MI NIÑO PEINADITO
Tengo delante de mí la
pantalla del ordenador, claro, pero un poco más arriba tengo una pequeña
preciosidad. Véanla, aunque la foto no sea muy buena:
Este pequeño tesoro
vino del Perú un buen día y otro día, aún mejor, llegó a mis manos por la generosidad de un
par de amigos.
Ahora, en la próxima
madrugada, llega, aún más que cualquier día, el nacimiento de este Niño, mi Niño
peinadito. Es Navidad y la celebramos con lo que necesitamos tener y
necesitamos dar a todos: alegría y calor. Que no nos venza la tristeza ni nos
domine la frialdad, la insensibilidad, la indiferencia, el egoísmo, la vanidad,
la ambición, la codicia. Que no nos venza lo que puede destruir a las
personas y está destruyendo nuestra sociedad.
Para muchos, es el
Niño, Dios y hombre verdadero, mi Niño peinadito, la fuente de toda energía
interior. Sin él estaríamos perdidos. Sin él ni siquiera creeríamos en él.
Por la historia, que no
se puede alterar, lo que celebramos en estos días es el nacimiento del Niño, la
Navidad. Con más o menos fe, o sin ella, es un hecho que el nacimiento de este
niño peinadito a raya, más documentado que el de Alejandro Magno, cambió la
humanidad: con grandísimas luces, aunque que nos hemos encargado de arrojar no
pocas sombras a la vida de los hombres durante más de dos milenios.
Los creyentes no somos
mejores que nadie. Como decía un gran hombre y un gran santo, estamos hechos del mismo barro de botijo que todos. Lo
que tenemos son más deberes, más responsabilidad. No tenemos, de ordinario,
ningún deber de juzgar y sí, en cambio, el deber de comprender (tarea de la cabeza, sobre todo) y de amar: el más lindo querer, que dice la jota
navarra, el querer sin la esperanza de nada a cambio. Las fuerzas para intentar
afrontar ese deber, esa responsabilidad, nunca las tendremos sin el Niño. Y sin
su Madre.
A todos los lectores de
este blog, piensen lo que piensen y crean o no, mi más intenso deseo de paz y
felicidad en esta Navidad y en el nuevo año que se acerca. Lo escribo con el
corazón enternecido al contemplar mi pequeño tesoro.
Y va mi recuerdo más afectuoso
y compasivo —sí, compasivo de verdad— para quienes, en esta concreta Navidad,
parecen no comprender que el valor de toda vida humana, también la de quienes
aún se encuentran en el seno de su madre sin ser parte de ella, es un punto de
partida necesario para edificar la convivencia sobre la base de la dignidad del
hombre. No es una cuestión de fe. Es un asunto, con la más sólida base
científica, de conocimiento y de sensibilidad, al alcance de todo hombre y de toda
mujer. Si no valoramos como es debido la dignidad de cualquier vida humana, el
edificio de nuestra vida en sociedad no se sostiene. No hablo de proyectos de
ley ni de Constituciones ni de derechas o izquierdas: hablo de lo esencial y básico.
Hoy, deseemos y procuremos con todas nuestras fuerzas que nazcan todos los que
han de nacer, los que, siempre en la historia y ahora también, han sido
llamados los nascituri. Nadie tiene
un genuino derecho a declarar moriturus
a uno solo de ellos.
¡Feliz Navidad a todos!
