de internamiento, cuánto me desconciertan (es un eufemismo) las “reglas” (?) sobre las que esa “facility” se asentó y sobre las que permanece abierta, así como todo lo que implica. En especial, me resulta imposible aceptar, además de las torturas y los tratos inhumanos persistentes y sistemáticos, que se mantenga a personas en privación indefinida de libertad cabalmente porque se carece de pruebas para llevarlas a juicio con altas probabilidades de una sentencia condenatoria, incluso ante tribunales militares (esto es lo que ellos dicen abiertamente, no es un juicio mío). Considero superlativa, inigualable, la paradoja de que ese aislado desierto jurídico haya sido creado y mantenido justo por el país de la “Justicia para todos”, el “due process of law”, la doctrina del rechazo de los “frutos del árbol envenenado” (en materia de prueba) y el enorme poder jurídico y judicial del pueblo, encarnado en la sacrosanta institución del Jurado (Jurado del que se prescinde, sin embargo, en un altísimo porcentaje de todo tipo de casos en que debiera intervenir). No me sirve de consuelo ni de justificación el traído y llevado “american exceptionalism”, sobre el que algún día tal vez me extienda. Pero para discrepar seriamente primero hay que esforzarse por comprender aquello de lo que se discrepa.

Segundo. La comparación igualadora de la orden presidencial de Obama y su ejecución con cualquier “guerra sucia” también me parece, no enteramente falsa, pero sí inexacta. La inexactitud estriba, no ya en la legalidad a que me acabo de referir, sino más aún en otro elemento muy visible y fácil de identificar. Por “guerra sucia” se viene entendiendo lo que se hace bajo cuerda, sin dar la cara, negándolo o eludiendo cualquier protagonismo y responsabilidad. Y lo que los EE.UU. han hecho con Bin Laden puede parecer mal, muy mal o pésimo, pero se ha hecho oficialmente y sin que las autoridades del país negasen conocerlo o pretendieran que se ha llevado a cabo sin su consentimiento. No es la OAS francesa (que combatía el terrorismo/independentismo argelino) ni menos aún el GAL español. En el “affaire Bin Laden” hay, desde luego, una “razón de Estado”, pero no es la clásica o típica “razón de Estado”, por definición opuesta y contraria a la legalidad. También aquí he de insistir: el reconocimiento de estas diferencias no supone necesariamente una valoración positiva y mucho menos un entusiasmo por el sistema y, en concreto, por la específica y singular “razón de Estado” que cabe intuir como base de los planteamientos de muchas autoridades USA y se aprecia bien en el discurso oficial de Obama tras la muerte de Bin Laden.

Tercero. El territorio y la atmósfera o ambiente que el poder -el oficial, con legitimidad de origen- marca como de guerra es siempre un territorio en el que el Derecho se ausenta en cierto modo. Mucho, bastante o poco, pero se ausenta o, si se prefiere decirlo con otras palabras, se debilita su presencia. Las excepciones constitucionales y legales para los tiempos de guerra consisten, casi por definición, en restricciones a la luz: muchas más sombras, mayor opacidad, mucho menor control jurídico con más poder ejecutivo. Atención: a mi entender, se puede discrepar de los presupuestos, el método y el alcance de la declaración de guerra al terrorismo y, en concreto, a Al Qaeda, establecida por el poder en los EE.UU. Pero, por una parte, la declaración existía sin lugar a dudas, oficial, pública y solemne, y, por otra parte, enmarcar el suceso de que hablamos en un escenario de guerra es algo que hay que hacer para entender lo ocurrido, que -reitero- no es lo mismo que estar de acuerdo con ello o aplaudirlo. Lo que quiero señalar es que bastante de lo que chirría ante la invasión USA de un país extranjero soberano para dar muerte a Bin Laden y sus acompañantes se debe, bien mirado, a que el escenario bélico actual (sobre todo tal como ha sido concebido y caracterizado por el poder USA) expulsa, por así decirlo, innumerables factores o ingredientes jurídicos, incluidos los propios del Derecho Internacional Público. Esta “expulsión de lo jurídico” es, ante todo, un hecho, que aún no valoro.

Cuarto. La comparación de la “operación Bin Laden” con pretéritas y muy conocidas operaciones bélicas de intención homicida (de Churchill, de Hitler, etc.) adolece también, en cuanto se pretende igualar los episodios, de considerable inexactitud. Ya va quedando bastante claro, a medida que se analiza y se piensa lo ocurrido, que lo de Bin Laden presenta rasgos únicos. Ahora no existía una guerra declarada entre países, con uno de los contendientes empeñado en la expansión territorial. Se podrá decir que lo actual, respecto del terrorismo islámico, es similar a la guerra convencional, porque se trata también de una guerra. Muy bien: justamente es similar, pero no igual o idéntico. Lo similar se diferencia de lo idéntico por la concurrencia de parciales igualdades y parciales desigualdades. Perdón por esta obviedad, pero me ha parecido necesaria para poder objetar, simplemente objetar, ciertas rápidas equiparaciones, que conducen a tratar por igual lo que es simplemente similar o parecido, pero no idéntico. Dicho lo anterior, da fatiga explicar diferencias obvias entre intentos ingleses de acabar con Hitler, intentos alemanes de acabar con Churchill y la operación USA para acabar con Bin Laden. Simplemente, recomiendo no olvidar que han tardado casi diez años en encontrar a Bin Laden y que, por lo que sabe el Gobierno americano y sabemos todos acerca de Al Qaeda, abatir a Bin Laden en modo alguno podía (podrá) suponer un efecto semejante al de haber matado, en plena II Guerra Mundial, a Hitler o a Churchill. Éstos (sobre todo, Hitler) eran los líderes decisivos de una guerra con ejércitos y escenarios muy definidos. No así Bin Laden y la acción terrorista de Al Qaeda.

Sentado todo lo anterior, me parece difícilmente discutible que la muerte de Bin Laden a manos de los SEAL americanos, por órdenes directas del Presidente Obama, significa que el Gobierno de los Estados Unidos de América se considera legitimado para privar de la vida, en cualquier lugar, a quien las autoridades de los EE.UU. hayan considerado y declarado enemigo cualificado del pueblo de loss Estados Unidos. Significa, asimismo, que la ejecución de esta voluntad de la representación popular de los EE.UU. (la que cabe atribuir al Congreso de los EE.UU.) prevalece absolutamente sobre la legalidad internacional, p. ej., sobre la soberanía de la República Islámica de Pakistán, que existe al margen de lo que guste o disguste la historia y la realidad pakistaníes. Significa también que, entre otros textos, la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH), aprobada por la Asamblea General de la ONU el 10 de diciembre de 1948, puede ser completamente ignorada por los Estados Unidos de América: antes, durante y después de la acción militar USA del 1 de mayo de 2011 en Abbottabad, Norte de Pakistán. Los enemigos especiales, así declarados, ya no son humanos, puesto que carecen de esos derechos básicos.

Ante lo ocurrido, se puede decir e incluso gritar, como se ha dicho y gritado: "Well done!!" “¡Bien hecho!”. E incluso cabe que buen número de los que lancen tal grito expresen argumentos que, a su entender, lo justifican. “Abbottabad –hemos leído, por ejemplo- es la prueba del acierto y de la bondad del campo de Guantánamo.” ¿Por qué? Y nos responden: “porque Guantánamo es lo que ha permitido finalmente localizar y matar a Bin Laden”. No voy a discutir esa relación Guantánamo-Abbottabad. Simplemente digo que ese argumento supone, objetiva e innegablemente, justificar, por una finalidad genéricamente admisible, una gran cantidad de concretas atrocidades jurídicas, psicológicas y físicas. Es un argumento que justifica, p. ej., lo que ayer mismo, acogiendo un vomitivo eufemismo de ciertas autoridades USA, muchos medios denominaban “asfixias simuladas”. La verdad es que no hay simulación alguna: lo que hay es una tortura consistente en no consumar la asfixia hasta la muerte, a fin de poder seguir asfixiándote más veces. Sobre la tortura pueden imaginarse o presentarse casos verdaderamente extremos: p. ej., el de un detenido con seguros conocimientos para salvar o condenar miles de vidas en un corto plazo de tiempo. Pero en Guantánamo no se estaba en esa situación, como tampoco en otros “centros de detención” que ahora son aludidos y se dicen situados en “países del Este”.

Si, como se admite, Bin Laden no estaba armado, la “resistencia” que ofreció, ¿impedía capturarle vivo? Que se sepa, el comando de los SEAL apenas encontró oposición, pudo recoger diversos materiales y embarcar en los helicópteros, destruyendo antes uno de ellos, todo en muy poco tiempo. Es muy probable que presentase similar dificultad llevarse un prisionero que llevarse un cadáver. Pero todos sabemos -no por ser muy listos, sino porque las mismas autoridades americanas nos lo han hecho saber- cuántos “problemas” muy diversos crearía a esas autoridades (y quizás a sus aliados) un Bin Laden en prisión o confinamiento en USA. De modo que matarle evitaba todos esos “problemas”. Y así, lo más verosímil, como tantos afirman o insinúan, es que siempre se trató de una caza a muerte.

Voy a reconocer varias cosas sin ningún  problema. Admito que es altamente probable -casi segura- la necesidad de mejores instrumentos jurídicos internacionales y nacionales frente al fenómeno de un terrorismo hiperfanático y dispuesto a la inmolación personal. Reconozco que no es satisfactorio, sino hiriente, que los terroristas (en especial los fanáticos suicidas) y ciertos tipos de criminales se aprovechen injustamente de un garantismo del que abusan, con grave desequilibrio de los intereses contrapuestos y con menoscabo injusto de la seguridad de la sociedad, es decir, de la debida protección del conjunto de la población, en tales o cuales países y en el entero planeta. Admito también que la ONU, aunque en ocasiones cumpla una función positiva, está muy lejos de ofrecer respuestas eficaces -jurídicas y prácticas- a terribles tragedias humanas de naturaleza criminal (consiente ahora mismo en Siria masacres diarias). Acepto que no se vislumbra un cambio positivo en esas “Naciones Unidas”. Pero todo eso no me vale para aplaudir la acción de los Estados Unidos de América en Abbottabat, matando a Bin Laden.

No me vale para justificar esa acción y lo que implica, porque lo que se deriva de cuanto acabo de reconocer como necesario es la urgencia de un esfuerzo y de unos buenos resultados en el sentido de perfilar mejor las garantías de los sospechosos, de los detenidos y de los acusados  (especialmente, en casos de terrorismo) y, a la vez, ciertas reformas para hacer más eficaz la persecución y sanción jurídica de la más grave criminalidad. Lo que no cabe aceptar, por irracional, inhumano e injusto, es que las tremendas realidades del terrorismo y del narcotráfico impulsen una drástica disminución de las principales garantías previstas en la DUDH de 1948. Ahí se da un gran salto porque es lo más fácil de hacer con resultados inmediatos, pero se trata de un verdadero salto mortal. Supone asimismo un tremendo cambio, respecto de un mínimo respeto al Derecho Internacional, la prevalencia absoluta en nuestro mundo de la voluntad política de los Estados Unidos de América. Y, sin ánimo de exhaustividad, encuentro de enorme gravedad que un país, por importante y poderoso que sea, por generoso que haya sido y siga siendo con otros países, excluya por completo a ciertas personas de la elemental protección que brindan muchos preceptos de la DUDH (texto que tomo como ejemplo: no es el único ni el mejor, pero sí el más aceptado mundialmente). Hacer excepciones -incluso con Osama Bin Laden- a la efectividad de ciertos principios supone, ineludiblemente, abrir y dejar abierta una ancha puerta al ejercicio del puro poder, una gran puerta abierta a que quien pueda haga lo que quiera.

Abandonar todo estatuto básico de limitaciones claras al poder es el suicidio de una sociedad libre. Es lamentable que esta o aquella sociedad, organizada en Estado, resuelva emprender el camino de ese suicidio (o lo que uno piensa que es tal y que ójala se rectifique), aunque, desde fuera de esa sociedad, no quepa sino aceptar lo que por ella se decide. Pero lo que ha sucedido en Abbottabat es otra cosa, muy distinta, ésta que una sociedad y un Estado determinados imponen al mundo entero, de hecho, por su concreta fuerza, prescindir del Derecho o, lo que es igual, inventar un falso Derecho, que no incluye razonables limitaciones al poder, político o de otra clase.

La acción USA contra Bin Laden en Abbottabat, el 1 de mayo de 2011, no supone un cambio, medianamente pensado, de un modus vivendi mundial a otro. No se ha diseñado, ni siquiera provisional y limitadamente, algo distinto de las reglas actuales, que se pretenda mejor que ellas. Lo ocurrido expresa directamente una pura y dura involución. La involución de suspender cualquier regla. Si bien se mira, el episodio de Abbottabad es la proclamación, con trompetas y clarines, de un difuso estado de excepción, no para los Estados Unidos de América, no con la Patriot Act, querida, al fin y al cabo, por la gran mayoría de los ciudadanos USA. Se ha decretado por los Estados Unidos de América un estado de excepción indefinido en todo el mundo.

Que a Osama Bin Laden no era posible tratarle como a cualquier feroz delincuente está fuera de toda duda. Que la “excepcionalidad Osama” llegase a justificar la excepcionalidad de Obama me parece, en cambio, muy dudoso. Más claro: me parece mal. Demasiados valores y reglas universales han sido sepultadas en la refriega de Abbottabat. El precio de esta nueva muestra de “american exceptionalism” resulta imposible de aceptar con cordura. Veo cuántos -de casi todos los colores- andan embobados (y un poco embotados también) ante la demostración de poderío y “eficacia” y ante el alarde de perseverancia USA en la retribución y la venganza.  Les comprendo. De verdad comprendo a esa gente. No me siento vacunado contra eventuales sentimientos de venganza. Pero la venganza -que no la justicia, como la llama Obama- es rechazable, aunque cueste mucho rechazarla. Y, por otra parte, me da mucha pena una tan grandísima y extendidísima devoción al poder, al éxito y a la “eficacia”, todo en el mismo “pack”. Comprendo que el mundo sufre una pandemia así, pero me considero afortunado por haberme librado de ella y saber algo de sus temibles efectos. Y me considero obligado a denunciarla y combatirla como pueda.

Nunca he sido antiamericano. Más bien, durante bastante tiempo, me pareció admirable casi todo lo americano. Exageraciones juveniles, más que errores crasos, pienso. Por eso, porque no soy antiamericano, me resulta doloroso escribir -no a la ligera, acierte más o menos- lo que ya he dejado dicho y lo que voy a decir aún. Lo que ha decidido Obama y han ejecutado sus subordinados me parece el producto de un gravísimo error de juicio, propiciado por una mentalidad jurídica y éticamente rechazable. Todos conocen el “YES, WE CAN” electoral de Barack Obama. No es éste el momento de bromas, sarcasmos o jueguecitos de palabras al respecto. Sí es oportuno, en cambio, contraponer a esa cantinela electoral de tres palabras, una frase clave al final del discurso de Obama el 1 de mayo: “America can do whatever we set our mind to” Son palabras que se pueden traducir suavemente, como las versiones oficiales en español, pero esas palabras significan, a la postre, que “América puede hacer cualquier cosa que se le ocurra” o, más precisamente, que "América puede hacer cualquier cosa que se nos ocurra". Aparte de la penosa inclinación, bastante analfabeta y desconsiderada, a tomar la parte por el todo, como si los EE.UU. fueran toda América, quizás esa “América” ahora encarnada por B. Obama pueda hacer cualquier cosa que se inserte en su mente o que nazca de ella. Pero no siempre debe hacerla. Entre otros motivos, porque lo que se le ocurra a ese "we", "nosotros", que es identificado con “América”, a veces no será acertado sino erróneo, incluso en el más prosaico y pragmático plano de la política menor y cortoplacista.

Varios Presidentes de los Estados Unidos de América se propusieron públicamente, en distintas solemnes ocasiones, acercarse más a la comunidad internacional y colaborar más estrechamente con ella, abandonando un notable unilateralismo (en el que, es justo reconocerlo, los EE.UU. hacían buena parte, parte dura, del trabajo de otros). El 1 de mayo de 2011, esa dirección se ha abandonado bruscamente. “America” ha llevado a cabo una exhibición de puro poder que, lo comprendo, entusiasma a muchos. A mí me parece demasiado predominio del puro poder sobre reglas de suma importancia, amén del retorno a una soberbia (en ambos sentidos de la palabra) soledad. Y, además, dudo de que lo realizado le convenga políticamente al pueblo de los Estados Unidos de América. Como dudo mucho también de que, para luchar eficazmente contra el terrorismo islámico, haya sido mejor matar a Bin Laden que tenerlo localizado y controlado. La nada temeraria conjetura de que Barack Obama, con baja popularidad el 31 de abril de 2001, ha comprometido gravemente a su Nación por pensar que una mayoría de los estadounidenses recibirían un fuerte impacto positivo si Osama Bin Laden fuese capturado “dead or alive” (but better absolutely dead, me permito añadir) ganará solidez y podría convertirse en certeza si, en el terreno (pragmático pero muy importante) del combate al terrorismo islámico, esta “operación Abbottabat” no sólo no rinde frutos claros, sino que desencadena efectos muy negativos. Puede ocurrir en no pocos frentes. No lo deseo, pero me lo temo. Cuando se tiene mucho poder, la tentación de dar avisos contundentes es acuciante. Es muy humano caer en esa tentación, pero lo que es sabio y realmente eficaz es combatir  y eliminar el orgullo y el ansia de demostrar el propio poder. La sobreactuación, como le llaman ahora a la demasía prepotente, no conduce a nada bueno.

domingo, 24 de enero de 2010

NOTICIAS SOBRE EL CAMPO DE GUANTÁNAMO


GUANTÁNAMO, EL FRACASO DEL DERECHO EN USA


Sobre el campo de internamiento de Guantánamo (a partir de ahora, para abreviar, Guantánamo) he escrito en este “blog” dos entradas: la primera, el viernes 19 de junio de 2009; la segunda, poco después, el miércoles 1 de julio de 2009. En la primera, además de cuestionar eso de “hacerse cargo de "presos" de Guantánamo” (España y otros países, por los que peregrinaban enviados de Barack Obama), venía a proponer que los más finos juristas USA (si acaso con la ayuda de sus afines, los juristas británicos, canadienses y de otros países del Common Law, en general), procurasen analizar bien la situación del campo guantanamero y, a partir de ese análisis, arreglasen lo que me atreví a considerar -y me reafirmo en considerar- un monumental desaguisado. Sugería que si los juristas USA y demás no triunfaban en su empeño, siempre podrían movilizar, aunque no gratis, a juristas europeos y del Civil Law. Han ido pasando meses y, lamentablemente, lo que intuía se ha confirmado. Porque he aquí lo que ha ocurrido (que se sepa y que yo recuerde):

1º) Muy pocos países distintos de los de origen (cuando se conocía) han acogido a los "presos" de Guantánamo.

2º) Los dirigentes USA no parecen haber encontrado aún (y no sabemos si lo siguen buscando), pese a la abundancia de sus posibles asesores, el modo de deshacer el conjunto de desvergüenzas antijurídicas que permitió el confinamiento en Guantánamo de diferentes personas, detenidas en diversos y distantes lugares. En consecuencia, Barack Obama no ha cumplido su compromiso de desmantelar la singular instalación guantanamera en el plazo que anunció. Y no ha fijado nuevo plazo ni siquiera aproximado.

3º) Si la prensa entera no nos engaña, un grupo de expertos independientes, creado por el Presidente Obama y dirigido por un alto funcionario del Departamento de Justicia, Mr. Matthew Olsen, ha concluido, tras examinar uno por uno los casos de los 200 (aprox.) “presos” guantanameros, que 50 de ellos no pueden ser liberados y tampoco juzgados, pues son muy peligrosos para la seguridad USA, pero no se dispone de suficientes pruebas para someterlos a un proceso (se entiende: enjuiciarlos con altas probabilidades de que se les condenará). Así que, al parecer, continuarán “sine die” en Guantánamo. El jefe de Mr. Olsen, el Attorney General, Mr. Eric Holder, recibirá las recomendaciones del grupo de expertos y tendrá que adoptar importantes y difíciles decisiones. Una de ellas es si los 40 prisioneros que, siempre según los expertos, pueden ser llevados a juicio, porque existen suficientes pruebas, serán juzgados por tribunales civiles o militares.

4º) Poco después de la anterior noticia, la prensa ha informado también de que un segundo residente guantanamero, un yemení, será finalmente acogido por España, junto con un palestino, aunque no se han concretado aún los detalles. Lo interesante es que, siempre según la prensa, el yemení ha sido seleccionado porque no pesan sobre él acusaciones de terrorismo (y suponemos que tampoco respecto del palestino, pues la ayuda del “Gobierno de España” al Gobierno USA siempre se ha dicho condicionada a ese factor).

No sé si a los lectores les ocurrirá lo mismo que a mí ante estas noticias. Yo me siento como abducido a otro mundo. Porque, por mucho que uno entienda que, después del 11-S, USA reaccionara con medidas inéditas, inclinándose decididamente por la “seguridad” a costa de los derechos individuales, resulta increíble, con nuestra mentalidad jurídica, la persistencia en privar de libertad y situar en el aislamiento total durante muchos meses (años, en realidad) a un buen número de sospechosos, capturados aquí y allá, de los cuales ahora dicen que un centenar pueden (¿no deben, más bien?) ser liberados (aunque, desde luego, no en USA, lo que es señal de gato encerrado).

Pero es que resulta aún más sorprendente, si cabe, que en el año 2010 aparezca un grupo oficial de expertos USA dictaminando que hay 50 personas cuyo destino debe ser continuar confinados indefinidamente, sin más, porque son peligrosos terroristas, pero por falta de pruebas no se les puede someter a juicio (se entiende, insisto, con perspectivas de que sean condenados). No estamos preparados, en la vieja Europa, para “digerir” algo así y que algo así suceda en los USA, que, al fin y al cabo, son un producto europeo. Pero lo que menos “digerimos” de todo es, no ya que se retenga sin juicio e indefinidamente a 50 personas en un enclave militar USA en la isla de Cuba, sino que la existencia de ese grupo oficial sea pública, lo mismo que sus conclusiones, y no ocurra nada. El Gobierno y la prensa USA tienen la sinceridad o la ingenuidad de no ocultar lo que, a igual o a menor escala, podría suceder en bastantes países, pero siempre clandestinamente y sin posibilidades de sobrevivir (ni de que sobreviviesen social y políticamente los responsables) si se hiciese público. En USA, en cambio, se hace público y, aunque docenas de entidades defensoras de los “civil rights” sigan protestando, no pasa nada en el fondo y en la forma. Ni en la prensa ni en la sociedad USA se produce un escándalo.

Todo esto me produce una tremenda impresión. Y es que resulta impresionante advertir que los Gobiernos USA han podido y pueden hacer tabla rasa de innumerables reglas jurídicas o, más claramente aún, han podido y pueden prescindir de lo que cualquier jurista del sistema del Civil Law tiene como pilares de un ordenamiento jurídico civilizado. Nosotros, viejos juristas del Viejo Mundo, damos por sentado que cualquier Constitución moderna impediría o descalificaría Guantánamo. Pero, al parecer, no lo hace la Constitución de los Estados Unidos de América y sus 27 enmiendas ni la tan afamada Supreme Court of the United States. Sabemos que en el 2001 se aprobó, con un apoyo tan abrumador como universal fue la conmoción por el 11-S, una Patriot Act, sustancialmente mantenida en el 2005, después de un enfrentamiento entre el Congreso y el Senado, pero no podemos creer que esa ley legitime la privación indefinida de libertad a causa de la peligrosidad que aprecia un comité o grupo de expertos, por independientes que sean.

En mi caso, procuro que la impresión, aunque muy fuerte, abra paso a la reflexión. Y trato de entender la realidad, antes que y en vez de lanzarme a construir un enésimo discurso genérico anti-USA o de echar más leña al fuego de la batalla anti-"Imperio" del Mal, una burda simplificación maniquea. Porque lo extraño es que en USA no pasa nada por Guantánamo, pero en USA se critica acerbamente Guantánamo y, de ordinario, tampoco eliminan a los críticos unos siniestros “killers” de una todopoderosa agencia encubierta. Y en USA muere (social  y políticamente, se entiende) el personaje público que miente. Aunque sea el Presidente.

No voy decir aquí nada concluyente acerca de qué son y cómo son los Estados Unidos de América. Y no lo voy a hacer sencillamente porque reconozco que no he logrado entender cómo son los USA, en muchos aspectos. No sé casi nada de las corrientes, superficiales y subterráneas, que surcan y mueven ese gran país. Hay allí una llamativa  mezcla de grandeza y de miseria, política e ideológica, pero también material. Hay un enorme egoísmo individualista, pero junto a una generosidad y un desinterés inusuales (ellos se implican en muchos problemas ajenos, a costa de muchas vidas; los europeos, nada o muy poco). Hay ahora en USA, no lo dudo, capacidades de innovación y de resurgimiento y realidades indiscutibles de avanzada ciencia y tecnología, pero también atrasos enormes en muy distintos campos, incluidos los puramente materiales (en infraestructuras, por ejemplo), por no hablar de los mecanismos económicos. A pesar de mi interés, no tengo -estoy lejos de tener, me parece- datos suficientes para conjeturar siquiera si las fortalezas superarán a las debilidades, como ahora se dice, o más bien ocurrirá lo contrario, que tampoco descarto del todo (como lo hace la inmensa mayoría de los analistas).

No acabo de saber cómo son los USA y, por si fueran pocas las incógnitas y los datos contradictorios y sorprendentes, las noticias sobre el campo de Guantánamo me llevan al más extremo de los desconciertos. Pero algo sí tengo muy claro: en USA hay un gran fracaso del Derecho, un fracaso que Guantánamo evidencia y que la peculiaridad del sistema de Common Law no justifica en absoluto, porque ese sistema jurídico no tiene nada que ver ni con Guantánamo, ni con la falta de claridad en la separación y la definición de atribuciones entre la Justicia civil y la militar, ni con la ya consagrada abdicación en USA de los principios del Derecho Penal y del Derecho Procesal en la lucha contra la delincuencia (sin hablar de la pena de muerte y de cómo se aplica). Y, sobre Guantánamo, que no le echen toda la culpa a Bush. A él y a su gente, muchos, casi todos (empezando por los juristas), les dejaron hacer.

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By the way: ¿Si el yemení y el palestino guantanameros que van a venir a España no tienen nada que ver con el terrorismo, por qué fueron a parar a Guantánamo y permanecieron allí más o menos tiempo? De nuevo, en nuestra relación con USA, algo no encaja.