“Hombres con mentalidad de gangsters se hacen con el
control”
DIVISIÓN Y
DIVERSIFICACIÓN DEL PODER, DERECHO, ESTADO DE DERECHO Y CORRUPCIÓN BÁSICA
Para
Acton,
la política, en sentido amplio, debía ser igual a la ética en la vida pública (“politics = the ethics of public life”) La
corrupción es el efecto seguro de ignorar y contrariar esta sencilla fórmula. Sin
un firme sentido ético, no hay medidas legales que no sean sorteables ni
instituciones que sean incorruptibles. No hay tampoco actuaciones anti-corrupción definitivas o de efecto prolongado (v. este interesante y muy reciente testimonio sobre la Tangentopoli italiana: http://www.elconfidencial.com/mundo/2014-11-04/con-tangentopoli-solo-conseguimos-que-los-corruptos-se-volvieran-mas-habiles_434814/) Esto no es moralismo ni moralina, sino crudo realismo, avalado por milenios de historia humana. Pero vamos a continuar con Acton
el análisis de lo que sucede, a causa de la corrupción, en las instituciones,
en el Estado y en la vida social. Porque importa mucho recuperar ideas claras
y, entre ellas, en primer lugar, la de entender bien y ver muy claro lo que la
corrupción supone y cómo y dónde se manifiesta.
Recordemos
que Acton
matizó la relación entre poder y corrupción: no dijo “power corrupt”, sino “power
tends to corrupt”: el poder tiende a
corromper. Y, en efecto, en sí mismo y por sí solo, el poder —el ejercicio
del poder— no corrompe. De hecho, ha habido y hay y seguramente habrá personas
con poder (político, económico, cultural, etc.) que no han generado ni generan
corrupción al ejercerlo y que ellas mismas no se han se han corrompido ni se
corrompen.
El poder nunca debe ser absoluto, sino, siempre, dividido, limitado y delimitado.
Recordemos
también que Acton acertó al adjudicar al poder absoluto la consecuencia inmediata e implacable de la corrupción y
de una corrupción absoluta. Y es que el poder nunca debe ser absoluto, porque
la omnipotencia de unos hombres sobre otros es inhumana, contraria a la dignidad
de la persona. El poder ha de tener límites de extensión y de ejercicio.
Salvo
eremitas absolutos —algo que es hoy casi impensable—, los seres humanos
necesitamos gobierno y, por tanto, necesitamos que haya otras personas con poder.
Así lo dice y matiza nuestro
autor: “Divided, or rather multiplied, authorities are the foundation of good
government.” “Limitation is
essential to authority. A government is legitimate only if it is effectively limited.” “Liberty consists in the division of power. Absolutism,
in concentration of power.” Los poderes divididos
y diversificados son el fundamento necesario de un buen gobierno. Pero esa limitación
es esencial para el poder, que sólo es legítimo cuando la limitación es
efectiva. La libertad —víctima olvidada pero principalísima de la corrupción:
otro día hablaré de ella— consiste en la división del poder, como el
absolutismo en su concentración.
El poder tiene que ser controlado y compensado con mecanismos de responsabilidad.
No
debería ser necesario, pero lo es y mucho, cerrar un primer recordatorio de
elementalidades con la idea de que todo el que ejerce algún poder tiene que
rendir cuentas. Poder y responsabilidad deben ser una binomio
inseparable. La responsabilidad es el más básico de los necesarios controles
del poder, de cualquier poder. Configurar poderes —en una pequeña sociedad
mercantil o en una comunidad de propietarios— sin mecanismos de responsabilidad
es, como mínimo, una superlativa sandez, una seria negligencia.
La “corrupción básica”, como la inmunodepresión o inmunosupresión.
Pero
cuando el poder es amplio e intenso —como el del Estado—, la inexistencia o la
insuficiencia de los mecanismos de responsabilidad, de control, ya implica una
silente pero tremenda corrupción básica,
que permite anunciar el desastre de innumerables y llamativos casos de corrupción. De ordinario, los
fallos en la responsabilidad acompañan a la concentración de poder.
Es
oportuno decir ahora algo obvio: que no sólo hay corrupción en los casos de cohecho, prevaricación,
apropiación indebida, malversación, delito fiscal, tráfico de influencias y, en
definitiva, enriquecimiento personal con la riqueza ajena. Hay una muy grave
corrupción, la más grave, cuando se logra establecer y se logra disponer de un
poder no claramente delimitado, sin responsabilidad, sin control. Ése es un
sustrato básico de corrupción sobre el que crecen como champiñones, en
velocidad y número, los latrocinios más llamativos (los de todos estos días, en
España y fuera de ella).
La
corrupción básica es para el organismo social lo que la inmunodepresión o
inmunodepresión sería para cualquiera de nosotros. Lo que sucede con tal
corrupción es semejante a lo que cabe augurar ante un organismo inmunodeprimido
o inmunosuprimido: cualquier bacteria o virus le causa estragos, si
no es directamente letal. Con una corrupción de base, el inmoral, el amoral y
el de conciencia moral deficiente o desfalleciente encuentran el ambiente más
propicio imaginable para protagonizar casos concretos de corrupción como los
que en estos días nos asquean.
Del dicho al hecho, el trecho es enorme.
Por
ser preguntados o de modo espontáneo, quienes se dedican a la política (o a
tareas que implican ejercer poder de alguna clase) afirman invariablemente que
buscan servir a la sociedad (o a los
consumidores o a los usuarios, etc.), que su poder es limitado y que están
dispuestos a afrontar el deber de responder, la responsabilidad: política, jurídica, social.
Si
es el propósito de servir lo que de verdad prevalece, no hay apego al oficio público y no
se espera de él que sea personalmente rentable;
hay conformidad plena con las limitaciones de ámbito y de forma que al poder
imponen las leyes y no se pierde el sentido de la responsabilidad.
Por
desgracia, es habitual lo contrario: que se entre en la política y se siga
en ella por avidez de poder, con ansia por lo que se sabe que el poder puede
reportar al individuo que lo ejerce. Estos políticos (o dirigentes de otra
naturaleza), no sólo odian los límites legales del poder y aborrecen hasta la
idea de la responsabilidad, sino que nunca están satisfechos y siempre quieren
más poder. Sin matices, lo expresaba Acton así: “everybody likes to get as much power as circumstances allow, and nobody
will vote for a self-denying ordinance”: “todo el mundo quiere conseguir un
poder tan grande como se lo permitan las circunstancias y nadie votará en favor
de una auto-restricción”.
El poder “tiende” a corromper, pero es más bien el corrupto quien corrompe el poder.
Quien se corrompe, corrompe el ejercicio del poder. Pienso que es más bien el político o dirigente corrupto quien corrompe el poder (al usarlo y aumentarlo y rechazar limitaciones y responsabilidades) que el poder quien corrompe al político. En la misma avidez por el poder hay ya un error moral grave, hay ya corrupción personal. Esta avidez por el poder puede no deberse, al menos inicialmente, a la codicia, a la avaricia, sino al orgullo y al egoísmo, al deseo de honor, de éxito y de reconocimiento social del éxito.
“No hay un hábito mental más peligroso o inmoral que el de santificar el éxito”
El
culto al éxito siempre ha sido un error individual y una plaga social, pero en
las últimas décadas se ha revelado especialmente corrosivo, capaz de convertir
en arenas movedizas y pestilentes el suelo sobre el que se debería
asentarse una sociedad libre y un Estado decente. Acton lo vio con
claridad y lo expresó con las más rotundas palabras: “There is not a more perilous or immoral habit of mind than the
sanctifying of success”: “no hay un hábito mental más peligroso o
inmoral que el de santificar el éxito.” Está claro que a Acton
no le gustaban ciertas “canonizaciones”. En el post anterior vimos su horror a
la “santificación” de los cargos. Ahora arremete con razón contra esa cultura
del éxito (de la que, por cierto, ya me ocupé aquí hace mucho
tiempo: 31 de enero de 2010: PAPÁS: NO
QUERÁIS HIJOS "TRIUNFADORES": http://andresdelaoliva.blogspot.com.es/search/label/Tom%C3%A1s%20Moro)
El Derecho, instrumento esencial para dividir, limitar, encauzar y legitimar el poder. La destrucción del Estado de Derecho.
Acton
dice: “The state can never do what it
likes in its own sphere. It is bound by all kinds of law.” La limitación y diversificación del poder,
que lo legitima, se logra mediante las leyes, mediante el Derecho. Aunque
estamos siempre sometidos al riesgo de involuciones históricas, el denominado Estado de Derecho ha de reconocerse como
una excelente conquista histórica en la limitación y control del poder más
fuerte, que se supone que es el del Estado. No voy a detenerme en algo tan
sabido. Lo que no cabe silenciar es que una corrupción constantemente retroalimentada
ha erosionado, hasta la completa desfiguración, los mismos conceptos (y, por
supuesto, las realidades) de Derecho
y de ley. Derecho ha pasado a ser la
legislación de cualquier calidad y contenido, sin un mínimo de estabilidad. Y
por ley ha venido a entenderse y aceptarse cualquier norma positiva, sin
necesidad de que sea una ordenación racional que pretende en serio el bien
común.
Como
tantas veces he señalado, aquí y en otros lugares, desde hace tiempo, pero con
patente aceleración en estos últimos años y meses, el Estado de Derecho ha
dejado realmente de existir. Ha sido corrompido enteramente y sustituido, en
España, por lo que, desde García Pelayo, se ha
dado en llamar “Estado de partidos”, de los partidos políticos. A lo que hay que
añadir la existencia de poderes sin rostro claro, sin limitación de clase
alguna y sin ni siquiera mecanismos nominales de control.
Corrupción básica y Justicia neutralizada y negada.
El
“Estado de partidos” hace que éstos controlen dos de los tres clásicos poderes,
el ejecutivo (Gobierno y Administración) y el legislativo (el Parlamento) y
constantemente presionen y traten de condicionar a los titulares del Poder
Judicial, ese poder tan singular, la Jurisdicción, que el mismo Montesquieu
considera “en quelque façon nulle”,
porque no forma cuerpo sino que se difumina al hallarse completamente
personalizada en el juez o jueces que la ejercen. Desde hace 47 años, sigo muy
de cerca, en la Universidad, lo que sucede en nuestra Justicia. Y al menos
desde hace 30 de esos años, lo más llamativo ha sido el casi constante intento
de controlarla por el único poder (el de los partidos), neutralizando la
independencia judicial. La vigente ley de tasas judiciales (que el Tribunal Constitucional no parece dispuesto a enjuiciar) está siendo un golpe
de muerte para acceder a la Justicia que vela por el Derecho. Así, además de la
iniquidad de maltratar abusivamente a los débiles para favorecer a los fuertes,
se ha introducido un amplísimo espacio de inmunidad e impunidad.
Gansterismo en el poder y papel del conformismo en la corrupción.
Entre
los dispersos escritos de Acton encontramos esta advertencia: “And remember, where you have a concentration
of power in a few hands, all too frequently men with the mentality of gangsters
get control. History has proven that.” “Recordadlo: allí donde nos
encontramos con una concentración de poder en pocas manos, demasiado
frecuentemente son hombres con mentalidad de gangsters quienes se hacen con el
control. La historia lo ha probado”.
¡Tremenda frase, hoy convertida en profecía perfectamente cumplida! Pero me parece importante, casi para terminar, un comentario que parece salirse del tema. Si alguien habla hoy, como Acton, de gangsterismo, como si equipara al voraz e inicuo recaudador con un atracador que ni siquiera se arriesga físicamente, personas cultas y respetables de inmediato torcerán muy disgustados el gesto. Porque ahora, desde hace bastante tiempo, esa clase de respetables damas y caballeros rechazan a la velocidad del rayo tales expresiones, sin pensar por dos segundos si no serán muy adecuadas a la realidad a que se refieren. Para estas damas y caballeros, tales frases son axiomáticamente inaceptables por incorrectas y son, axiomáticamente, exageradas, excesivas. No admitirán, ni como hipótesis meramente académica, que se trate de grandes aciertos en la fuerza expresiva de una realidad. No aceptan pararse un segundo a pensar que Bentham o Acton no exageraron, sino que acertaron admirablemente. Para esta buena y correctísima gente, la realidad puede ser dura, cruel, excesiva, pero el discurso sobre la realidad nunca puede ser duro. Para esta gente las cosas no pueden ser así… y si lo son, no hay que decirlo de esa manera. Admitirán quizás la expresividad radical en Quevedo o, a lo sumo, en Unamuno o Baroja, ya suficientemente lejanos, pero en nadie ahora ni para lo que ahora sucede.
Quien
establece o permite que se establezca y se mantenga un poder sin límites
(límites bien claros, se entiende) ni controles eficaces, con una Justicia
neutralizada y obstruida, provoca una situación de máxima corrupción. Si bien
se mira, ahí han estado y están, como “cooperadores necesarios” de los
latrocinios, por acción o por omisión, los silenciosos
a que me refería en el post anterior, entre los que personalmente y en este
blog no puedo dejar de señalar, si no a todos, al menos a algunos de los correctos conformistas a los que me
referí en el post de 10 de abril de este año: LA
COBARDÍA DEL CONFORMISMO EN EL MUNDO JURÍDICO Y UNIVERSITARIO. EL “BOOM” DE LOS
“JURISTAS“ TRENDY: http://andresdelaoliva.blogspot.com.es/2014/04/la-cobardia-del-conformismo-en-el-mundo_10.html.
Algunos de esos intelectuales, universitarios y juristas, unos todavía con
mucho previsible recorrido y otros ya maestros consagrados, tal vez han sido
críticos con frecuencia, pero no han alcanzado ni de lejos, en su trayectoria,
el nivel de inconformismo y de civilizada e inequívoca discrepancia que demandaba
la deriva de una corrupción que se intensificaba diariamente ante sus ojos. Y
es que se puede ser muy inteligente y brillante y, a la vez, padecer miopía o
estrabismo. O haberse puesto o dejado poner unas buenas anteojeras.