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viernes, 25 de enero de 2013

MUCHAS COSAS NUEVAS, NADA NOVEDOSAS, PRELUDIO DE UNA PRÓXIMA DEBACLE TOTAL


 
LA AUTOLISIS DEL “SISTEMA”



NO ESPEREMOS QUE NINGUNA INSTITUCIÓN REGENERE ESPAÑA: SE NECESITA UNA REBELIÓN DE PERSONAS DECENTES

En el conjunto de instituciones, públicas y no públicas, que hemos dado en llamar establishment o “sistema” han ocurrido, desde el comienzo de esta segunda época de POR DERECHO, bastantes cosas nuevas, aunque nada novedosas. Son hechos recientes y por eso son “nuevos”, pero no son de distinto estilo, naturaleza o índole de otros muchos anteriores y por eso no son "novedosos". Con todo, reaparezco porque el conjunto de esos hechos revela que se está acelerando lo que pienso que cabe denominar autolisis del “sistema”.

Autolisis: Diccionario de la Real Academia Española (DRAE): “Degradación de las células por sus propias enzimas.” Diccionario médico on line: “1. Suicidio. 2. Sinónimo: autofagia, autoproteolisis. Autodigestión de un órgano, de un tejido o de una célula abandonado a mismo y que conduce a su destrucción, bajo la influencia de fermentos proteolíticos propios a este órgano, a este tejido o a esta células, independientemente de toda intervención exterior a él. La liberación de las enzimas contenidas en los lisosomas es un factor de autolisis celular.”

Si nos fijamos en la definición actualizada del DRAE y en esta segunda acepción del Diccionario médico y si, además, nos atenemos a la etimología, diferenciaremos perfectamente la autolisis del suicidio, aunque la palabreja autolisis, derivada del griego, se use para referirse eufemísticamente al suicidio, vocablo de claras raíces latinas. El “sistema” no se ha suicidado ni se está suicidando. Porque no quiere poner fin a su propia existencia, sino que, muy al contrario, querría prolongarla indefinidamente. El “sistema” se está disolviendo, está autodestruyéndose por la acción de sus propios componentes, que serían como las enzimas o fermentos que, desmadrados, en vez de sostener la vida, van aniquilándola, célula tras célula.

Las noticias sobre la corrupción política y económica se han acumulado con tanta abundancia como gravedad en las dos últimas semanas. No me voy a entretener en mencionarlas todas, porque sin duda los lectores de este blog las conocen y todos hemos experimentado ramalazos de tristeza e indignación cada vez que las recordamos o nos las mencionan y no es necesario ese sufrimiento para el propósito de este post. Porque, como escribió Rodrigo Caro (A las ruinas de Itálica), "¿para qué la mente se derrama en buscar al dolor nuevo argumento?"

Esos episodios de corrupción que se multiplican son otros tantos síntomas de un proceso de autodestrucción de instituciones, que se agrava aceleradamente. Hay que incluir, desde luego, entre los síntomas de la autolisis, no sólo las apropiaciones indebidas, los cohechos, los tráficos de influencias, etc., sino también los asuntos malolientes sin relevancia monetaria conocida, como indultos injustificables -pese a informes desfavorables del tribunal y de la fiscalía- (v. los hechos en este comentario: http://www.vozpopuli.com/blogs/2081-jesus-cacho-ruiz-gallardon-el-conductor-kamikaze-y-el-indulto-como-manifestacion-suprema-de-la-corrupcion-del-poder) o nombramientos judiciales como el que ha recaído, para Magistrado de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo, en la persona del hasta hace nada máximo asesor jurídico de una gran entidad financiera (la Caixa), implicada en numerosos litigios civiles. Hay que incluir el engaño de prometer y encargar una reforma para acabar haciendo lo contrario de lo prometido, como el del Ministro faraónico respecto del Consejo General del Poder Judicial. Y no es sino corrupción, síntoma de autolisis, que se utilicen los nombres y el trabajo de unos “sabios”, con nombramiento en el Boletín Oficial del Estado (B.O.E.), para una propuesta de nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal -propuesta que no me convence en absoluto-, que se oculta una vez formulada, mientras se somete, para ser "pulida", al superior criterio de los asesores ministeriales, con uno ellos, muy principal (ministerialmente hablando), Magistrado él, poseedor de una cualificación jurídica tan poco clara que acaban de suspenderle en las pruebas para especializarse en el ámbito jurisdiccional penal (lo siento: me hubiera gustado no dar esta información, pero además de ser pública es relevante, porque callar este tipo de hechos contribuye decisivamente al progreso de los impostores y a la destrucción que producen).

Lo grave, con todo, no es que existan personas así, incompetentes super-auto-prestigiados, cofrades de pequeñas o no tan pequeñas sociedades de bombos mutuos, sino que se les confíe por un Ministro algo tan importante y delicado como el instrumento para la persecución jurídica de la delincuencia. Del mismo modo, lo grave no es que pueda existir un político profesional (“fiscal por un día”, más o menos) que acumule descomunal prepotencia y una ignorancia más que notable, mal disimulada con unos aires postizos de intelectualidad y exquisitez cultural. Lo grave, lo gravísimo, es que a ese político, que ha ido embarrando todo espacio que tocaba (piensen en la situación económica y política que ha dejado a su paso) se le haya nombrado Ministro y se le mantenga en ese puesto, porque las reglas de la política habitual (tan habitual como pestilente) repelen, por lo visto, todo lo que dicta el uso de razón y la prudencia más elemental.

Pero, aunque parezca imposible, peor aún que todo lo anterior, es la beatería ante el poder político inoculada en tantos españoles que habitualmente no carecen de buen juicio y que están mucho más cualificados profesionalmente que el político con el que se relacionan. Eso que llamo beatería ante el poder provoca que esos conciudadanos abdiquen de sus conocimientos y criterios, se traguen con naturalidad, como si fuese saliva, todo su espíritu crítico (incluso el que han expresado en público y por escrito) y, en definitiva, se amolden al deseo del poderoso de turno, al que rinden pleitesía con toda naturalidad y para quien muestran una comprensión y una indulgencia que no proyectan sobre las víctimas del poderoso. De este modo, ocurre algo que da pena: ver cómo personas valiosas se dejan manipular por un honor minúsculo y más que cuestionable y se despojan de su dignidad y categoría, deslumbradas por lo que, a la postre, es un empleo interino: Ministro, Secretario de Estado, etc. Pero, al fin y al cabo, eso que es penoso sólo afecta a los inconscientes beatos. Lo que a todos nos perjudica, y mucho, es su servilismo. Porque, aunque ellos no lo vean así y no lo quieran, se trata objetivamente de servilismo y el poder se afianza y aumenta con ese servilismo de quienes, por su formación y condición, podrían y deberían ser críticos y rebeldes. Todo lo educada y cortésmente que quisieran, pero críticos y rebeldes.

No piensen que con los últimos párrafos me he desviado del asunto principal. También son fenómenos de corrupción el silencio o la aquiescencia ante la impostura de falsos expertos y la obsequiosidad sistemática con el poder, mirando hacia otro lado ante tus errores y desmanes (como el de las tasas judiciales), callando ante ellos (a estos silenciosos los considero cómplices, por amigos que sean) y colaborando con el poder político en cuanto el propio “ego” es mínimamente estimulado por el poderoso. Esas actitudes son anomalías opuestas a la naturaleza de las cosas y a la lógica, contrasentidos éticos que están a la orden del día en nuestra sociedad sólo porque ésta ya se encuentra en trance de avanzada disolución, de imparable autolisis. No sólo hay enzimas desmadradas, como las he llamado antes: estamos, además, por así decirlo, ante un fallo total del sistema inmunológico. No hay elementos internos que defiendan de la corrupción al organismo político y social. Podrido desde dentro, nada hay dentro que contrarreste lo patológico. El “sistema” o “establishment” se acerca al final de su autolisis, de su disolución.

Ha estado muy de moda, desde hace bastante tiempo, teorizar (siempre con vaguedades) sobre unos inexorables procesos de autodestrucción que se desencadenan con el paso del tiempo. Así se autodestruirían, por ejemplo, partidos políticos y también, por referirme a una realidad que conozco bien, escuelas académicas. Varios años atrás dediqué cierta reflexión a esta teoría y, sobre todo, al fenómeno (innegable como fenómeno en sentido estricto) de los (aparentes) procesos autodestructivos.  Acabé comprendiendo, sin particular sorpresa, que esos “procesos” no son sino la destrucción consiguiente a los agigantados defectos o vicios personales de numerosos miembros del colectivo de que se trate.

Todos sabemos que, con el tiempo, si no los detectamos y no procuramos combatirlos, nuestros defectos aumentan en número y, sobre todo, en intensidad. Quien era a los veintitantos años un poco envidioso, un poco egoísta, un poco vanidoso, algo mentirosillo y un tanto cobardica, sólo veinte años después andará a todas horas pavoneándose, apuñalando a traición a sus compañeros, pisando cráneos ajenos con tal de trepar, mintiendo al por mayor a propios y extraños, escurriendo el bulto a la hora de decisiones poco gratas y mostrando una pusilanimidad penosa ante cualquier tarea que se salga de la rutina. Rechazará a su lado a personas valiosas y se rodeará de aduladores y mediocres que no le hagan sombra. Y si al comenzar su vida adulta no se preocupaba por la elegancia y la limpieza de sus ingresos, no tardará mucho en arramplar con todo lo que pueda, convertido en adorador incondicional del dios Pluto. Comprenderán que si todos podemos un mal día dejar a un lado por un momento unas buenas y sólidas convicciones éticas o traicionarlas decididamente de modo habitual, quien comienza su vida adulta desprovisto de ellas, no tardará mucho en convertirse en una bestia amoral sin el menor escrúpulo.

Si a la indigencia moral se une la intelectual,  más intenso aún es el proceso destructivo, que no sólo es ignorado por quienes están inmersos en él, sino que, muy frecuentemente, convive con la más intensa egolatría y con la convicción de una condición personal triunfante, con apenas cumbres más altas que alcanzar.

Así, y no por ningún misterioso proceso psico-sociológico, es como, al pasar el tiempo, toda clase de grupos e instituciones son frecuentemente destruidos. No se autodestruyen, sino que los destruyen algunos de sus más prominentes miembros. Mucho antes del asunto de los procesos de autodestrucción me había ocupado de recordar que no hay y no ha habido nunca un “sistema” que, por sí mismo, se pueda considerar inmune a la corrupción de las personas con mayor poder y responsabilidad: cualquier entramado institucional se viene abajo sin buenas dosis de ética en las personas, en cada persona y, en especial, en los dirigentes.

En España han destruido casi todo lo institucional. No me parece incurrir en exageración y, desde luego, me produce una intensa tristeza ese panorama. Intelectual, ética y estéticamente, estoy en las antípodas de quienes encuentran cierto gusto morboso en proclamar la decadencia y el hundimiento de España. Pero la realidad es terca e innegable, sin que exista algún buen patriotismo que permita disimularla. De modo que sí, apenas veo una institución sana, prestigiosa, capaz de encabezar un empujón de renovación y limpieza. Estoy convencido de que se equivocan quienes siguen proponiendo reformas o innovaciones institucionales. ¿Qué cabe esperar, por ejemplo, de un así llamado “fiscal anti-corrupción” en cada partido político o en cada Ayuntamiento? ¿Acaso no han tenido y tienen ya todos los partidos y Ayuntamientos cargos con autoridad y potestad para impedir y reprimir la corrupción? ¿No son “anti-corrupción” todos los cargos?

Pero, a diferencia de quienes, indignados con hartos motivos y razones, se han dado ya a generalizar y a descalificar a todos los integrantes de los grupos de personas que protagonizan la política, la justicia, la educación, los sindicatos, p. ej., el conocimiento de la realidad me permite afirmar que no todos los políticos son corruptos y vagos, ni todos los jueces ignorantes, perezosos o descuidados, ni todos los profesores incompetentes y ni siquiera todos los sindicalistas unos vividores aprovechados. En todas partes, en todos los ámbitos, incluso en los más deteriorados, quedan más o menos personas decentes, con buena y genuina cualificación profesional e incluso con un historial de trabajo comparable al de sus mejores colegas del resto del mundo. Son, sumadas una a una, muchas, muchísimas personas. Lo que ocurre es que bastantes de ellas están como atrapadas en sus respectivos ambientes, algunos (como el de la política) especialmente podridos y en los que resulta sumamente difícil o casi imposible desplegar un esfuerzo operativo de regeneración.

Mas, por difícil que resulte, desprestigiados los partidos políticos y el entramado de instituciones que ellos dominan, desmoralizada y carcomida la Universidad, maltratada la Justicia desde dentro y desde fuera, etc., sólo cabe esperar que personas, personas decentes, muchas personas decentes que aún quedan, comiencen por distanciarse intelectualmente de la corrección teórica y práctica imperante en su partido, en su Universidad, en la Justicia, en su mundo empresarial, etc. Lograda la distancia intelectual (o, con otras palabras, restaurada la finura del espíritu crítico) y recuperada una cierta valentía (es decir, desechada la cobardía y la pereza habituales), estarán -estaremos- en condiciones de pensar en serio qué hacer, cada uno solo y junto a otros. Después, a hablar, escribir y actuar, como buenamente podamos, pero sin perder tiempo ni concederse más descanso que el necesario. El resultado de esos esfuerzos personales nadie puede predecirlo ni augurarlo. Pero son lo único que resulta posible y lo que debemos considerar objeto de un serio e inexcusable deber personal. Por otra parte, sabemos con certeza que, de seguir como hasta ahora, meramente contemplativos de lo que pasa, mudos y pasivos, el tinglado actual acabará derrumbándose del todo.  Más bien pronto que tarde.

Suponiendo que no se reaccione (y, de momento, eso es lo que hay que suponer), ¿qué quedará, qué nos quedará cuando el “sistema” se caiga, cuando el “establishment” se venga abajo? No estoy en condiciones de profetizar y responder a esa cuestión. No veo a nadie capaz de hacerlo. Pero quizá quede algo -algo que no sean ruinas y escombros- si, cada uno por sí y todos juntos, que diría Cervantes, hablamos, escribimos y actuamos en una buena dirección, con cabeza y valor, sin soberbia cegadora ni el inconmensurable atrevimiento de la ignorancia.

miércoles, 6 de julio de 2011

EDUCACIÓN UNIVERSITARIA Y “ENTORNO COMPETITIVO”


¡MALDITA COMPETITIVIDAD!


En un país como España, con libertad de enseñanza que incluye la libertad de crear centros docentes (art. 27.6 de la Constitución Española), es fácil que se produzca una situación en la que los centros de categoría y función similares compiten entre sí. Puede haber competencia entre colegios e institutos en los primeros grados de la enseñanza y puede darse competencia entre Universidades y no sólo entre las públicas y las privadas, sino también entre las públicas. De hecho, se da esta última competencia y se da la competencia entre Universidades privadas. Cabe afirmar, por tanto, que unas y otras Universidades necesitan competitividad incluso para sobrevivir.  De esta competitividad pueden derivar efectos positivos que no hace falta explicar aquí, pero también son posibles ciertos efectos negativos, como es el recurso a la publicidad, a veces engañosa y poco veraz, o a otras técnicas de marketing, no siempre fieles transmisoras de la realidad de las cosas. Los dirigentes universitarios –que con frecuencia son lo  menos universitario de las Universidades- pueden sentirse tentados (aun sin conciencia de tentación) a inspirar la publicidad y el marketing de sus respectivas instituciones en supuestos “valores” no conformes con la esencia clásica de la Universidad e incluso abiertamente contrarios a ese núcleo esencial, que no debería faltar en ninguna Universidad digna de tal nombre, por moderna o modernizada que sea. Me refiero al propósito de buscar la verdad desinteresadamente mediante el cultivo de las ciencias.

Si una autodenominada Universidad carece de actividad investigadora (o ni siquiera se propone llevarla a cabo) y si no le preocupa ir formando una buena biblioteca (sí, aún hay que recurrir a los libros, sin perjuicio de otros medios) o unos decentes laboratorios,  etc., seguramente aireará publicitariamente la eficacia en la obtención de puestos de trabajo para sus estudiantes, la informatización de sus instalaciones o la belleza de sus edificios emblemáticos, sin más. Esas Universidades nada dirán de la calidad del profesorado y de sus trabajos de investigación y no se les ocurrirá, ni por lo más remoto, alardear de que en ellas no se regalan (o se venden) títulos universitarios. A las Universidades donde sí se investiga tampoco se les ocurrirá publicitarse con esa afirmación, que “vende” poco, y menos aún con la de que los “aprobados” de las distintas asignaturas no se regalan. Porque, ahora, por lo general, los “papás” no quieren que a sus “niños” (hay alumnos universitarios que ya no se comportan como “niños de sus papás”, pero no son mayoría) se les exija, sino que se les apruebe y que se gradúen con ceremonia de gorritos al aire (o lo más parecido que se pueda imaginar), a la que acuden ellos (los “graduandos”) casi por vez primera con traje y corbata y ellas, arregladas como para una fiesta seria de noche, muy maquilladas, escotadas y minifalderas (me lo cuentan con asombro varias colegas, respecto de las “graduaciones” de esta “cosecha junio 2011”). En tales festejos participan, por supuesto, no sólo las graduadas y graduados auténticos, sino también quienes están relativa o francamente lejos de haber aprobado todas las asignaturas. Y cuanto mejor e incluso más “chic” sea el festejo, más prestigio para el centro, llámese Universidad o Instituto.

Esta competitividad no me parece precisamente bendita, pero no es la competitividad maldita a la que hoy me quiero referir. Ésta, la maldita, es la que existe y se fomenta entre los alumnos y entre los profesores. Hay Universidades e Institutos que se publicitan expresamente con el pretendido “valor” de constituir un “entorno competitivo”, como el de la sociedad actual. No se trata del viejo fenómeno de la pugna, casi siempre discreta, de los mejores alumnos por las limitadas “matrículas de honor”, el equivalente a la calificación A + de muchos países. Cuando las promociones eran grupos bastante estables de personas, se instauraba enseguida esa competencia por las MH entre menos de media docena de estudiantes. Pero, dados los métodos de entonces (exámenes orales o escritos, parciales o finales: execrables métodos, a decir de los gurús pedagógicos, que no se sabe cómo no han enviado al psiquiátrico a generaciones enteras de españoles), pocas malas artes (por no decir que ninguna) podían desplegar los competidores. Se trataba de estudiar libros y de entenderlos bien para responder con claridad unas cuantas preguntas. Unas buenas clases ayudaban mucho. La adulación al profesor estaba socialmente muy mal vista y no abundaban las ocasiones para practicarla, quizás ahora mayores, con los muy variados deberes para casa, que (con otro nombre, claro está) se utilizan para la evaluación continua.

No, actualmente, el “entorno competitivo” en una Facultad, Escuela o Instituto significa que todas las actividades están empapadas, por así decirlo, de un clima de supervivencia, selección y éxito según una constante comparación entre los alumnos, de modo que serán adiestrados para afrontar esa activa y constante comparación. No se valorará a cada uno conforme a la cantidad y calidad de sus propios actos u omisiones, sino siempre en relación con lo que los demás hagan u omitan. Y serán entrenados para competir entre ellos, de modo que luego, terminado su aprendizaje, sean capaces de competir en la vida.

¿No les suena todo esto muy moderno, práctico y realista? ¡Pues claro que sí! ¡Qué  bobadas y antiguallas son ésas del compañerismo y la amistad! La vida es feroz: adiestremos fieras. Y si la ferocidad ha de ser con frecuencia sutil, adiestremos fieras capaces de morder, apuñalar y zancadillear con sutileza. Aprendices de ejecutivos de película, que diría Serrat, aspirantes a la beautiful people capaces de sonreir y decirte “nothing personal, amigo!” después de haberte eliminado. ¡Qué hermoso panorama! Aquello de formar “hombres (o mujeres) de provecho”, ahora sí que se ha modernizado y resulta correcto y aceptable. ¡Hombres (o mujeres) aprovechados! Gente que se aproveche, eso es lo que hay que formar. Ésas son las habilidades, destrezas y actitudes de la modernidad educativa. ¡Qué tontería aquello del “bien común”, del provecho para el bien común! Ingenuidades decimonónicas. Lo que necesita nuestra sociedad, nuestro siglo, este siglo XXI que ha comenzado con tanto brío y esplendor, son tiburones, “trepas”, gente competitiva.

A mí me parece que los partidarios del “entorno competitivo” padecen un importante problema de enanismo ético. Pero casi más grave aún es su escasez de realismo acerca del tipo de personas que necesita nuestra sociedad. El planeta Tierra no necesita más depredadores humanos. Necesita lo contrario. La cosa es tan obvia que ofendería a los lectores extendiéndome.

De la competitividad de los profesores y, más en concreto, de los profesores universitarios, veo conveniente decir también alguna cosa. En teoría, el progreso profesional de los más jóvenes no depende ya de sus mayores, sino de unos organismos evaluadores difíciles de desentrañar en su elemento subjetivo decisivo (es decir: de personas que no se sabe, o no se sabe bien, quiénes son: los que evalúan en realidad). En todo caso, los evaluadores, formales y reales, no tienen por qué saber nada de la materia que cultivan los evaluados y, de hecho, no saben nada. Estamos hablando, sobre todo, de la famosa ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación), que, suprimidas cualesquiera pruebas públicas, tiene ahora en sus manos el primer paso para ser funcionario docente universitario (Profesor Titular, TU, o Catedrático, CU), primer paso que es una “acreditación” como TU o CU. Los doctores con contratos indefinidos aspiran lógicamente a ser acreditados como Titulares y éstos, como Catedráticos. Después vienen los concursos (desiguales, porque dependen de cada Universidad) a plazas concretas, si las hay (o se espera que las haya), a los que sólo pueden concurrir los acreditados.

Con este sistema, que ya ha generado unas considerables “bolsas” de “acreditados sin plaza” (sobre todo, paradójicamente, en las Universidades de mayores dimensiones), se diría que los jóvenes profesores de Derecho Procesal, por ejemplo, no dependen, para el primer paso de su progreso (la acreditación), de otros profesores de Derecho Procesal, Titulares o Catedráticos. Y se diría que no tienen que competir entre ellos para ese primer paso. Porque se puede y se debe acreditar a tantos cuantos lo merezcan. Ninguna competitividad, pues. Y el peso de la “escuela” a la que se pertenezca (y el de aquéllas a las que no se pertenezca) se reduce considerablemente, por no decir que, en teoría, ha desaparecido. El “maestro”, si se tiene, acaso enseñe, pero no “coloca”. Para ir “colocándose” en la carrera, la clave primera es que la ANECA te acredite. Para acreditarse, al joven historiador contemporáneo raramente le evaluarán personas con algún prestigio en Historia contemporánea o, por seguir con el ejemplo, al joven procesalista no le concederán o denegarán la acreditación juristas dedicados al Derecho Procesal.  Si acaso, puede que entre los evaluadores haya algún Catedrático de Derecho, pero la mayoría serán pedagogos, sociólogos y economistas.

“Y entonces, ¿qué?”, se preguntarán los lectores no inmersos en el ambiente universitario español. Pues entonces lo que ocurre es que hay que presentar papeles que acrediten actividades que puntúen, conforme a un baremo, aunque con amplio margen de discrecionalidad anequil en bastantes capítulos de méritos. Y hay que esperar a ver cómo aplican los evaluadores profesionales los “índices de impacto” de las publicaciones, especialmente cuando, como ocurre en tantas materias (las jurídicas, por ejemplo), no hay “índices de impacto” en absoluto o no los hay medianamente serios. Además, aunque se acredite un trabajo intenso y serio con buenas y abundantes publicaciones, el joven aspirante a Profesor Titular (o incluso a Catedrático) puede verse descalificado por no haber ocupado cargos académicos o similares (en una Universidad como la mía, de 80.000 alumnos y más de 3000 profesores) o no haber dirigido tesis doctorales, aunque en su mismo Departamento haya 20 profesores doctores más antiguos, que, con lógica, están en mejores condiciones, de todo tipo, para dirigir cualquier tesis doctoral. Y lo que es peor: cabe que se le reproche al “aspirante” no acreditar “estancias de investigación” largas, lo que discrimina negativamente a los casados frente a los solteros, a los padres y madres con hijos frente a quienes no los tienen, a los enfermos que no pueden viajar frente a los sanos, a los que disponen de recursos económicos amplios frente a los que van muy justos, etc. Aparte de la tontería de medir por varios meses las estancias de investigación que cuentan -insisto: estancias de investigación, no cursos en el extranjero-, cuando es sabido que lo que cuenta de verdad es la preparación para hacer en Siberia o en la Sorbona la investigación que haya que hacer en Siberia o en la Sorbona en el tiempo que sea necesario (quiza tres o cinco días) para hacerla y no el número de días que se pasen en una Universidad californiana, alemana o australiana. A todas éstas, a los evaluadores profesionales no les importa qué se hizo en la "estancia de investigación".

Por supuesto, hay más cosas que aguantar y a las que amoldarse si se quiere hacer carrera:  entre otros geniales descubrimientos valorativos, la ANECA (como otras agencias autonómicas) sobreprima la llamada “innovación educativa”, medida a base de participar en cursos, cursillos y cursetes (que diría José María García) y de haber liderado “proyectos de innovación educativa”, que suelen ser, en muchos ámbitos de enseñanza y aprendizaje, verdaderas tonterías y hasta claros insultos a la inteligencia, como esos proyectos que Pajín y Aido, p. ej., (v., aquí mismo, el post DINERO PÚBLICO PARA COCINEROS...: http://andresdelaoliva.blogspot.com/search/label/Subvenciones) gustaban de subvencionar cuando aún les quedaban euros que derrochar. Y yo veo a mis jóvenes compañeros apuntarse a aberrantes cursos y seminarios (donde unos presuntos gurús de la pedagogía denuestan los libros, los "condenan" in toto: ¡qué cosas!), avalanzarse sobre las convocatorias de esos “proyectos” y fabricar presentaciones gráficas que están muy bien, pero que, al fin y al cabo, explican en 25-30 minutos, con fotografías, videos, gráficos y textos en cuadritos, lo que se puede explicar en 5-10 minutos a un auditorio normal sin ni siquiera echar mano de tiza y utilizar pizarra. Pero ahora, con los planes de cuatro años para enseñar y aprender lo que apenas se enseñaba y se aprendía en cinco, si nombras o citas a Hegel tiene que aparecer una imagen de Hegel en alguna parte. Digo yo que a quien logre un holograma de Savigny le acreditarán Catedrático de cualquier rama del Derecho a las primeras de cambio y sin más.

Pues no se lo creerán Vds., pero, con este panorama y todo, el profesorado anda casi tan nervioso y competitivo como antes, si no más. Sólo que ahora no se dedican a lo que les interesaría de verdad, sino a lo que más puntúa según los criterios anequiles. De manera que, en vez de indagar, pongo por caso, por qué la mitad de las Audiencias Provinciales entienden el art. 39 (es un decir) de una forma y la otra mitad en sentido opuesto y formar y ofrecer su propio y madurado criterio, se dedican a fabricar “powerpoints”, mirando de reojo qué “powerpoint” o cosa similar se les ha ocurrido emprender a sus compañeros. Y, miren Vds. por dónde, cuando antes el profesor y la profesora normales (los que no se han quedado en la Universidad por ser incapaces de otra cosa: los que están porque les gusta investigar y enseñar), cuando éstos, decía, antes deseaban que les dejasen en paz para preparar sus clases, leer y escribir, ahora se tienen que pelear por ser miembros de la Junta de Facultad, coordinadores de no se qué y presidentes o secretarios de la comisión de no sé cual. Porque eso puntúa y la carencia de eso descalifica.

Seguramente que la competitividad (no hablo de salarios y competitividad, sólo de ésta) está muy bien entre empresas concurrentes. Pero en los equipos de trabajo, en los grupos humanos formados por personas que tienen un quehacer común, aunque éste sea la suma de trabajos personales, la competitividad es el humus perfecto para que crezca la cizaña y toda suerte de malas hierbas. Lo que en realidad beneficia a todos es la capacidad y la disposición de cooperar, cada uno con lo que buenamente puede, cada uno como quien es, sin pereza y sin dejadez o conformismo, pero sin ansiedades ni constantes comparaciones inmaduras con los demás. Formar a alumnos en un entorno de competitividad (no para la competencia, sino dentro de un ambiente competitivo), lo mismo que no atajar una competitividad descarada o solapada en un grupo de profesores, es como hacer un curso intensivo para adquirir rápidamente unos cuantos de los más insidiosos vicios, aquéllos antes llamados “vicios capitales”. La mala hierba que crece primero es la envidia: la tristeza a causa del bien ajeno, que, entre otros perversos efectos, ciega sobre los bienes propios y los malversa malamente. Otras mezquindades, que empequeñecen el espíritu, marchitan la ilusión y matan la alegría, vienen después. En estos tiempos modernos de sinergias, ¿qué sentido tiene esta competividad?. ¡Maldita competitividad!

martes, 5 de abril de 2011

LA TRAGEDIA DEL 11 DE MARZO DE 2011: LUCES Y SOMBRAS JAPONESAS


SÍ, EN JAPÓN TAMBIÉN CUECEN HABAS


A ver si, realmente por derecho y con brevedad, pongo en claro algunas cosas. Para empezar, diré que no se me cae la baba con Japón y con los japoneses hasta el punto de que cuanto allí ocurra o éstos hagan arranque de mí emocionados aplausos y ferviente adhesión. No me faltan, desde hace muchos años, bastantes conocimientos sobre el Japón. Y también es antigua mi idea de que, de entre los países desarrollados, el último -así, el último- al que me iría a vivir, siquiera fuese una temporada, sería Japón. He tenido ocasiones para viajar al Japón y nunca lo he hecho. Y es que no me gusta ni su teatro ni su poesía ni su música. A buen seguro que no me gustan porque no los entiendo, pero lo cierto es que no me gustan esas expresiones artísticas y, sin embargo, me gustan músicas y poesías que no pertenecen a mi mundo cultural, sino a otros muy diversos y lejanos. Y, reconociendo que no es mi mundo y que no lo entiendo, lo cierto es que tampoco me gusta, en conjunto, el estilo de vida japonés, ni el tradicional ni la mixtura actual derivada de los años del virreinato de Mac Arthur y demás continuadores USA, que, por cierto, aportaron a Japón no pocos elementos positivos, y no sólo el béisbol.

Tan escasa inclinación hacia lo japonés no es cosa de la que me parezca que puedo o debo presumir, porque seguramente tiene que ver en buena medida con defectos personales y limitaciones de mi forma de ser. Hago esta confesión para que se conozca cuál es la base subjetiva desde la que he formulado en este “blog” opiniones sobre la compleja situación de Japón tras el gran terremoto y subsiguiente tsunami de 11 de marzo de 2011.

Con todo, mis impresiones sobre el mundo nipón tampoco me parece que sean las de un “bicho raro”. Hay muchos aspectos de la vida japonesa que, al parecer, disgustan a los mismos nipones en cuanto disponen de parámetros vitales comparativos. He visto a bastantes japoneses a los que, tras vivir dos o tres años en España, les costaba un enorme esfuerzo pensar en volver a su tierra, para de nuevo carecer de razonables vacaciones, de un mínimo ocio semanal e incluso diario y, a la postre, de un ámbito mayor de autonomía personal y familiar. La estructura empresario-feudal del Japón me produce escalofríos y eso no me parece “friki”, sino bastante explicable conforme a criterios valorativos que considero universalmente válidos. Y sé, de antiguo, que, dentro de esa estructura, anida una criminalidad muy bien organizada y prácticamente institucional, la Yakuza, lo que supone un ingrediente de intensa crueldad con no pocas manifestaciones.

Por eso, al recibir de un anónimo comunicante el enlace que copio http://www.elmundo.es/cronica/2003/399/1055060977.html), con la invitación a comentarlo, lo he leído y me ha entristecido mucho, pero no me ha extrañado: el reclutamiento de mendigos para limpiar centrales nucleares. Léanlo si quieren. La más cruel explotación está presente en muchas sociedades, incluso avanzadas. Y eso, pienso, sucede ahora mucho más en Oriente que en Occidente. Existe ese ingrediente en Japón, lo mismo que en la “emergente” y ahora muy admirada China -un país de desigualdades que apenas podemos imaginar y de mucha “fuerza laboral” en condiciones inhumanas- y asimismo en la tan de moda, hace años, cuenca subasiáticadesregulada”. Son realidades en verdad tremendas. Por eso, me asombra la extendida y con frecuencia rendida admiración de muchos occidentales ante modelos de “productividad” estrechamente emparentados con la esclavitud. Y encuentro vomitiva, en buena medida, la “deslocalización” en búsqueda de disminución de costes, a toda costa.

Pero volvamos concretamente a Japón. Con la misma convicción y sinceridad con que he escrito lo anterior, escribo que, pese a todo, los japoneses y las japonesas, tan distintos de nosotros, son, como regla e individualmente considerados, personas con muchas virtudes y cualidades admirables. Y no carecen, como pueblo, de grandes virtudes sociales asimismo dignas de admiración. Esas virtudes son las que cabe apreciar y encomiar a la vista de su reacción ante la catástrofe del 11 de marzo de 2011, aun cuando coexistan con actos o costumbres de crueldad y de explotación, paradójicamente facilitadas por la resistencia, la paciencia, la capacidad de sacrificio y muchas otras cualidades, en sí mismas positivas, que distinguen a la inmensa mayoría de los japoneses. Lo que vamos sabiendo a propósito de la central nuclear Fukushima I no desmerece en absoluto de los japoneses, sino de una parte de su clase dirigente empresarial, modélica en ciertos aspectos, sí, pero también capaz, en otros, de grave codicia e inhumanidad.

Dicho esto: lo que he venido defendiendo a proposito del terremoto y el tsunami de 11 de marzo de 2011 se puede resumir así: 1º) Se ha mirado mucho a las consecuencias en las centrales nucleares y, concretamente, en Fukushima I y muy poco, despiadadamente poco, a las muchas víctimas y a los enormes daños; 2º) Los datos que se iban conociendo sobre la situación de “lo nuclear” se han transmitido con poco rigor analítico y exceso de truculencia, de modo que, para muchos, central nuclear y bomba atómica han venido a ser equivalentes; 3º) En el tratamiento de la situación de Fukushima se ha despreciado o minusvalorado la excepcionalidad del tremendo terremoto del 11 de marzo pasado; 4º) Han abundado las declaraciones y noticias mal digeridas y ofrecidas con imprudencia y exceso de alarmismo, cuando no incitación al pánico. En concreto, un dirigente europeo se distinguió notablemente en esta línea. Insisto: en castizo, fue un bocazas.

Por mi parte, quizá he atribuido más acierto del real a los japoneses implicados en reconducir la situación de Fukushima I (y también a quienes la diseñaron y construyeron). Pero me parece que, a falta de valoraciones absolutamente fiables -de las que muy pocos dispondrán-, era más razonable presumir la competencia y el acierto que lo contrario. Llevo días sin descartar en este “blog” un agravamiento en el curso de los acontecimientos, que, en todo caso, no sería ni como Hiroshima o Nagasaki. Si las cosas tomasen un cariz peor (y espero y deseo que no sea así, aunque veo que no falta los que parecen esperar y desear lo contrario), confío en que todos, empezando por los japoneses, aprenderíamos de los errores, por mucho interés que hubiese en disimularlos o atenuarlos.

viernes, 11 de diciembre de 2009

ANTE LA CRISIS, ACERTAR CON LA LIBERTAD Y POTENCIAR LOS DEBERES


RELEER A ALEXANDER SOLZHENITSYN (II)


Después de los párrafos transcritos en una entrada anterior, Solzhenitsyn abre expresamente la cuestión de “la orientación de la libertad”. Para Solzhenitsyn, como para centenares de autores y millones de ciudadanos de toda raza, edad, sexo, en los cinco continentes, ahora y desde que comienza la historia humana, la capacidad de elegir por uno mismo, que es algo de inmenso e insustituible valor, puede orientarse erróneamente o acertadamente. Puede impulsar el bien o el mal. Los asesinos pueden ser tan libres como los mártires. La libertad no hace buena cualquier elección. Sólo determina que sea una elección libre, de la que, por ser libre, es responsable el sujeto que elige.

De nuevo, en negrita con sólo algún resalte en cursiva, propongo releer una parte del discurso de 1978 en Harvard: “A world split apart”:

En la sociedad occidental actual se ha revelado la desigualdad que hay entre la libertad para las buenas acciones y la libertad para las malas. Un estadista que quiera lograr algo importante y altamente constructivo para su país está obligado a moverse con mucha cautela y hasta con timidez. Miles de apresurados (e irresponsables) críticos estarán pendientes de él. Constantemente será desairado por el parlamento y por la prensa. Tendrá que demostrar que cada uno de sus pasos está bien fundamentado y es absolutamente impecable. El resultado final es que una gran persona, auténticamente extraordinaria, no tiene ninguna posibilidad de imponerse. Se le pondrán docenas de trampas desde el mismo inicio. Y de esta manera la mediocridad triunfa con la excusa de las restricciones impuestas por la democracia.”

“En todas partes es posible, y hasta fácil, socavar el poder administrativo. De hecho, este poder ha sido drásticamente debilitado en todos los países occidentales. La defensa de los derechos individuales ha alcanzado tales extremos que deja a la sociedad totalmente indefensa contra ciertos individuos. Es hora, en Occidente, de defender no tanto los derechos humanos sino las obligaciones humanas.”

“Por el otro lado, a la libertad destructiva e irresponsable se le ha concedido un espacio ilimitado. La sociedad ha demostrado tener escasas defensas contra el abismo de la decadencia humana; por ejemplo, contra el abuso de la libertad que conduce a la violencia moral contra los jóvenes bajo la forma de películas repletas de pornografía, crimen y horror. Todo esto es considerado como parte integrante de la libertad, y se asume que está teóricamente equilibrado por el derecho de los jóvenes a no mirar y a no aceptar. De este modo, la vida organizada en forma legalista demuestra su incapacidad para defenderse de la corrosión de lo perverso.”

“¿Y qué podemos decir de los oscuros ámbitos de la criminalidad? Los límites legales (especialmente en los Estados Unidos) son lo suficientemente amplios como para alentar no sólo la libertad individual sino también el abuso de esta libertad. El culpable puede terminar sin castigo, o bien obtener una compasión inmerecida, todo ello con el apoyo de miles de defensores en la sociedad. Cuando un gobierno seriamente se pone a erradicar el terrorismo, la opinión pública inmediatamente lo acusa de violar los derechos civiles de los terroristas. Hay una buena cantidad de estos casos.”

El sesgo de la libertad hacia el mal se ha producido en forma gradual, pero evidentemente emana de un concepto humanista y benevolente según el cual el ser humano – el rey de la creación – no es portador de ningún mal intrínseco y todos los defectos de la vida resultan causados por sistemas sociales descarriados que, por consiguiente, deben ser corregidos. Sin embargo y extrañamente, a pesar de que las mejores condiciones sociales han sido logradas en Occidente, sigue subsistiendo una buena cantidad de crímenes; incluso hay considerablemente más criminalidad en Occidente que en la pauperizada y legalmente arbitraria sociedad soviética. (Es cierto que hay una multitud de prisioneros en nuestros campos de concentración acusados de ser criminales, pero la mayoría de ellos jamás cometió crimen alguno. Simplemente trataron de defenderse de un Estado ilegal que recurría al terror fuera de un marco jurídico).”

Supere el lector una probable impresión, causada por la fuerte influencia de la corrección política y cultural dominante, de estar ante un discurso "carca", muy conservador. Matices y observaciones secundarias aparte, Solzhenitsyn, con cuarenta años de gulag a sus espaldas, está ejemplificando el coraje y la valentía para decir honradamente a Occidente, en el templo progresista de Harvard, lo que él ve, que en sustancia, son, a mi parecer, verdades como puños. Dos ideas fuerza de esta parte del discurso se muestran hoy tan actualísimas como importantes. La primera es que la libertad, aunque es un supremo bien en sí misma y la privación de la libertad es un mal, no tiñe necesariamente de bondad toda conducta libre, activa u omisiva. Los parámetros de bondad o maldad de nuestro comportamiento están, en gran medida, fuera e incluso por encima de la libertad. Hasta el más recalcitrante de los relativistas funciona con tales parámetros, los haya encontrado aquí o allá. Las personas que de verdad carecen de ellos son sociópatas (los hay) y nutren, entre otros oscuros escalafones, el de los serial killer, los asesinos en serie. Además de que la generalidad de las personas los sienten y los viven, hay criterios -valores, han dado en ser llamados- que se aceptan casi universalmente como válidos y necesarios: decir la verdad es bueno, aunque sólo sea porque mentir y engañar no está bien, lo que se aprecia con suma claridad cuando uno es engañado con mentiras o medias verdades. Tampoco está bien apuñalar o patear y, de nuevo, eso se ve muy claro si a uno le apuñalan o patean. Y la fidelidad conyugal es buena: el que es infiel quizá no lo tenga claro durante un tiempo, pero al engañado no hay que convencerle de la maldad de la infidelidad.

Honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere, célebre definición que Ulpiano proporciona de los preceptos jurídicos (básicos) es, por ejemplo, una pequeña lista de criterios de bondad que casi nadie discute: vivir honradamente, no dañar al otro, dar a cada uno lo suyo. No interprete nadie esta referencia a Ulpiano como si intentase yo sugerir un posible germen de una moralidad universal y consensuada. Lo que quiero decir es que resulta insostenible, y es, de hecho, irreal, la vida humana en sociedad sin reglas y convicciones morales que guíen la conducta de la gran mayoría de las personas. Y cuanta mayor sea la elevación de esas reglas, mejor será la convivencia, mejor funcionarán las estructuras legales, que, sin elevación moral en la mayoría de la población, se degradan primero y después se acaban corrompiendo fétidamente. Más genuina será, en concreto, la democracia, puesto que es la forma de gobierno y organización social que requiere mayores dosis de altruismo.

Un ejemplo principalísimo, por más tópico que sea, es el que en el anterior pasaje de su discurso señala Solzhenitsyn: la criminalidad rampante, que no se ha atenuado desde 1978, sino todo lo contrario. No hay Código Penal, ni leyes penitenciarias ni procesales capaces de contener –simplemente contener- la violencia, la avaricia, la mentira y el engaño que se enseñorean de unas sociedades desmoralizadas, en las que a los niños no se les inculcan, ante todo por sus padres (con palabras, ejemplos y reprensiones claras), valores morales sólidos, sino que, al contrario, desde pequeñitos se les crea y se les fomenta un ambiente favorable a la facilidad de adquisición de todo bien material, a la pronta satisfacción de todo capricho, al logro de metas sin esfuerzos serios y perseverantes. Si a los niños y a los adolescentes (con una adolescencia larguísima, comercial y educativamente promovida) se les “inyecta” individualismo egoísta en dosis masivas, ¿de qué podemos extrañarnos? Si, siempre en una atmósfera de pura comodidad, se droga al niño poco espabilado y se droga también al que parece que está “hecho de rabo de lagartija”, como antes decían las madres, y eso ocurre porque lo quieren unos pobres padres poco dispuestos a los sacrificios de la educación de sus retoños y lo consienten pediatras y psiquiatras infantiles que no ven más allá de las tristes narices de sus “especialidades” (?), si a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes (¡vaya concepto de “joven”, tan confortable como ridículo, se ha instalado en nuestra sociedad!) se les bombardea con halagos y se les disculpa sistemáticamente, de modo que, de hecho, cualquier fracaso siempre es culpa de otros (de los profesores, p. ej., cuya autoridad es nula ante los mismos padres) y cualquier contratiempo, en vez de ser algo superable y común en la vida humana, siempre ha de considerarse intolerable, ¿por qué nos sorprenden los excesos del botellón, la iniciación y la inmersión en la droga, la violencia gratuita, la mala salud de tantos chicos y chicas, machacados por todos esos y otros elementos, mal dormidos, mal comidos, aburridos, masificados, incultos bárbaros cuando no analfabetos funcionales?

Lo dije hace muchísimos años y lo repito ahora, porque, desdichadamente, está ahora aún más claro que hace veinte años: vivimos en una sociedad que rechaza muchos fenómenos negativos, pero no está en absoluto dispuesta a actuar sobre las causas de esos fenómenos. No quiere los efectos y no sólo no rechaza suficientemente las causas de esos efectos, sino que quiere decididamente las causas. Las defiende, se aferra a ellas.

Si a esta situación social añadimos una clase dirigente que rehúsa reflexionar en serio sobre las causas de lo que reconoce que es lamentable, que rechaza todo intento de rectificación y que, más aún, promueve sin cesar la vida irresponsable del niño, del adolescente y del joven, el sesgo de la libertad hacia el mal, como decía Solzhenitsyn, inexorablemente nos conduce a una indisimulable decadencia social, económica e incluso física.

Es preciso reconocer que tenemos todos potencialidades perversas, que no conviene fomentar, aunque bastantes de ellas no se sancionen penalmente. El buenismo, el “buen salvaje”, es una idiotez, desmentida, a todas horas y en todas partes, por los hechos. Con reformas de leyes y con nuevas leyes apenas nada se puede arreglar. Hace falta lograr, de muy diversos modos, que en la sociedad se restaure un verdadero respeto general a imperativos morales elevados.

Segunda idea madre, íntimamente emparentada con la anterior, en este pasaje del discurso de Solzhenitsyn: el hombre no es sólo (y me atrevería incluso a afirmar que no es primordialmente) un sujeto de derechos. El hombre es, ante todo, el destinatario de muchos deberes. La noción de deber –deber jurídico, deber moral, deber cívico- debe recuperar la primacía. Y eso en absoluto debilitará la titularidad de los derechos. Sencillamente, supondrá deshacer un desequilibrio perdido durante demasiado tiempo y que ha generado un auténtico cambio antropológico, tan extraordinariamente perturbador que está destruyendo al Estado y convirtiendo a millones de ciudadanos en sujetos incapaces de esfuerzo, de superación, de iniciativa, de madurez. El olvido masivo de los deberes es un fenómeno catastrófico, agudizado por la constante invención de nuevos falsos derechos, que por ser falsos, no pueden ser satisfechos y sólo generan frustraciones. No terminaré sin recordar lo que, con mucha razón (razón jurídica: ratio iuris), sostenía aquel gran Maestro español del Derecho, Federico de Castro y Bravo: que el concepto jurídico primario no es el de “derecho”, sino el de “deber”.