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sábado, 3 de marzo de 2012

DOS “ACADÉMICOS DE OXFORD” JUSTIFICAN EL “HOMELESSICIDIO”



Y UN NOTICIÓN PARA ADOLESCENTES LIBERADOS: DETENCIÓN INMEDIATA DE LOS PADRES “PLASTAS”



A) ¡CUIDADO CON LOS BIOÉTICOS!




Alessandra Lungalingua y Marcelo Testacalda, dos académicos de Oxford, acaban de publicar un estudio científico en el Journal of Medical Ethics, publicación perteneciente al grupo British Medical Journal, en el que superan la tesis de otros dos académicos de Oxford, Francesca Minerva y Alberto Giublini, que vio la luz a principios de febrero de 2012 en la misma publicación. Minerva y Giublini propugnaban que está justificado que los médicos pongan fin a la vida de los bebés, dado que se trata de personas potenciales (como el feto, no actuales) y, por tanto, moralmente irrelevantes, de modo que su vivir puede ser poco conveniente para la madre y para la sociedad por una larga relación de motivos.  Lungalingua y Testacalda comparten los criterios básicos de Minerva y Giublini –“all the individuals who are not in the condition of attributing any value to their own existence are not persons. Merely being human is not in itself a reason for ascribing someone a right to life. Indeed, many humans are not considered subjects of a right to life- pero, precisamente por eso, consideran que el ámbito y enfoque de sus colegas es “unjustifiably restrictive”, injustificadamente restrictivo. Para Lungalingua y Testacalda, también son individuos humanos que no están en condiciones de atribuir valores a su propia existencia muchos homeless, abotargados sensorial y estéticamente y a todas luces incapaces de un horizonte vital distinto de su mera supervivencia. Sin necesidad de ampliar la lista de los “merely human being” incapaces de atribuir valores a su propia existencia, ampliación que sería perfectamente lógica, pero que quizá provocaría rechazo social, Lungalingua y Testacalda se centran en el caso de estos marginales que duermen envueltos en cartones, mantas viejas y piezas de tela, sin otra actividad que la recogida de comida y materiales para su asentamiento nocturno y con una socialización que, en algunos casos, se reduce al mero agrupamiento físico nocturno para protegerse mejor del frío y de amenazas externas. Son actividades (cuidado del nido, agrupación defensiva) bien conocidas -dicen- en gran número de especies animales: desde las golondrinas a los arenques.

No hay nada de nuevo en estas tesis, como ya se encargó de subrayar Julian Savulescu, Editor del Journal of Medical Ethics, al defender el trabajo de Minerva y Giublini: “The arguments presented, in fact, are largely not new and have been presented repeatedly in the academic literature and public fora by the most eminent philosophers and bioethicists in the world, including Peter Singer, Michael Tooley and John Harris in defence of infanticide, which the authors call after-birth abortion.”

The novel contribution of this paper is not an argument in favour of infanticide – the paper repeats the arguments made famous by Tooley and Singer – but rather their application in consideration of maternal and family interests. The paper also draws attention to the fact that infanticide is practised in the Netherlands.” Les dejo un link con el que podrán acceder a esta defensa del “paper” de Minerva y Giublini (y a muy interesantes comentarios): http://blogs.bmj.com/medical-ethics/2012/02/28/liberals-are-disgusting-in-defence-of-the-publication-of-after-birth-abortion/

Para leer el “paper” completo y sus tesis, que han prolongado tan lógicamente, aunque con excesiva timidez, mis personajes Lungalingua y Testacalda, les dejo otro link:


No me parece necesario decir nada sobre estas tesis. A mí lo que me molesta sobre todo es que a Minerva y Giublini los haya presentado la prensa como “académicos de Oxford”. En realidad son dos becarios postdoctorales italianos en dos Universidades de Melbourne (Minerva es una Licenciada en Filosofía que se doctoró en Bolonia en 2010 con una tesis sobre objeción de conciencia, que ha disfrutado de una estancia en el Oxford Uehiro Centre for Practical Ethics, de la Oxford University, United Kingdom; Giublini se doctoró en Milán, en Filosofía y se encuentra en la Monash University of Melbourne: no hay más datos disponibles).  Con tamaño historial científico (sabemos que las tesis doctorales, en Italia, frecuentemente se asemejan a nuestras tesinas), el lanzamiento de su “paper” de 6 páginas implica mucha propaganda y nulo rigor científico. No se trata de ningún trabajo de Medicina ni de una reflexión filosófica seria, sino de un manualito axiomático -parte de axiomas sobre el ser humano al que puede adscribirse el derecho a vivir- que dos activistas bioéticos pretendidamente filósofos proporcionan a algunos médicos que ya no entiendan cuál es el sentido y la finalidad de la medicina y cómo, se piense como se quiera, el aborto después del nacimiento (after birth abortion) o infanticidio -así lo llama Julian Savulescu- del neonato no es un acto médico. Estos muchachos académicos oxionienses surten a ciertos médicos de un elemental argumentario para que se consideren con derecho -en eso concluyen: en el derecho del médico- a disponer de vidas que tengan en sus manos. Irritante es también, por su desprecio de la seriedad científica, la defensa de Savulescu, que entroniza como grandes sabios de la Humanidad a gente muy notoria, como Peter Singer, que con su defensa del derecho de los animales y otras extravagancias, ha alcanzado una proyección mediática tan notable como la debilidad de sus fundamentos filosóficos.

Los so called, sogennante o cosidetti “especialistas en bioética” son, en conjunto, más peligrosos que pirañas en bidé. Muchos de ellos provienen de Facultades de Derecho o de Filosofía e incluso de “ciencias sociales” menos sólidamente asentadas como ciencias. Pero la bioética -que empieza ya mal en su mismísima denominación: no hay bioética como no hay Bioderecho ni Biofilosofía: otra cosa es el biodiesel- permite hablar y escribir con soltura sobre lo que no se conoce sin que, al parecer, nadie se se sorprenda. Recomiendo vivamente que al iniciar una consulta con un médico y no digamos al disponerse a entrar en un quirófano pregunten Vds. al doctor y al cirujano si ellos, o alguien de su equipo, ha cultivado o cultiva la bioética. Si dicen que sí, huyan de inmediato hasta encontrar a alguien que confiese considerarse un simple médico o cirujano que procura estudiar y estar al día.



B) LA PATRIA POTESTAD SE DESVANECE EN ESPAÑA

Algún parentesco con lo anterior -va de menores de edad también- encuentro en la noticia -es cierta: lo he comprobado- de la detención por la Guardia Civil de un padre, como posible autor de un delito de detención ilegal, considerándose a la madre como posible cooperadora. Cuando escribo, el padre ya ha sido puesto en libertad (el 2 de marzo de 2012) (con o sin cargos, según noticias contradictorias), pero fue sujeto pasivo de una detención desagradable (al parecer el 28 de febrero) y ha pasado muchas horas privado de libertad porque, con el apoyo de la madre, castigó sin salir de casa a su hija de 16 años y ésta le denunció. Presurosos corrieron los “efectivos” a detener al padre porque, nos dicen, con el Código Penal en la mano, no les quedaba otro remedio pues, al parecer, era verosímil el delito. Tras la detención, se pusieron todos -Ministerio Fiscal, Juzgado de Primera Instancia e Instrucción, Junta de Andalucía- a estudiar el asunto y, por de pronto, ubicaron a la espabilada chica en un Centro de Acogida (¿la dejarían salir?).

Todo esto ha ocurrido, no porque el Código Civil haya suprimido la patria potestad o, para ser más exactos, el Capítulo I (“Disposiciones generales”) del Título VII (“De las relaciones paterno-filiales”) del Libro Primero (“De las personas”), donde aparecen los deberes de los hijos hacia los padres. Tampoco ha ocurrido porque el Código Penal fuese determinante de la detención (en absoluto lo era ni lo es, salvo para quien haya sido instruido en leerlo con orejeras y descerebrado, sin sentido común). Ha ocurrido porque existe una Consejería para la igualdad y el bienestar social y porque, como ha explicado su titular, Dña. Micaela Navarro, tras la denuncia, se siguió el protocolo habitual, que consiste en separar a la denunciante de sus progenitores hasta que se investiguen los hechos. Ya dije aquí que las fuentes del Derecho han sido alteradas. Y donde esté un protocolo, que se quiten los Códigos.

No se han abierto diligencias por detención ilegal a los números de la Guardia Civil que, presuntamente, no tenían más remedio que detener al papá.

Como en el asunto de los becarios italianos, me parece que sobran los comentarios.

miércoles, 10 de febrero de 2010

MÁS SÍNTOMAS DE LOCURA EN LAS LEYES Y EN LA JUSTICIA


ABSUELVEN (TRAS 2 AÑOS DE "PENA DE BANQUILLO") AL PADRE ACUSADO POR SU NIÑA BEBIDA

Es una noticia del pasado mes de diciembre de 2009, pero aún merece ser conocida y comentada. Ahí va, tal como apareció.

El Juzgado de lo Penal número uno de Pamplona ha absuelto del delito de maltrato de que era acusado a un padre que se llevó por la fuerza, de una plaza de la localidad navarra de Tafalla, a su hija menor de edad [AOS: de 13 años] cuando ésta se encontraba bebida.”

Los hechos, se relata en la sentencia, tuvieron lugar sobre las 23.30 horas del 5 de octubre de 2007 cuando el acusado encontró a su hija sentada en un banco de una plaza de Tafalla y "comportándose de manera que llamó su atención".”

La menor, cuyos padres están separados, había bebido alcohol, como reconoció ella misma y corroboraron sus propias amigas. El padre se acercó a su hija dos veces para interesarse por su estado y, en la segunda ocasión, la instó a que se fuera a casa de su abuela, a lo que ella se negó, tras lo cual la agarró de los brazos y trató de llevarse por la fuerza a la menor, que comenzó a gritar y a tirarse al suelo.

El acusado reconoció que, ante esa actitud, la agarró por las axilas y se la llevó "en volandas" hasta el coche, aunque no consiguió introducirla en el vehículo ante la resistencia de su hija, por lo que llamó por teléfono a su ex pareja, madre de la menor, para que fuera a buscarla, como finalmente ocurrió.”

No ha quedado probado que el padre tirara del pelo a su hija ni que la arrojara contra una pared, ya que ninguno de los testigos observó estas acciones y, por el contrario, la única persona que presenció toda la escena declaró que fue la menor la que se tiró al suelo y comenzó a gritar para que su padre no se la llevara del lugar.”

“En la sentencia se concluye que no hubo por parte del padre intención de dañar, ni siquiera de realizar ningún castigo físico, sino que únicamente pretendía evitar que su hija permaneciera en la plaza bebiendo, "porque tenía 13 años recién cumplidos en ese momento y conocía incluso por su boca que los fines de semana hacía 'botellón' con sus amigas".

"El acusado, agrega la sentencia, "quiere llevársela para evitar un peligro, se preocupa, y ella al desobedecer primero y luego al oponer resistencia física es cuando produce, con su actitud, que la actuación del padre deba imponerse, por su bien, no porque quisiera agredir ni siquiera corregir o castigar, sino preservar su integridad; no quería dejarla en esas condiciones y a esa hora en la calle".

"La magistrada afirma que los hechos causaron extrañeza en las personas que pasaban en ese momento por la calle, lo cual "es lógico si tenemos en cuenta que la niña gritaba y se resistía físicamente a irse del lugar, pero no por ello podemos deducir que la actitud del padre es excesiva y merecedora de reproche penal". "Antes al contrario, es obligación de los padres proteger a sus hijos, incluso contra ellos mismos", subraya."

¡Bien por la Juez titular de ese Juzgado pamplonés! Pero, ¿cómo es que se ha seguido, durante más de dos años, un proceso penal sobre esos hechos, con testigos oculares que sin duda fueron enseguida interrogados? Pues porque, dice también la noticia, “el fiscal solicitaba para el acusado, J.C.E.F., siete meses de prisión y la acusación particular, ejercida por su hija, que entonces tenía 13 años, pedía ocho meses de cárcel, en ambos casos con la prohibición de acercarse a menos de 200 metros de la menor.”

No se dice nada de la investigación llevada a cabo por el Juzgado de Instrucción competente. Pero, ¿cómo no vió enseguida la falta de materia delictiva? Quizá sea mejor que no nos enteremos, para que la indignación y el desaliento, mezclados, no nos abismen en la desesperanza. Sin embargo, surgen otras preguntas: ¿habrá sido penalmente perseguida la acusadora, dada la falsedad absoluta de su acusación? ¿Se habrán exigido al menos responsabilidades al Fiscal? Mucho, muchísimo me extrañaría. En cambio, no me sorprendería que se haya recurrido la sentencia absolutoria.

domingo, 31 de enero de 2010

PAPÁS: NO QUERÁIS HIJOS "TRIUNFADORES"


UNA LECCIÓN DE PEDAGOGÍA,
A CARGO DE TOMÁS MORO



[Indispensable advertencia previa: el autor no cree que todo tiempo pasado haya sido mejor y, además, no siente ninguna nostalgia (y mucho menos nostalgia de tiempos escolares). Pero el autor sí tiene memoria. Y abrió y mantiene este “blog” para decir lo que honradamente piensa, que tampoco es lo primero que se le viene a la cabeza.]


Un número incontable de profesores, en todos los niveles educativos, detectan graves y básicas insuficiencias (vamos a llamarlas así) en sus alumnos. Los profesores de bachillerato (el actual) y de Universidad ven, por ejemplo, un déficit de conocimientos, muchos de ellos elementales. Pero también son muy llamativos los fallos de carácter (se ha hablado de carácter toda la vida y seguramente los lectores me entenderán, aunque ahora al carácter quizá se le llame de otra manera o se utilicen varias denominaciones para referirse a distintos aspectos del carácter: perdonen que sea un poco old fashioned y desconozca la más reciente terminología).

El caso es que nuestra sociedad está plagada de niños, adolescentes y jóvenes flojos de remos en todos los sentidos (también en el físico), caprichosos, indolentes, arrogantes, recalcitrantemente opuestos al esfuerzo intelectual, patológicamente consumistas y desconocedores de la responsabilidad personal. ¿Son una novedad absoluta? Desde luego que no. Siempre ha habido niños, adolescentes y jóvenes más o menos así, aunque ahora la adolescencia y la juventud hayan triplicado su duración habitual durante siglos. Lo que es nuevo es la alta proporción de los sujetos con esas características en el total de su grupo. Lo nuevo es que se pueda hablar, aunque figuradamente, claro, de una plaga.

Y a todas horas hablamos de este asunto, porque a todas horas lo vemos e incluso lo sufrimos personalmente (ya dije aquí, no hace mucho, que en la Universidad, especialmente en los últimos cursos, sufrimos bastante menos, porque una buena parte de los alumnos se han recuperado de su infancia y adolescencia lamentables y son hombres y mujeres maduros). Se habla de los malos y peores planes de estudio que los muchachos han padecido, se habla algo del "ambiente" y se habla también de los padres. Y, aunque, desde luego, los planes y el "ambiente" han sido y siguen siendo nefastos, los queridos papás y las queridas mamás han tenido y siguen teniendo bastante que ver en que sus retoños, demasiadas veces, dejen mucho que desear en conocimientos y en carácter.

Por supuesto, hay incluso “killers boys” y chicos con síndrome del niño tirano, etc., en los que sus padres volcaron muchos y acertados esfuerzos. Muchas veces, los pobres padres se preguntan “¿en qué hemos fallado?”, en plural (cuando la familia es biparental y estructurada), y no hay respuesta racional: no fallaron ellos, sino sus criaturas, porque, a fin de cuentas, eran libres y porque está también el ambiente, del que gran parte de responsabilidad incumbe a las autoridades públicas y a los dirigentes sociales, con frecuencia ejemplos perfectos de todo lo contrario de lo que unos buenos padres desean para sus hijos.

Pero ha habido y hay muchos padres que han propiciado catástrofes materiales e inmateriales de sus hijos, no sólo por no negarles nada material, por permitirles toda clase de bobadas y por no dedicarles el tiempo necesario, sino también -en esto me quiero centrar hoy- por educarles con alabanzas continuas y, más aún, en la búsqueda de la alabanza y de la inmediata recompensa al esfuerzo y al trabajo bien hecho. Pensando en esto, he recordado con cuánta fuerza, con qué convicción, habla de la educación de sus hijos, justamente en este punto, aquel humanista insigne, Tomás Moro. Y aquí les copio [de Un hombre para todas las horas. La correspondencia de Tomás Moro (1499-1534), selección, traducción, introducción y notas de A. Silva, Madrid, 1998] los párrafos más jugosos de la carta que Moro, el 22 de mayo de 1518, dirigía a William Gonell, tutor de la escuela que Moro mantenía en su casa y responsable directo de la educación de sus hijas, Elizabeth y Margaret, ambas cultísimas y la última, singularmente excelente en todos los sentidos, como consta en su correspondencia con el mismísimo Erasmo de Rotterdam. La cursiva es mía.

Así como es propio del hombre bueno evitar la infamia, esforzarse para alcanzar renombre es señal de un hombre no sólo arrogante sino ridículo y despreciable. Desasosegado ha de estar el espíritu de una persona si está siempre vacilando entre la alegría y la tristeza según las opiniones de los demás. Entre todos los beneficios que la educación concede a los seres humanos, me parece que ninguno es más excelente que este, a saber, que por medio del estudio se nos enseña a buscar en el mismo estudio no el elogio, sino la utilidad.” [AOS: obviamente, no en sentido utilitarista]

Y, poco más adelante, prosigue Moro: “Os escribo por extenso sobre cómo evitar perseguir la fama, mi querido Gonell, por lo que me decís en vuestra carta de que el carácter sublime y excelso de Margaret no debe ser abatido [AOS: no se debe lesionar su autoestima, diríamos hoy]. En este juicio estoy de acuerdo. Pero me parece a mí, y a vos también sin duda, que se falsificaría un carácter generoso y una sublime aptitud intelectual si alguien la acostumbrara a admirar lo que es bajo y vano. “

Continúa Moro con muchos argumentos y, en un momento determinado, afronta una objeción de entonces y de ahora: “son unos niños”. Dice: “Supongamos, sin embargo, que os oigo ahora poniendo la siguiente objeción, a saber, que aunque estos preceptos sean verdaderos, se encuentran más allá de la tierna edad de mis hijas.” A esto responde de inmediato Moro como se transcribirá, pero señalo que, sin decirlo, esa respuesta se asienta sobre la base de una gran confianza en sus hijos, en la capacidad de los niños para entender y asumir algo que no es fácil. Dice Moro lo siguiente:

Pues sería raro hallarse con un hombre, por viejo que fuera y avanzado en estudios, cuya mente esté tan fija y firme que no sienta algunas veces las cosquillas del deseo de la gloria. Mi querido Gonell, cuanto más acierto a ver la dificultad de deshacerse de esta peste de la soberbia, tanto más veo la necesidad de trabajar sobre este punto desde la niñez. Pues no encuentro otra razón por la que este mal ineludible se pega de tal manera a nuestros corazones si no es el que casi tan pronto como nacemos lo siembran en las tiernas mentes de los niños sus niñeras, lo cultivan los maestros y lo alimentan y maduran sus padres. Al mismo tiempo nadie les enseña nada, ni siquiera lo bueno, sin prometerles siempre que esperen alabanzas como recompensa y premio de la virtud. De esta manera, tan acostumbrados a amplificar la alabanza, se esfuerzan en agradar al mayor número posible de personas (es decir, al peor número) y acaban avergonzándose de ser buenos. Para que esta plaga de la vanagloria sea desterrada lejos de mis hijos, ójala vos, mi querido Gonell, y su madre y todos sus amigos, les canten esta canción, y la repitan y la martilleen en sus cabezas: que la vanagloria es despreciable, y algo sobre lo que se escupe, y que no hay nada más sublime que aquella humilde modestia tan a menudo alabada por Cristo.”

¿Se “pasaba” Moro? No lo creo. Porque su probado sentido común y su acuerdo con Gonell en no “abatir” a su hija Margaret indica que no rechazaría razonables estímulos y sí se opondría, en cambio, a humillaciones o a reprimendas impostadas. Lo que pide Moro es algo que los buenos y razonables padres han hecho durante siglos, sin haber leído a Moro: no educar niños “creídos”, sino inculcarles que valoren los esfuerzos de estudio y aprendizaje por lo que logran en su interior y porque esos esfuerzos son buenos. Y enseñarles que no se han dado a sí mismos la inteligencia que tienen y que no es buena cosa buscar como sea el aplauso social. Cuando vemos tantos que “se pasan de listos” (expresión interesantísima de nuestra lengua) y, al cabo, se suelen estrellar; ante tantos “números uno” de su promoción o selectos procedentes de los diversos "West Point", cerrados a aprender de nadie (lo saben todo); ante tanta buena gente sufriendo acomplejada (desasosegada, diría Moro) porque otros logran un reconocimiento social que ellos no tienen, etc., veo inobjetable la sabiduría de Moro, a disposición del que no quiera equivocarse más.

Por lo demás, las personas que saben y siguen aprendiendo de todos, ésas que no “se las dan”, sino que dan, ¿no nos parecen admirables y amables? Decididamente, tenía razón Moro con su radicalismo. Y ahora habría que recuperarlo. Porque ya está muy claro que no valen medias tintas. Y que "a grandes males, grandes remedios".