miércoles, 6 de julio de 2011

EDUCACIÓN UNIVERSITARIA Y “ENTORNO COMPETITIVO”


¡MALDITA COMPETITIVIDAD!


En un país como España, con libertad de enseñanza que incluye la libertad de crear centros docentes (art. 27.6 de la Constitución Española), es fácil que se produzca una situación en la que los centros de categoría y función similares compiten entre sí. Puede haber competencia entre colegios e institutos en los primeros grados de la enseñanza y puede darse competencia entre Universidades y no sólo entre las públicas y las privadas, sino también entre las públicas. De hecho, se da esta última competencia y se da la competencia entre Universidades privadas. Cabe afirmar, por tanto, que unas y otras Universidades necesitan competitividad incluso para sobrevivir.  De esta competitividad pueden derivar efectos positivos que no hace falta explicar aquí, pero también son posibles ciertos efectos negativos, como es el recurso a la publicidad, a veces engañosa y poco veraz, o a otras técnicas de marketing, no siempre fieles transmisoras de la realidad de las cosas. Los dirigentes universitarios –que con frecuencia son lo  menos universitario de las Universidades- pueden sentirse tentados (aun sin conciencia de tentación) a inspirar la publicidad y el marketing de sus respectivas instituciones en supuestos “valores” no conformes con la esencia clásica de la Universidad e incluso abiertamente contrarios a ese núcleo esencial, que no debería faltar en ninguna Universidad digna de tal nombre, por moderna o modernizada que sea. Me refiero al propósito de buscar la verdad desinteresadamente mediante el cultivo de las ciencias.

Si una autodenominada Universidad carece de actividad investigadora (o ni siquiera se propone llevarla a cabo) y si no le preocupa ir formando una buena biblioteca (sí, aún hay que recurrir a los libros, sin perjuicio de otros medios) o unos decentes laboratorios,  etc., seguramente aireará publicitariamente la eficacia en la obtención de puestos de trabajo para sus estudiantes, la informatización de sus instalaciones o la belleza de sus edificios emblemáticos, sin más. Esas Universidades nada dirán de la calidad del profesorado y de sus trabajos de investigación y no se les ocurrirá, ni por lo más remoto, alardear de que en ellas no se regalan (o se venden) títulos universitarios. A las Universidades donde sí se investiga tampoco se les ocurrirá publicitarse con esa afirmación, que “vende” poco, y menos aún con la de que los “aprobados” de las distintas asignaturas no se regalan. Porque, ahora, por lo general, los “papás” no quieren que a sus “niños” (hay alumnos universitarios que ya no se comportan como “niños de sus papás”, pero no son mayoría) se les exija, sino que se les apruebe y que se gradúen con ceremonia de gorritos al aire (o lo más parecido que se pueda imaginar), a la que acuden ellos (los “graduandos”) casi por vez primera con traje y corbata y ellas, arregladas como para una fiesta seria de noche, muy maquilladas, escotadas y minifalderas (me lo cuentan con asombro varias colegas, respecto de las “graduaciones” de esta “cosecha junio 2011”). En tales festejos participan, por supuesto, no sólo las graduadas y graduados auténticos, sino también quienes están relativa o francamente lejos de haber aprobado todas las asignaturas. Y cuanto mejor e incluso más “chic” sea el festejo, más prestigio para el centro, llámese Universidad o Instituto.

Esta competitividad no me parece precisamente bendita, pero no es la competitividad maldita a la que hoy me quiero referir. Ésta, la maldita, es la que existe y se fomenta entre los alumnos y entre los profesores. Hay Universidades e Institutos que se publicitan expresamente con el pretendido “valor” de constituir un “entorno competitivo”, como el de la sociedad actual. No se trata del viejo fenómeno de la pugna, casi siempre discreta, de los mejores alumnos por las limitadas “matrículas de honor”, el equivalente a la calificación A + de muchos países. Cuando las promociones eran grupos bastante estables de personas, se instauraba enseguida esa competencia por las MH entre menos de media docena de estudiantes. Pero, dados los métodos de entonces (exámenes orales o escritos, parciales o finales: execrables métodos, a decir de los gurús pedagógicos, que no se sabe cómo no han enviado al psiquiátrico a generaciones enteras de españoles), pocas malas artes (por no decir que ninguna) podían desplegar los competidores. Se trataba de estudiar libros y de entenderlos bien para responder con claridad unas cuantas preguntas. Unas buenas clases ayudaban mucho. La adulación al profesor estaba socialmente muy mal vista y no abundaban las ocasiones para practicarla, quizás ahora mayores, con los muy variados deberes para casa, que (con otro nombre, claro está) se utilizan para la evaluación continua.

No, actualmente, el “entorno competitivo” en una Facultad, Escuela o Instituto significa que todas las actividades están empapadas, por así decirlo, de un clima de supervivencia, selección y éxito según una constante comparación entre los alumnos, de modo que serán adiestrados para afrontar esa activa y constante comparación. No se valorará a cada uno conforme a la cantidad y calidad de sus propios actos u omisiones, sino siempre en relación con lo que los demás hagan u omitan. Y serán entrenados para competir entre ellos, de modo que luego, terminado su aprendizaje, sean capaces de competir en la vida.

¿No les suena todo esto muy moderno, práctico y realista? ¡Pues claro que sí! ¡Qué  bobadas y antiguallas son ésas del compañerismo y la amistad! La vida es feroz: adiestremos fieras. Y si la ferocidad ha de ser con frecuencia sutil, adiestremos fieras capaces de morder, apuñalar y zancadillear con sutileza. Aprendices de ejecutivos de película, que diría Serrat, aspirantes a la beautiful people capaces de sonreir y decirte “nothing personal, amigo!” después de haberte eliminado. ¡Qué hermoso panorama! Aquello de formar “hombres (o mujeres) de provecho”, ahora sí que se ha modernizado y resulta correcto y aceptable. ¡Hombres (o mujeres) aprovechados! Gente que se aproveche, eso es lo que hay que formar. Ésas son las habilidades, destrezas y actitudes de la modernidad educativa. ¡Qué tontería aquello del “bien común”, del provecho para el bien común! Ingenuidades decimonónicas. Lo que necesita nuestra sociedad, nuestro siglo, este siglo XXI que ha comenzado con tanto brío y esplendor, son tiburones, “trepas”, gente competitiva.

A mí me parece que los partidarios del “entorno competitivo” padecen un importante problema de enanismo ético. Pero casi más grave aún es su escasez de realismo acerca del tipo de personas que necesita nuestra sociedad. El planeta Tierra no necesita más depredadores humanos. Necesita lo contrario. La cosa es tan obvia que ofendería a los lectores extendiéndome.

De la competitividad de los profesores y, más en concreto, de los profesores universitarios, veo conveniente decir también alguna cosa. En teoría, el progreso profesional de los más jóvenes no depende ya de sus mayores, sino de unos organismos evaluadores difíciles de desentrañar en su elemento subjetivo decisivo (es decir: de personas que no se sabe, o no se sabe bien, quiénes son: los que evalúan en realidad). En todo caso, los evaluadores, formales y reales, no tienen por qué saber nada de la materia que cultivan los evaluados y, de hecho, no saben nada. Estamos hablando, sobre todo, de la famosa ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación), que, suprimidas cualesquiera pruebas públicas, tiene ahora en sus manos el primer paso para ser funcionario docente universitario (Profesor Titular, TU, o Catedrático, CU), primer paso que es una “acreditación” como TU o CU. Los doctores con contratos indefinidos aspiran lógicamente a ser acreditados como Titulares y éstos, como Catedráticos. Después vienen los concursos (desiguales, porque dependen de cada Universidad) a plazas concretas, si las hay (o se espera que las haya), a los que sólo pueden concurrir los acreditados.

Con este sistema, que ya ha generado unas considerables “bolsas” de “acreditados sin plaza” (sobre todo, paradójicamente, en las Universidades de mayores dimensiones), se diría que los jóvenes profesores de Derecho Procesal, por ejemplo, no dependen, para el primer paso de su progreso (la acreditación), de otros profesores de Derecho Procesal, Titulares o Catedráticos. Y se diría que no tienen que competir entre ellos para ese primer paso. Porque se puede y se debe acreditar a tantos cuantos lo merezcan. Ninguna competitividad, pues. Y el peso de la “escuela” a la que se pertenezca (y el de aquéllas a las que no se pertenezca) se reduce considerablemente, por no decir que, en teoría, ha desaparecido. El “maestro”, si se tiene, acaso enseñe, pero no “coloca”. Para ir “colocándose” en la carrera, la clave primera es que la ANECA te acredite. Para acreditarse, al joven historiador contemporáneo raramente le evaluarán personas con algún prestigio en Historia contemporánea o, por seguir con el ejemplo, al joven procesalista no le concederán o denegarán la acreditación juristas dedicados al Derecho Procesal.  Si acaso, puede que entre los evaluadores haya algún Catedrático de Derecho, pero la mayoría serán pedagogos, sociólogos y economistas.

“Y entonces, ¿qué?”, se preguntarán los lectores no inmersos en el ambiente universitario español. Pues entonces lo que ocurre es que hay que presentar papeles que acrediten actividades que puntúen, conforme a un baremo, aunque con amplio margen de discrecionalidad anequil en bastantes capítulos de méritos. Y hay que esperar a ver cómo aplican los evaluadores profesionales los “índices de impacto” de las publicaciones, especialmente cuando, como ocurre en tantas materias (las jurídicas, por ejemplo), no hay “índices de impacto” en absoluto o no los hay medianamente serios. Además, aunque se acredite un trabajo intenso y serio con buenas y abundantes publicaciones, el joven aspirante a Profesor Titular (o incluso a Catedrático) puede verse descalificado por no haber ocupado cargos académicos o similares (en una Universidad como la mía, de 80.000 alumnos y más de 3000 profesores) o no haber dirigido tesis doctorales, aunque en su mismo Departamento haya 20 profesores doctores más antiguos, que, con lógica, están en mejores condiciones, de todo tipo, para dirigir cualquier tesis doctoral. Y lo que es peor: cabe que se le reproche al “aspirante” no acreditar “estancias de investigación” largas, lo que discrimina negativamente a los casados frente a los solteros, a los padres y madres con hijos frente a quienes no los tienen, a los enfermos que no pueden viajar frente a los sanos, a los que disponen de recursos económicos amplios frente a los que van muy justos, etc. Aparte de la tontería de medir por varios meses las estancias de investigación que cuentan -insisto: estancias de investigación, no cursos en el extranjero-, cuando es sabido que lo que cuenta de verdad es la preparación para hacer en Siberia o en la Sorbona la investigación que haya que hacer en Siberia o en la Sorbona en el tiempo que sea necesario (quiza tres o cinco días) para hacerla y no el número de días que se pasen en una Universidad californiana, alemana o australiana. A todas éstas, a los evaluadores profesionales no les importa qué se hizo en la "estancia de investigación".

Por supuesto, hay más cosas que aguantar y a las que amoldarse si se quiere hacer carrera:  entre otros geniales descubrimientos valorativos, la ANECA (como otras agencias autonómicas) sobreprima la llamada “innovación educativa”, medida a base de participar en cursos, cursillos y cursetes (que diría José María García) y de haber liderado “proyectos de innovación educativa”, que suelen ser, en muchos ámbitos de enseñanza y aprendizaje, verdaderas tonterías y hasta claros insultos a la inteligencia, como esos proyectos que Pajín y Aido, p. ej., (v., aquí mismo, el post DINERO PÚBLICO PARA COCINEROS...: http://andresdelaoliva.blogspot.com/search/label/Subvenciones) gustaban de subvencionar cuando aún les quedaban euros que derrochar. Y yo veo a mis jóvenes compañeros apuntarse a aberrantes cursos y seminarios (donde unos presuntos gurús de la pedagogía denuestan los libros, los "condenan" in toto: ¡qué cosas!), avalanzarse sobre las convocatorias de esos “proyectos” y fabricar presentaciones gráficas que están muy bien, pero que, al fin y al cabo, explican en 25-30 minutos, con fotografías, videos, gráficos y textos en cuadritos, lo que se puede explicar en 5-10 minutos a un auditorio normal sin ni siquiera echar mano de tiza y utilizar pizarra. Pero ahora, con los planes de cuatro años para enseñar y aprender lo que apenas se enseñaba y se aprendía en cinco, si nombras o citas a Hegel tiene que aparecer una imagen de Hegel en alguna parte. Digo yo que a quien logre un holograma de Savigny le acreditarán Catedrático de cualquier rama del Derecho a las primeras de cambio y sin más.

Pues no se lo creerán Vds., pero, con este panorama y todo, el profesorado anda casi tan nervioso y competitivo como antes, si no más. Sólo que ahora no se dedican a lo que les interesaría de verdad, sino a lo que más puntúa según los criterios anequiles. De manera que, en vez de indagar, pongo por caso, por qué la mitad de las Audiencias Provinciales entienden el art. 39 (es un decir) de una forma y la otra mitad en sentido opuesto y formar y ofrecer su propio y madurado criterio, se dedican a fabricar “powerpoints”, mirando de reojo qué “powerpoint” o cosa similar se les ha ocurrido emprender a sus compañeros. Y, miren Vds. por dónde, cuando antes el profesor y la profesora normales (los que no se han quedado en la Universidad por ser incapaces de otra cosa: los que están porque les gusta investigar y enseñar), cuando éstos, decía, antes deseaban que les dejasen en paz para preparar sus clases, leer y escribir, ahora se tienen que pelear por ser miembros de la Junta de Facultad, coordinadores de no se qué y presidentes o secretarios de la comisión de no sé cual. Porque eso puntúa y la carencia de eso descalifica.

Seguramente que la competitividad (no hablo de salarios y competitividad, sólo de ésta) está muy bien entre empresas concurrentes. Pero en los equipos de trabajo, en los grupos humanos formados por personas que tienen un quehacer común, aunque éste sea la suma de trabajos personales, la competitividad es el humus perfecto para que crezca la cizaña y toda suerte de malas hierbas. Lo que en realidad beneficia a todos es la capacidad y la disposición de cooperar, cada uno con lo que buenamente puede, cada uno como quien es, sin pereza y sin dejadez o conformismo, pero sin ansiedades ni constantes comparaciones inmaduras con los demás. Formar a alumnos en un entorno de competitividad (no para la competencia, sino dentro de un ambiente competitivo), lo mismo que no atajar una competitividad descarada o solapada en un grupo de profesores, es como hacer un curso intensivo para adquirir rápidamente unos cuantos de los más insidiosos vicios, aquéllos antes llamados “vicios capitales”. La mala hierba que crece primero es la envidia: la tristeza a causa del bien ajeno, que, entre otros perversos efectos, ciega sobre los bienes propios y los malversa malamente. Otras mezquindades, que empequeñecen el espíritu, marchitan la ilusión y matan la alegría, vienen después. En estos tiempos modernos de sinergias, ¿qué sentido tiene esta competividad?. ¡Maldita competitividad!

4 comentarios:

Anecado dijo...

Querido profesor, magistral -como siempre- texto el que nos hoy presenta. Efectivamente, parece que la reforma universitaria en curso lleva a que las Universidades se reconvierten de "templos de la sabiduría" a "antros de mercaderes". Lamentable deriva, que mientras queden personas con su criterio todavía estemos, quizás, en condiciones de parar.

Quijotadas dijo...

Bienvenidos a la filosofía LOGSE y todo lo que conlleva.

Anónimo dijo...

Aunque discrepe en algún punto(habría extrapolado la alusión a Pajín y a Aído a otros políticos y partidos, la cuantificación de las estancias en el extranjero no me parece tan grave y, sobre todo, creo que en la "filosofía LOGSE" hay cosas muy buenas y que eran moralmente necesarias)estoy muy de acuerdo con lo expuesto, y una parte importante de este acuerdo es la pasión con que se expone.

Entiendo que se tratan dos competitividades: la fomentada entre universidades y la fomentada entre alumnos.

Con respecto a la primera, comparto la apreciación de que, aun siendo necesaria, adopta a veces formas más propias de la venta de apartamentos de verano que de la "venta" de formación. Especial atención merece el papel que juega en este marketing la cualificación del profesorado.

Confieso que a pesar de pertenecer a una generación que accedió a la informática ya en el instituto, no uso en clase power point ni conexión a la red. Comprendo que en momentos en que se alude a algo cuya relevancia es sensorial (una escultura, una sonata...)es pertinente reproducirlo, y en este sentido reconozco que, aunque sea para ocasiones puntuales, tengo que ponerme al día, pero comparto la opinión de que es ridículo tener que mostrar una imagen de Hegel cuando se le cita o creerse rompedor y novedoso por haber pasado de la pizarra al power point, como si fuera un cambio sustancial.

He dudado mucho sobre todo esto, porque muchos compañeros me dicen que "no podemos seguir dando clase como hace doscientos años", pero últimamente pienso que a lo que debe adpatarse el aula es al cambio social, y eso ocurre natural y espontáneamente, de modo que, por ejemplo, el hecho de que la sociedad española de los últimos treinta años (con todos sus defectos) sea más democrática y libre que las anteriores, se refleja en un saludable cambio en las relaciones entre profesores y alumnos, pero al margen de estos cambios sociales, importantes pero no esenciales en cuanto al tema que nos ocupa, creo que la enseñanza no debe obsesionarse con la renovación, pues la experiencia del conocimiento y su transmisión acaso sea como la experiencia del amor, de manera que en lo esencial no haya cambiado ni en los últimos 200 ni en los últimos 2000 años.

Especialmente absurda me parece la obsesión por enseñar a enseñar. Hay que aprender a aprender pero, para enseñar, nada como la clásica elocuencia, un fuerte sentimiento de fraternidad y unos conocimientos de la materia tratada (y ojalá también de las materia no tratadas) lo más amplios y profundos posible. Las clases más maravillosas que recuerdo se me dieron con la voz y la inteligencia como únicos instrumentos.

En cuanto a la competitividad entre alumnos, contaré que cuando tuve la suerte de estudiar en la Scuola Normale de Pisa, centro de élite (sigo tildando esta palabra a la española) académica donde los haya, me sorprendió gratamente la poca competitividad entre los estudiantes. Una de mis hermanas suele decir, creo que citando a un clásico griego, que no hay nadie verdaderamente grande que le haga sentirse pequeña. En la Normale comprobé que sólo los mediocres disfrutan haciendo que alguien se sienta pequeño y compitiendo en una constante dinámica de vencedores y vencidos. En cambio la grandeza es contagiosa, porque los grandes, por el mero hecho de serlo, son un regalo para todos. Cuántos petulantes que la Historia no recordará nos han hecho sentir pequeños, en cambio, qué grandes nos sentimos al escuchar a Beethoven.

Como dice mi novio, la competición ha de ser con uno mismo; ésa sí que es ardua e interminable. Pero cuando vences y consigues ser más riguroso, más honesto, más preciso, más justo, más generoso o más tolerante de lo que eras, aunque los laureles no resuenen a bombo y platillo, no los hay más verdes ni más gloriosos.

Caramba, pido otra vez perdón por enrollarme tanto. Un saludo sonrojado.

Elena

Diego Palomo dijo...

Estupenda reflexión. La compleja situación descrita de la Universidad no es ajena en nuestro medio. Acá también encontramos "universidades" que parecen vender fruta, y también comenzamos a padecer la tiranía de los pedagogos. Es importante mantener una posición que sea coherente con lo que razonablemente hemos de entender por Universidad y trabajo universitario
Saludos desde Talca
Diego Palomo