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miércoles, 29 de octubre de 2014

SOBRE LA CORRUPCIÓN, A FONDO


SOBRE LA CORRUPCIÓN: RECUERDO DE LORD ACTON (I)

(EL PODER CORROMPE Y EL PODER ABSOLUTO CORROMPE ABSOLUTAMENTE)

Supongo que a nadie le extrañará que hoy escriba (una vez más) sobre la corrupción. En estas semanas se manifiestan abrumadoramente, todos los días, episodios concretos reveladores de una vasta y pútrida corrupción, que, aunque sin detalles ni pruebas, muchos conocíamos. Esa corrupción no es un fenómeno exclusivamente español, sino mundial, pero no por eso las noticias nuestras dejan de aumentar en España un clima general de profunda tristeza, exasperada indignación y enorme desesperanza.
Con este post espero contribuir a la reacción que requiere un estado de cosas tan grave. Una reacción que debe estar tan lejos de cualquier excusa, atenuante o mero paliativo como de la instalación de picotas y guillotinas sumarísimas en todas las esquinas. Si se desea una verdadera regeneración, una refundación del sistema político y social, habría que asentarla sobre bases sólidas. Y, con franqueza, advierto síntomas de tremenda superficialidad. La hay, por ejemplo, cuando, a la vista de la corrupción, se piensa y se actúa como si el problema de la corrupción fuese “Podemos o la no descartable victoria electoral futura de “Podemos”. Y no: el problema no es “Podemos”: el problema es la corrupción misma, con sus enormes dimensiones. “Podemos” sería el castigo a esa corrupción, pero no una solución. Y aunque fuese un castigo proporcionado, es muy probable que con él pagasen justos (innumerables) por pecadores (bastantes, sí, pero muchísimos menos que los justos).

Dicho lo anterior, vamos a Lord Acton. Espero que vean por qué.

La frase el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente es muy conocida en todo el mundo: es un genuino tópico universal.  Estas palabras se atribuyen a John Emerich Edward Dalkberg Acton, más conocido como Lord Acton (1834-1902), un importantísimo pensador de la libertad en la historia, a quien he releído con interés (y asombro) en estos últimos años. (llevo una temporada con lecturas de autores británicos, primero Bentham y luego Acton, muy distintos, pero con interesantísimos puntos comunes).

Hay dos datos que interesa precisar sobre esta frase. El primero es que Acton no afirma que el poder corrompa, sino que tiende a corromper: “power tends to corrupt“, aunque añade de inmediato: “and absolute power corrupts absolutely”. Son de mucha importancia, tanto el matiz de la tendencia a corromper aneja al poder, como la contundencia del efecto seguro de corrupción absoluta ligado al poder absoluto. Acierta Acton en las dos afirmaciones. Porque, por sí solo o en sí mismo, el poder no corrompe. Y porque, en cambio, el poder absoluto sí corrompe con toda seguridad: el poder absoluto es ya un fenómeno de temible corrupción. Me extenderé sobre esto más adelante, en un próximo post.

En segundo lugar, es importante el dato de que Acton formula esa afirmación, tan exitosa mediáticamente, en un contexto que no se refiere sólo al poder político, sino a toda clase de poder y, por tanto, al poder económico y social. De hecho, la famosa frase aparece en una carta de Acton a Mandell Creighton, Arzobispo Anglicano, a comienzos de abril de 1887, a propósito de una historia del papado medieval en cinco volúmenes. Acton critica durísimamente una tesis general del Arzobispo Creighton: “No puedo —dice Actonaceptar su regla de que hemos de juzgar al Papa o al Rey de modo distinto a cualquier otro hombre, con la presunción favorable de que no han obrado erróneamente. Si hay alguna presunción es en el otro sentido contra los poseedores de poder, que se intensifica conforme el poder aumenta. La responsabilidad histórica tiene que compensar la falta de responsabilidad jurídica. El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los grandes hombres son casi siempre malas personas, incluso cuando sólo ejercen influencia y carecen de autoridad: más aún cuando a la tendencia o la certeza de corrupción se añade la autoridad. No hay peor herejía que la que sostiene que el cargo santifica a quien lo ostenta.” [A más de uno, eso de que "los grandes hombres son casi siempre malas personas" puede sonarle a salida de tono, muy exagerada. No me parece que Acton fuese aficionado a las boutades y, en cambio, era un concienzudo historiador. No faltan en las bibliotecas libros, algunos conocidísimos, que apoyarían esa afirmación de Acton. Yo me inclino decididamente a considerarla veraz y acertada, aunque muy poco correcta.]

Por si acaso mi traducción incurriera en algún error, ésta es la frase original: “I cannot accept your canon that we are to judge Pope and King unlike other men, with a favorable presumption that they did not wrong. If there is any presumption it is the other way against holders of power, increasing as the power increases. Historic responsibility has to make up for the want of legal responsibility. Power tends to corrupt and absolute power corrupts absolutely. Great men are almost always bad men, even when they exercise influence and not authority: still more when you superadd the tendency or the certainty of corruption by authority. There is no worse heresy than that the office sanctifies the holder of it.”

No hay peor herejía que la que sostiene que el cargo santifica a quien lo ostenta”. Mediten sobre esta sentencia muchos bienpensantes y tantos hiper-devotos de “la superioridad” o adoradores de cualquier clase de poder. La obediencia verdaderamente debida a cualquier autoridad legítima no está reñida con el sentido crítico. Más aún, la obediencia sólo tiene mérito cuando se presta sin prescindir de ese sentido crítico y cuando se comprende que la lealtad a quien legítimamente manda no es que permita, sino que más bien exige expresarse libremente y con sinceridad, con la imperativa e insoslayable guía de la propia conciencia, esforzadamente informada y formada.

De la corrupción nacida e incrustada en el poder de todo tipo han sido y son muy responsables los silenciosos, que callaron cuando podían o debían hablar con capacidad de influir e incluso con poder de decisión. Han contribuido y contribuyen decisivamente a la corrupción quienes, por complacencia al poder o por cobardía, nada dicen: nada advierten, nada sugieren, nada objetan y jamás protestan. Una cosa es actuar de Pepitos Grillos parlanchines impertinentes y otra no hablar y no actuar, de un modo apropiado y eficaz, cuando se tiene el deber legal o ético de hacerlo. La devoción reverencial al poder y a los poderosos tiene que perder la magnitud e intensidad que ha tenido y aún tiene, porque, además de ser errónea en sí misma, ha sido y es decisiva en la corrupción. Éste habría de ser uno de los necesarios puntos de partida de la regeneración o refundación de que he hablado.
 
Pero vuelvo al poder y a la corrupción según Acton. Aunque las palabras tienen su propio valor con independencia de quien las ha dicho, es muy importante saber quién las dice. No se exagera hoy al considerar a Acton como uno de los hombres que con más fuerza han defendido la libertad frente al poder. Sin pretender ahora una escueta biografía, unas pinceladas sobre el personaje son relevantes. Acton es miembro de una familia noble (aunque no de la alta nobleza británica, sino de la media o más bien de la baja nobleza), de las pocas católicas en Gran Bretaña. Este hombre que tan duramente discrepa de Creighton, termina su vida sucediéndole en la Cátedra Regius de Historia, de la Universidad de Cambridge, donde a Acton no se le había permitido estudiar por ser católico. Pero, casi a la vez, Acton se tiene que defender y se defiende, casi al estilo de Tomás Moro, contra acusaciones de oposición al Concilio Vaticano I, en lo relativo a la infalibilidad del Papa. ¿Era Acton un católico heterodoxo a fuer de liberal? En modo alguno. Era tan seria y sinceramente católico como sincera y seriamente liberal. Me parece conmovedor y admirablemente certero cómo se definía Acton: “un hombre que empezó a vivir creyendo ser un católico sincero y un sincero liberal; que, por tanto, renunció en el Catolicismo a cuanto no era compatible con la Libertad y, en la política, a cuanto no era compatible con la Catolicidad(“a man who started in life believing himself a sincere Catholic and a sincere Liberal; who therefore renounced everything in Catholicism which was not compatible with Liberty, and everything in Politics which was not compatible with Catholicity.”) (SWLA III 657). Y también escribió: “preferiría morir que vivir sin los sacramentos y abandonar la Iglesia(“I would rather die than having [sic] to live without the sacraments and to leave the Church”: Hill 472 n. 55). Y Acton fue consecuente con esta declaración.

Es curioso que Acton, tan católico, fuese considerado con razón una de las personas más influyentes en Gladstone, a la postre tan protestante, que a su vez apoyó siempre a Acton. Gladstone (1809-1898) fue aquel gran político, primero tory, luego whig, después líder del partido liberal. Cuatro veces Primer Ministro, este hombre ilustre, siempre espiritualmente rico, había transitado desde una postura propia de la Church of England y de la High Church anglicana hacia una posición más protestante o luterana, que él consideraba honradamente más evangélica. Y había situado la conciencia por encima de la autoridad. De joven, a sus treinta años, Gladstone sostenía, en su libro The State in its Relations with the Church, que los inconformistas y los “roman catholics” debían ser excluidos de los cargos públicos, puesto que la Iglesia de Inglaterra tenía el monopolio de la verdad. Pero, como acabo de señalar, Gladstone había cambiado mucho al cabo de treinta y cinco años más de vida, cuando, en relación con las disposiciones del Concilio Vaticano I (y, sobre todo, con la infalibilidad papal dogmáticamente definida) escribe y publica The Vatican Decrees in their Bearing on Civil Allegiance: A Political Expostulation. Desde otra posición y con otro motivo, Gladstone viene a pretender nuevamente que los católicos británicos no pueden ser buenos ciudadanos británicos, porque al estar sometidos al Papa no pueden ser leales al Reino Unido y a sus autoridades, empezando por la Corona. Y ahora aparece en escena otro gigante: John Henry Newman. Es John Henry Newman quien, en defensa de la libertad de los católicos, replica contundentemente a Gladstone en la famosa Carta al Duque de Norfolk (A Letter Addressed to His Grace the Duke of Norfolk on Occasion of Mr. Gladstone's Recent Expostulation, London, 1875, B. M. Pickering). En esa larga carta se lee esta muy conocida frase:
Caso de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobre­mesa —desde luego, no parece cosa muy probable— beberé ‘¡Por el Papa!’ con mucho gusto. Pero primero “¡Por la conciencia!’, después ‘¡Por el Papa!’”.

Es una frase atrevida, que no pocos considerarían entonces —y a buen seguro bastantes consideran todavía ahora— escasamente respetuosa con quien, para un católico, es nada menos que el Vicario de Cristo en la tierra. Pero no era en absoluto irrespetuosa y sí perfectamente exacta y católicamente ortodoxa. Tan claro es así que el Catecismo de la Iglesia Católica (p. 1778), aprobado por Juan Pablo II el 15 de agosto de 1997, cita literalmente a Newman [«La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo» (Juan Enrique Newman, Carta al duque de Norfolk, 5)].

¿A qué viene esta referencia relativamente larga a Acton, Gladstone y Newman? Viene muy a cuento, en primer lugar, porque considero necesario combatir las taxonomías y las etiquetas que con tanta frecuencia se utilizan, por ignorancia o con malicia, para dividir y oponer, creando bandos de “buenos” y malos”, “los nuestros” y “los otros”. Como mínimo, esas banderías no conducen a nada bueno y, con frecuencia, hacen mucho daño. En esta historia reseñada, los tres personajes, católicos o protestantes, son hombres de una pieza y de un comportamiento éticamente irreprochable, enemigos de toda corrupción. Los tres, pese a sus diferencias, no sólo se respetan, sino que se admiran profundamente. Acton es un viejo católico muy unido siempre a Gladstone, del mismo modo que éste, primero ferviente anglicano y después no menos ferviente protestante, no deja de admirar y apoyar a Acton. Newman, primero clérigo anglicano de enorme prestigio, convertido al catolicismo en 1845, ordenado sacerdote dos años después (y Cardenal en 1879), se había movido con proximidad e interés en el ámbito intelectual de Acton.

Pero, en segundo lugar, y lo que es mucho más importante en relación con nuestro asunto, está la coincidencia de estas tres grandes personalidades en la importancia de la conciencia, siempre personalísima. Porque, sí, la corrupción que padecemos y que un día tras otro es noticia en sus deplorables manifestaciones, es una cuestión de falta de conciencia en muchas personas. Es cosa de muchas personas sin conciencia, como decimos en lenguaje coloquial. En los casos más sangrantes, la conciencia ha sido narcotizada y se ha necrosado por completo. En casos llamativos y escandalosos, pero de menos gravedad que el cohecho, como es el uso de las tarjetas de crédito o el abuso de los gastos de representación, lo que hay es una conciencia de muy pobre formación y de escasa delicadeza y sensibilidad ante lo injusto. Algo que con frecuencia se ha podido evitar, de manera que la falta de piel fina era vencible y es culpable.

Quiero decir, con lo anterior, que la corrupción tiene que combatirse a fondo, no con meros preceptos —en códigos éticos o en códigos legales— que tipifiquen comportamientos reprobables, preceptos que siempre expresarán unos standards de mínimos morales. La situación está requiriendo una elevación moral hacia la ejemplaridad, un renacimiento ético o moral (tanto da lo griego como lo latino) en línea de máximos. Nuestras sociedades y la española en concreto, albergan tanta corrupción, no por falta de reglas éticas ni por ausencia de preceptos penales que sancionen conductas corruptas, sino a causa de una generalizada y gravísima depauperación moral. Cuando muchos hablan de una España que ya no es católica, pienso que la corrupción en España es un indicador tanto o más expresivo que la menor asistencia dominical a misa, la disminución de matrimonios canónicos, etc.  Las confesiones religiosas, empezando en España por la Iglesia Católica, tienen un gran trabajo por delante. Lo digo con el máximo respeto hacia quienes no pertenecen a ninguna confesión, porque la elevación moral está presente en el interior de muchas personas agnósticas, provistas de una conciencia alimentada por la captación y la asunción, en su conciencia, de fuertes exigencias morales inherentes a la dignidad de todo ser humano y perfectamente susceptibles de ser conocidas sin necesidad de la fe.
(continuará)

 

jueves, 10 de mayo de 2012

AROMAS Y PESTILENCIAS DEL CAMPO Y LA CIUDAD



REFLEXIONES  SOBRE LA CACA (SÍ, HAN LEÍDO BIEN, SOBRE LA CACA)


Hoy y ayer son días de ésos en que hay noticias muy grandes y también muy malolientes. Por una vez, voy a ahorrar todo en nombres propios y lo gastaré todo en nombres comunes, comunes y vulgares. Y también por una vez, voy a escribir este “post”con un estilo muy distinto del habitual. En este día, lo que va de mi cabeza a los dedos, a las teclas y a la pantalla son recuerdos de olores. Por orden cronológico, ahí van, para empezar dos recuerdos de infancia.

Volviendo del colegio de la mano de nuestro abuelo, mi hermano y yo pasábamos todas las tardes delante de una taberna. Pasar delante de una taberna no tenía nada de particular en el Madrid de los años 50 (del pasado siglo XX, claro). Lo extraño hubiese sido lo contrario: carecer de taberna en el itinerario. Pero es que aquella taberna apestaba extraordinariamente a vinazo y el olor, casi sólido, ocupaba por completo la parte de la acera correspondiente a la taberna. Al atravesar ese tramo de calle, mi hermano, con cinco años, exclamaba “¡Uy qué rico!” (ahora lleva décadas bebiendo coca-cola, pero entonces apuntaba claramente a borrachín).

El segundo recuerdo olfativo es el de las vaquerías que aún tenían sede en los bajos de inmuebles madrileños, incluso en barrios relativamente modernos, como el de Salamanca. Las vaquerías, por supuesto, olían a vaca y a caca de vaca (caca: merde, shit, Schaisse). En los colegios no se planteaban entonces llevar a los chicos de excursión a una granja para que viesen una vaca real. Porque las teníamos en el centro de Madrid (pienso, de pasada, que debería hacerse una conmemoración importante de aniversario una vez determinado cuándo se cerró en la Villa la última vaquería, de donde salían aquellas grandes cántaras metálicas, las “lecheras”, para el suministro de muchos ciudadanos: ¡una sola clase de leche!, pero teníamos todos menos alergias y otras afecciones hoy extendidísimas).

Este recuerdo de los olores del vinazo y de las vacas y su caca, olores urbanos de antaño, me ha llegado por una veloz asociación de ideas con muy recientes experiencias rurales, de mi pueblo (adoptivo: el de mi abuelo materno; yo soy natural de la Villa de Madrid): las de unos hedores insoportables surgidos al conjugarse cierta orientación eólica con la existencia de dos elementos: explotación porcina (cochinos, cerdos, chanchos, etc.) y granjas avícolas. La caca de los cochinos y las gallinas, los purines, que les llaman, producen un mal olor asqueroso e intensísimo, tanto peor si hay parcelas recién abonadas con ese material. Desaparece el aroma de pinares, jaras y tomillos y la famosa (y real) tranquilidad del campo queda aniquilada: sedentarismo forzoso, con las ventanas cerradas. Es imposible, impensable, pasear junto al Duero o subir hacia el páramo por veredas que sortean majuelos y pinarejos. En esos momentos -una mañana o una tarde entera, como una noche de firmamento perfecto-  sólo cabe ponerse a resguardo de la pestilencia.

Y pienso todo esto, también por asociación de ideas, pues las noticias más llamativas de ayer y hoy (escribo entre el 9 y el 10 de mayo de 2012), una del mundillo político-judicial; otra del ámbito bancario, me parecen inundar la atmósfera de la hediondez de mucha shit, merde Schaisse.

Es verdad, es innegable que hay ventiladores esparciendo las malolientes partículas de los excrementos (algún ventilador es fácilmente localizable; otros, más numerosos, son difíciles de identificar). Pero los comentarios de protagonistas, observadores y comentaristas profesionales (sin disfrazar o disfrazados de informadores), comentarios que lamentan que el ambiente se enrarezca, que se haga daño grave a importantes instituciones, que se actúe por venganza o resentimiento, comentarios sobre la maldad de unos y sobre la maldad de sus adversarios, alegando datos imposibles de verificar y que no pueden ser todos ellos verdaderos, esa hedionda realidad que transmite en todo caso el conjunto de la información y las opiniones sobre tal o cual personaje y sobre la situación -real, exagerada o falsa- de tal entidad o de nuestro sistema financiero, cuajan en mi cabeza en forma de un debate surrealista: si es mejor que la basura animal, la merde, se encuentre en estado semisólido o en suspensión aérea, como la colocan los ventiladores.

En suspensión, esparcidos los excrementos por el aire, no es que respiremos mal, es que nos acomete un asco tan invencible como insoportable. Más apelmazados, pegados al terreno, en el suelo, apenas se notan, pero siempre estamos a merced de un cambio de viento. Se dirá que esto último es menos penoso, menos insalubre que lo primero. Y quizá, a primera vista, esta opinión parezca bien fundada. Pero de ahí se pasa casi insensiblemente a la idea de tolerar la acumulación constante de la basura animal. Nos vienen a proponer tolerancia ilimitada a la caca, a la m… O incluso planes y proyectos para construir sobre ella, procurando solidificarla. Vivamos, insinúan, como en palafitos sobre enormes lagunas de merde. Al fin y al cabo, parece que ya hay algunos mundos singulares (muy noticiosos en estos días) edificados sobre pilotes que se hunden en gruesas capas de guano moral.

Este debate que se me ha venido a la cabeza en forma tan surrealista, feísta, poco grata, aunque expresiva y disculpable (eso pienso y espero), ha tenido, hace ya mucho tiempo, versiones más elegantes y presentables, dizque cultas y casi humanistas. Sin ir muy lejos, he podido escuchar personalmente a personajes ya históricos de España la afirmación de que es consustancial a la democracia cierto grado de corrupción (o, más a lo bestia, en petit comité, que no hay democracia sin corrupción). Con tanta amplitud y comprensión, con tan magnánima y realista idea del arte de lo posible, hemos ido llegando al tiempo presente, al pestazo actual.

Que cada cual reflexione y concluya como quiera. Personalmente, sin reflexionar apenas, siento un asco profundo, una repulsión absoluta, ante la propuesta de tolerancia a la basura animal e incluso ante la tendencia al acostumbramiento a la proliferación y asentamiento de la m…. No me gustan las peleas del “y tú más” o “pues mira que tú”. Y tampoco me gusta el uso de ventiladores para arrojar hediondos excrementos al aire. Pero hay algo indiscutible: si el ventilador esparce caca, es porque ésta existe. Y no. Sabiendo que siempre habrá cierto grado de corrupción, de merde, no porque sea consustancial a la democracia, sino porque la condición de los humanos nunca se libra del todo de miserias, lo que hay que hacer es limitar la basura y que la que haya esté en basureros, bien señalizados y aislados. Tanta materia fétida no puede asentarse, sin más, sobre el suelo de nuestras vidas. Porque, para terminar con el símil, aunque el viento no nos azotara con el hedor de los purines y aunque nadie agitara ventiladores, esa materia nos contamina: se filtra y envena el agua y la tierra. Y acabamos envenenados. Recuerden, aunque parezca una anécdota, los letales “pepinos de Hamburgo” (v. post del martes, 7 de junio de 2011, EL PEPINO DE HAMBURGO Y OTRAS MAJADERÍAS ANTICIENTÍFICAS: http://www.andresdelaoliva.blogspot.com.es/2011/06/el-pepino-de-hamburgo-y-otras.html). Los pepinos se envenenaron y mataron por la tierra y el agua que les nutrían, impregnadas de los excrementos porcinos.

Yo supongo que los inteligentes lectores de este blog han entendido perfectamente de qué estoy hablando y qué noticias provocan este “post”. Si no es así, será porque hoy no se han asomado aún a la información. En cuanto lo hagan, como muchos ya lo habrán hecho, comprenderán también que sienta lo que he querido expresar y que haya preferido no gastar hoy ni un solo nombre propio.

lunes, 22 de febrero de 2010

¿A QUÉ SE DEBE LA MEGA-CRISIS?


LA RESPONSABILIDAD, PASADA Y ACTUAL, DE LAS “BUENAS PERSONAS”



Preferiría escribir sobre casi todo (de lo que sé algo, claro) en vez de volver sobre la crisis, pero veo que mucha “buena gente”, muchas “buenas personas”, no se toman en serio la situación. Y es tremendamente seria, aquí, en USA, en GB y, por supuesto, en Grecia. Vayan para esas “buenas personas” estas líneas. A ver si se enteran. Y vayan también por los "dirigentes" a los que, en gran medida, siguió durante años esa “buena gente”. Porque los muy desvergonzados insisten. Y no acabamos de jubilarlos.


No haría yo la pregunta del título si no fuese capaz de ofrecer una respuesta. Pero, por una vez, puestos a sintetizar, no tengo la menor duda sobre la clave de la crisis financiera, de la burbuja inmobiliaria, del déficit público, del paro, del fracaso de los reguladores, de las grietas exhibidas por las grandes firmas de auditoría, de la decadencia de la prensa, de la corrupción político-económica, del enorme deterioro del sistema educativo, de los engaños masivos, de la falsificación de la democracia, del desprestigio de la clase política, de la dificultad de encontrar remedios, de la resistencia a reformas profundas y del pesimismo y la desesperanza generales.

¿Qué tenemos ante nuestros ojos? Tenemos una sociedad profundamente desmoralizada, en todos los sentidos. Desmoralizada en el sentido coloquial (como un equipo de fútbol se considera incapaz de remontar un marcador adverso o una prolongada racha desfavorable) y desmoralizada en el sentido literal, más profundo: una sociedad sin moral, como no podía ser de otra manera tras un constante y prolongado despojo de su moralidad. Una sociedad, por tanto, sin ánimo, sin fuerzas.

La inmoralidad, una inmoralidad sostenida, creciente, generalizada y no reconocida, durante más de tres décadas, ha sido y es la clave de la crisis. Ha ocurrido que la inmensa mayoría se ha dejado llevar por los que ha considerado dirigentes en todos los terrenos, unos super-listos, que -en la derecha, en la izquierda y en el centro- entendían lo moderno y lo progresivo como la liberación de la servidumbre de una moral exigente. Entronizaron, en lugar de los valores clásicos, unos nuevos, muy asequibles: la bondad de lo que funciona, la bondad de lo que nos lucra, la bondad de lo placentero, la bondad de la “imagen”. Correlativamente, predicaban y predican la maldad de lo que requiere esfuerzo, la maldad de lo que no produce enseguida beneficios personales, la maldad de preocuparse tanto por la verdad en vez de ocuparse a fondo de la apariencia. Han predicado, sobre todo con el ejemplo, la bondad del engaño y la mentira, disfrazados de exageración aceptable, de propaganda necesaria, de conveniente imagen atractiva. Han acanzado la apoteosis del sofisma. Y en este punto del engaño y la mentira ha estado el núcleo más duro, profundo y efectivo de la inmoralidad.

Ha resultado que los super-listos se pasaban de listos, como ya he dicho aquí alguna vez. Ha resultado que eran tan tontos que desconocían la historia universal y la condición humana, sustancialmente inalterable, que esa historia revela. Desconocían, al parecer, las experiencias anteriores de sus viejísimos “nuevos valores”. Pero éstos, patrocinados con una fuerza incomparable gracias a los nuevos medios, no han dejado títere con cabeza en nuestra sociedad. Ahora, el fracaso global de los super-listos y sus recetas es evidente aunque procuren a toda costa disimularlo o lo nieguen sin cesar. Si lo que valía era lo que funcionase, lo que enriqueciese y lo que procurase placer, lo cierto es que, a resultas de afanarse exclusivamente en esos "valores", hoy la sociedad tiene problemas gigantescos de mal funcionamiento, de empobrecimiento general y de nuevos y viejos sufrimientos que alcanzan a casi todos. Si lo importante era la imagen y la apariencia, no puede ya ser peor la indisimulable imagen o apariencia de tantos sectores y de tantas instituciones. En España no queda una sola institución decisiva que no esté marcada por la corrupción (que no es sólo la del cohecho) y el desprestigio. No es catastrofismo. Las cosas están así.

En la educación, en la familia, en la vida económica, en la gestión de la cosa pública, en el terreno del Derecho, en la praxis de las más diversas profesiones, en la invención de nuevos quehaceres, nada hay que no haya sido mil veces pisoteado con la marcada huella de esa inmoralidad profunda de unos paupérrimos contravalores.

No sé quién comenzó a decir que todos somos responsables de la crisis. Pero veo que esa afirmación bienpensante lleva camino de convertirse en un tópico de amplia y acrítica circulación. Y no es verdadero ni justo. Todos somos débiles y ninguno estamos libres de equivocarnos y de cometer alguna que otra maldad. Pero eso -los fallos personales, de toda clase- no es lo mismo que la responsabilidad por la situación presente. De hecho, algunos llevamos décadas avisando de la deriva equivocada (por ahí anda, ahora incluso como e-book, un libro mío “Cápsulas para la memoria 1966-2006”, Ed. Ramón Areces, 2006, 358 págs., que recoge una selección de artículos publicados en esos 40 años: 40 años avisando: no es cuña publicitaria, sino prueba de mi legitimación). No nos hacíamos ilusiones, sabíamos que escribíamos contra corriente, insistíamos sin ánimo de reconocimiento, pero no dejaba de extrañarnos y dolernos la insensibilidad o la indiferencia de tantas “buenas personas” (tantos compañeros, tantos amigos): nos dolía, a fin de cuentas, su incomprensión y su rechazo de nuestros razonados avisos. A mí me dolía poco por mí mismo, pero mucho por los efectos que se veían venir (aunque no imaginé jamás las dimensiones de esta crisis).

Si esas “buenas personas” se hubiesen tomado en serio lo que venía sucediendo, especialmente en el ámbito de la educación (en las familias ante todo: no sólo en escuelas, institutos y colegios), si la ética en los negocios y en la vida pública verdaderamente les hubiese preocupado, si no hubiesen arrinconado la calidad del pensamiento y del raciocinio en beneficio de la imagen y de la utilidad inmediata, si no se hubiesen decantado tan descaradamente por la eficacia frente a la sabiduría, si hubiesen sostenido el valor de la experiencia frente a la moda de la exaltación de la juventud por sí sola, si no se hubieran rendido culto bocalicón al éxito social y económico, si hubiesen sido menos frívolos a la hora de aceptar y promocionar prestigios trucados o enteramente falsos, si hubieran sido quizá más comprensivos con clásicas debilidades humanas pero mucho menos condescendientes con crónicas omisiones del cumplimiento de importantes deberes sociales y cívicos… Si esas “buenas personas”, si esa “buena gente”, no hubiesen colaborado tanto, de esos y de otros modos, con los promotores de la inmoralidad, seguramente ahora el daño no sería tan grave y extenso.

Aún hoy, cuando se muestran horrorizados (aunque lo disimulen con impostados optimismos y “sonrisas profindén”) ante esto, lo otro y lo de más allá, esas “buenas personas” siguen sin entender. Sí, reconocen que la crisis es dura, pero, bondadosos como son, se muestran seguros de que, más o menos pronto, saldremos de ésta. Ignoro en qué apoyan semejante pronóstico. A mí me parece puro whishful thinking. Pera las "buenas personas" son de las que piensan que todo tiene arreglo, aunque la historia no respalde ese axioma. De hecho, ha habido decadencias y crisis sin arreglo. Ahí tienen a Grecia. Deseo vivamente que "esto" tenga arreglo. Y probablemente lo tendrá, más bien después que antes. Nunca, sin embargo, a base de no pensar a fondo cómo estamos y por qué.