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domingo, 31 de enero de 2010

PAPÁS: NO QUERÁIS HIJOS "TRIUNFADORES"


UNA LECCIÓN DE PEDAGOGÍA,
A CARGO DE TOMÁS MORO



[Indispensable advertencia previa: el autor no cree que todo tiempo pasado haya sido mejor y, además, no siente ninguna nostalgia (y mucho menos nostalgia de tiempos escolares). Pero el autor sí tiene memoria. Y abrió y mantiene este “blog” para decir lo que honradamente piensa, que tampoco es lo primero que se le viene a la cabeza.]


Un número incontable de profesores, en todos los niveles educativos, detectan graves y básicas insuficiencias (vamos a llamarlas así) en sus alumnos. Los profesores de bachillerato (el actual) y de Universidad ven, por ejemplo, un déficit de conocimientos, muchos de ellos elementales. Pero también son muy llamativos los fallos de carácter (se ha hablado de carácter toda la vida y seguramente los lectores me entenderán, aunque ahora al carácter quizá se le llame de otra manera o se utilicen varias denominaciones para referirse a distintos aspectos del carácter: perdonen que sea un poco old fashioned y desconozca la más reciente terminología).

El caso es que nuestra sociedad está plagada de niños, adolescentes y jóvenes flojos de remos en todos los sentidos (también en el físico), caprichosos, indolentes, arrogantes, recalcitrantemente opuestos al esfuerzo intelectual, patológicamente consumistas y desconocedores de la responsabilidad personal. ¿Son una novedad absoluta? Desde luego que no. Siempre ha habido niños, adolescentes y jóvenes más o menos así, aunque ahora la adolescencia y la juventud hayan triplicado su duración habitual durante siglos. Lo que es nuevo es la alta proporción de los sujetos con esas características en el total de su grupo. Lo nuevo es que se pueda hablar, aunque figuradamente, claro, de una plaga.

Y a todas horas hablamos de este asunto, porque a todas horas lo vemos e incluso lo sufrimos personalmente (ya dije aquí, no hace mucho, que en la Universidad, especialmente en los últimos cursos, sufrimos bastante menos, porque una buena parte de los alumnos se han recuperado de su infancia y adolescencia lamentables y son hombres y mujeres maduros). Se habla de los malos y peores planes de estudio que los muchachos han padecido, se habla algo del "ambiente" y se habla también de los padres. Y, aunque, desde luego, los planes y el "ambiente" han sido y siguen siendo nefastos, los queridos papás y las queridas mamás han tenido y siguen teniendo bastante que ver en que sus retoños, demasiadas veces, dejen mucho que desear en conocimientos y en carácter.

Por supuesto, hay incluso “killers boys” y chicos con síndrome del niño tirano, etc., en los que sus padres volcaron muchos y acertados esfuerzos. Muchas veces, los pobres padres se preguntan “¿en qué hemos fallado?”, en plural (cuando la familia es biparental y estructurada), y no hay respuesta racional: no fallaron ellos, sino sus criaturas, porque, a fin de cuentas, eran libres y porque está también el ambiente, del que gran parte de responsabilidad incumbe a las autoridades públicas y a los dirigentes sociales, con frecuencia ejemplos perfectos de todo lo contrario de lo que unos buenos padres desean para sus hijos.

Pero ha habido y hay muchos padres que han propiciado catástrofes materiales e inmateriales de sus hijos, no sólo por no negarles nada material, por permitirles toda clase de bobadas y por no dedicarles el tiempo necesario, sino también -en esto me quiero centrar hoy- por educarles con alabanzas continuas y, más aún, en la búsqueda de la alabanza y de la inmediata recompensa al esfuerzo y al trabajo bien hecho. Pensando en esto, he recordado con cuánta fuerza, con qué convicción, habla de la educación de sus hijos, justamente en este punto, aquel humanista insigne, Tomás Moro. Y aquí les copio [de Un hombre para todas las horas. La correspondencia de Tomás Moro (1499-1534), selección, traducción, introducción y notas de A. Silva, Madrid, 1998] los párrafos más jugosos de la carta que Moro, el 22 de mayo de 1518, dirigía a William Gonell, tutor de la escuela que Moro mantenía en su casa y responsable directo de la educación de sus hijas, Elizabeth y Margaret, ambas cultísimas y la última, singularmente excelente en todos los sentidos, como consta en su correspondencia con el mismísimo Erasmo de Rotterdam. La cursiva es mía.

Así como es propio del hombre bueno evitar la infamia, esforzarse para alcanzar renombre es señal de un hombre no sólo arrogante sino ridículo y despreciable. Desasosegado ha de estar el espíritu de una persona si está siempre vacilando entre la alegría y la tristeza según las opiniones de los demás. Entre todos los beneficios que la educación concede a los seres humanos, me parece que ninguno es más excelente que este, a saber, que por medio del estudio se nos enseña a buscar en el mismo estudio no el elogio, sino la utilidad.” [AOS: obviamente, no en sentido utilitarista]

Y, poco más adelante, prosigue Moro: “Os escribo por extenso sobre cómo evitar perseguir la fama, mi querido Gonell, por lo que me decís en vuestra carta de que el carácter sublime y excelso de Margaret no debe ser abatido [AOS: no se debe lesionar su autoestima, diríamos hoy]. En este juicio estoy de acuerdo. Pero me parece a mí, y a vos también sin duda, que se falsificaría un carácter generoso y una sublime aptitud intelectual si alguien la acostumbrara a admirar lo que es bajo y vano. “

Continúa Moro con muchos argumentos y, en un momento determinado, afronta una objeción de entonces y de ahora: “son unos niños”. Dice: “Supongamos, sin embargo, que os oigo ahora poniendo la siguiente objeción, a saber, que aunque estos preceptos sean verdaderos, se encuentran más allá de la tierna edad de mis hijas.” A esto responde de inmediato Moro como se transcribirá, pero señalo que, sin decirlo, esa respuesta se asienta sobre la base de una gran confianza en sus hijos, en la capacidad de los niños para entender y asumir algo que no es fácil. Dice Moro lo siguiente:

Pues sería raro hallarse con un hombre, por viejo que fuera y avanzado en estudios, cuya mente esté tan fija y firme que no sienta algunas veces las cosquillas del deseo de la gloria. Mi querido Gonell, cuanto más acierto a ver la dificultad de deshacerse de esta peste de la soberbia, tanto más veo la necesidad de trabajar sobre este punto desde la niñez. Pues no encuentro otra razón por la que este mal ineludible se pega de tal manera a nuestros corazones si no es el que casi tan pronto como nacemos lo siembran en las tiernas mentes de los niños sus niñeras, lo cultivan los maestros y lo alimentan y maduran sus padres. Al mismo tiempo nadie les enseña nada, ni siquiera lo bueno, sin prometerles siempre que esperen alabanzas como recompensa y premio de la virtud. De esta manera, tan acostumbrados a amplificar la alabanza, se esfuerzan en agradar al mayor número posible de personas (es decir, al peor número) y acaban avergonzándose de ser buenos. Para que esta plaga de la vanagloria sea desterrada lejos de mis hijos, ójala vos, mi querido Gonell, y su madre y todos sus amigos, les canten esta canción, y la repitan y la martilleen en sus cabezas: que la vanagloria es despreciable, y algo sobre lo que se escupe, y que no hay nada más sublime que aquella humilde modestia tan a menudo alabada por Cristo.”

¿Se “pasaba” Moro? No lo creo. Porque su probado sentido común y su acuerdo con Gonell en no “abatir” a su hija Margaret indica que no rechazaría razonables estímulos y sí se opondría, en cambio, a humillaciones o a reprimendas impostadas. Lo que pide Moro es algo que los buenos y razonables padres han hecho durante siglos, sin haber leído a Moro: no educar niños “creídos”, sino inculcarles que valoren los esfuerzos de estudio y aprendizaje por lo que logran en su interior y porque esos esfuerzos son buenos. Y enseñarles que no se han dado a sí mismos la inteligencia que tienen y que no es buena cosa buscar como sea el aplauso social. Cuando vemos tantos que “se pasan de listos” (expresión interesantísima de nuestra lengua) y, al cabo, se suelen estrellar; ante tantos “números uno” de su promoción o selectos procedentes de los diversos "West Point", cerrados a aprender de nadie (lo saben todo); ante tanta buena gente sufriendo acomplejada (desasosegada, diría Moro) porque otros logran un reconocimiento social que ellos no tienen, etc., veo inobjetable la sabiduría de Moro, a disposición del que no quiera equivocarse más.

Por lo demás, las personas que saben y siguen aprendiendo de todos, ésas que no “se las dan”, sino que dan, ¿no nos parecen admirables y amables? Decididamente, tenía razón Moro con su radicalismo. Y ahora habría que recuperarlo. Porque ya está muy claro que no valen medias tintas. Y que "a grandes males, grandes remedios".

jueves, 6 de agosto de 2009

LECTURAS REFRESCANTES PARA EL VERANO (II)

ERASMO RETRATA A TOMÁS MORO (y II)
Prosigo la transcripción de la carta de Erasmo, el 23 de julio de 1519, a Ulrich von Hutten. Se completa así el retrato del personaje que fue, y es, un "omnium horarum homo", un hombre para todas las horas, a man for all seasons. Recuérdese: no se trata de una laudatio pública, de un elogio fúnebre o de una pieza hagiográfica. Es una carta que un hombre exigente escribe sobre una persona viva y dirige a un tercero.
"Había resuelto contentarse con este puesto pues le daba sufi­ciente autoridad y al mismo tiempo no le exponía a serios peligros. Más de una vez fue forzado a ir en misiones diplomáticas; y como las realizó con gran inteligencia, su serena Majestad el rey Enrique VIII no paró hasta que le arrastró a su Corte. ¿Por qué no usar esta palabra, 'arrastró'? Nadie ha ambicionado tanto ir a la Corte como él se empeñó en escapar de ella. (...) Si se presenta algún asunto grave, no hay mejor consejero. Si el rey desea dar un descanso a su mente con temas más ligeros, no hay compañía más alegre. Ocurre con frecuencia que asun­tos difíciles exigen un juez capaz y autoritativo; Moro puede resolver esos casos de manera que ambas partes queden agradecidas. Con todo, nadie ha conseguido todavía persuadirle para que acepte un regalo. ¡Qué feliz sería una nación si el soberano nombrara para cada puesto un magistrado como Moro! Y en todo este tiempo no ha sido man­chado por la soberbia."
"Entre estas montañas de trabajo no se olvida de sus viejos y ordinarios amigos, y vuelve de cuando en cuando a su querida litera­tura. Cualquiera que sea su posición, cualquiera que sea su influencia con rey tan poderoso, todo lo dirige al bien de la sociedad y de sus amigos. Su propia disposición siempre ha estado preparada para ha­cer el bien a todos, y maravillosamente inclinada a la misericordia; y ahora tiene más campo para ejercitarla porque tiene más poder para hacer el bien. Ayuda a algunos con dinero, a otros con la protección de su au­toridad, y a otros con una recomendación. A quienes no puede ayudar de ninguna otra manera, les ayuda con buenos consejos. Nunca despide a nadie triste. Podrías decir que Moro es el patrón público de todos los necesitados. Se cree afortunadísimo si tiene ocasión de aliviar al opri­mido, de ayudar al que está perplejo o metido en algún embrollo, o de reconciliar a quienes pelean. Nadie disfruta tanto teniendo un gesto amable y nadie exige menos agradecimiento por hacerlo. A pe­sar de ser muy afortunado en tantos aspectos, y aunque la buena for­tuna a menudo va acompañada de la jactancia, todavía no he tenido yo la suerte de ver a otro mortal que esté tan lejos de esa falta como lo está él."
"Pero volvamos a sus estudios literarios que han sido el lazo principal entre Moro y yo. Al principio practicó sobre todo la poesía; siguió luego una larga lucha por adquirir un estilo de prosa más ágil, ejercitando su pluma en todo género de escritos. ¿Acaso hace falta ha­blar de su estilo actual, sobre todo en tu caso, que tienes siempre sus libros en tus manos? Le gustan de manera especial las declamaciones, y dentro de ese terreno, en cuestiones paradójicas, pues en ellas tiene más campo el ingenio. Cuando era adolescente trabajó en un diálogo en el que defendía la doctrina de Platón sobre el comunitarianismo, ex­tendido aun a las esposas. Escribió una respuesta al Tiranicida de Lu­ciano, y quiso tenerme a mí como su oponente para probar con más precisión los progresos que había hecho en este tipo de composición. Publicó la Utopía con la intención de mostrar el por qué de las defi­ciencias en la sociedad; pero retrató sobre todo la nación inglesa por­que la había estudiado y era la que mejor conocía. Escribió primero el libro segundo, en su tiempo libre; más tarde, cuando tuvo una oportu­nidad, añadió el primer libro bajo la inspiración del momento. De ahí esa cierta desigualdad en el estilo."
"Sería difícil encontrar un orador que improvise mejor que él: una lengua feliz sigue sumisa a una ingeniosa cabeza. Su inteligencia está siempre dispuesta, siempre pasando con agilidad al siguiente punto; su memoria siempre a mano, y como todo en ella se preserva contante y sonante, saca con prontitud y sin titubeo lo que el tiempo o lugar pidan. Nada más perspicaz se puede imaginar en las discusiones, de modo que ha menudo las ha tenido con los más eminentes teólogos en sus propias especialidades y casi ha resultado demasiado para ellos. John Colet, un crítico experimentado y sensible, solía decir algunas ve­ces en conversación que había sólo un hombre capaz en toda Inglate­rra, aunque la isla ha sido bendecida con tantos hombres de asombrosa habilidad."
"No descuida la práctica de la piedad verdadera, pero está le­jísimos de toda superstición. Tiene sus horas en las que dice a Dios sus oraciones, y no por mero hábito, sino como salidas desde dentro ("Habet suas horas quibus Deo litet precibus, non ex more, sed e pec­tore depromptis"). Habla con amigos sobre la vida del mundo que ha de venir y lo hace de tal manera que reconoces que está hablando con convicción y con buena esperanza. Y Moro es así hasta en la Corte. ¿Y hay quienes piensan que sólo se encuentran cristianos en los monasterios!"
Acaba aquí el retrato erasmiano de Tomás Moro, un hombre excelente pero en absoluto raro, severo consigo mismo, pero no adusto ni triste, sino ingenioso y alegre, que, tras agotar con enorme seño­río las posibilidades de vivir, con altas probabilidades de llegar a la senectud, acaba completamente sólo en Inglaterra, decapitado y deshonrado, por no traicionar su conciencia.
"Un hombre de una pieza", escribía el otro día. Quiero detenenerme en la expresión "hombre (o mujer) de una pieza".
Las principales acepciones del vocablo, "pieza", vienen a coincidir en esto: partes de un todo, de un artefacto complejo. Por elemental experiencia propia, todos sabemos que los hombres estamos compuestos de muchas piezas. Y con conocimientos científicos (de anatomía, de biología), resulta incluso portentosa la complejidad de nuestro organismo, el enorme número y diversidad de nuestras piezas. Llama la atención, por tanto, esa expresión, añeja y castiza, "un hom­bre (o una mujer) de una pieza".
A mi entender, esa expresión quiere significar cohesión, ente­reza, coherencia y la consiguiente imposibilidad de desarticularse o desarmarse. Y esto nos interesa mucho, porque nos interesa —lo bus­camos todos y siempre, aun sin saberlo— cómo vivir sin desarticularnos, sin ser llevados de aquí para allá, por los más diversos vientos y por otros meteoros y circunstancias. Tomás Moro, como una muchedumbre de innumerables hombres y mujeres, conoci­dos o desconocidos, sin duda fallaron en esto o aquello, padecieron debilidades, pero, a la postre, no se rompieron y no fueron, mientras duró su historia, endebles marionetas articuladas, pendientes de diversos hilos. Un potente y único nervio actuó en su interior y movió su comportamiento.

lunes, 3 de agosto de 2009

LECTURAS REFRESCANTES PARA EL VERANO (I)

ERASMO RETRATA A TOMÁS MORO (I)
En tiempos de mucha suciedad, de lo más variada, que forma una atmósfera enrarecida, me parece que vendrá bien algo de historia hecha por hombres dignos y nobles.
Hace ya bastantes años, gocé con la lectura del libro "Un hombre para todas las horas. La correspondencia de Tomás Moro (1499-1534)", Madrid, 1998.
Se me ocurre compartir con los lectores de este blog algunas páginas de ese libro, espléndidas en forma y contenido.
El 23 de julio de 1519, Erasmo, llamado el Príncipe de los Humanistas, escribe a Ulrich von Hutten sobre Thomas More, al que ya había dedicado en 1511 el "Elogio de la Locura". Es una larga carta, con un completísimo retrato de Moro, incluso en lo físico. Hoy selecciono los siguientes pasajes, algunos resaltados por mí en cursiva:
"En aquel tiempo, la vida en la Corte y la amistad de los prínci­pes no eran muy de su gusto, pues ha tenido siempre un odio especial al gobierno tiránico y un amor correspondiente por la igualdad. Muy difícil será dar con una Corte, por modesta que sea, que no esté llena de agitación y egoísmo, de afectación y lujo, y libre de verdad del más ligero toque de poder tirano. Ni a la Corte de Enrique VIII hubiera él sido llevado sino con grandes esfuerzos, y eso que sería difícil poder desear alguien más culto y con menos aires de pretensión que el actual rey."
"Goza por naturaleza de un gran amor a la libertad y al tiempo li­bre; pero aunque le encanta disfrutar del tiempo libre también es cierto que nadie muestra más energía o mayor fortaleza cuando le reclama el deber."
"Parece haber nacido y haber sido hecho para la amistad; nadie tiene un corazón más abierto y sincero para hacer amigos o más tenaci­dad para conservarlos. Ni tiene miedo alguno de aquella plétora de amistades contra la que Hesíodo nos advierte. Para todos tiene abierto el camino a un lugar seguro en su afecto. En la elección de amigos no es difícil de complacer; en sostener la amistad es el más flexible de los hombres; y en mantenerla, el más indefectible. Si por cualquier circuns­tancia ha escogido alguno cuyas faltas no puede enmendar, espera a que se presente una oportunidad de soltarse, desatando el nudo de la amistad en lugar de romperlo."
"Cuando se encuentra con gente de su gusto, abierta y franca, goza tanto de su compañía y conversación que uno pensaría que fuera para él el placer más grande en la vida. Juegos de pelota, juegos de azar, y los naipes, son cosas que detesta, y todos los otros pasatiempos con los que el pelotón de grandes del reino nor­malmente entretienen sus horas de tedio. Además, aunque es algo ne­gligente en sus propios asuntos, nadie podría preocuparse más de sa­car adelante los asuntos de sus amigos. ¿Para qué más palabras? (...)"
Sin embargo, las palabras continúan y el retrato se va comple­tando:
"En sociedad es tan extraordinariamente cortés y apacible que no hay nadie tan triste por naturaleza al que Moro no pueda alegrar, ni atrocidad tan grande cuya desazón le sea imposible disipar. Desde niño le ha gustado tanto bromear que parecía haber nacido para ha­cerlo, pero nunca con bromas bufas, y jamás le ha gustado el humor mordaz. Escribió en su adolescencia comedias cortas y actuó también en ellas. Siempre le ha encantado cualquier observación que tuviera más chispa en ella de lo que es normal, aunque fuera dirigida contra él mismo; pues disfruta con dichos ingeniosos que revelan una mente viva. De aquí que de joven se ensayara con epigramas, y su especial admiración por Luciano; de hecho, fue él (sí, puede hacer bailar hasta a un camello) el que me persuadió para que escribiera yo mi 'Elogio de la locura'".
"Lo cierto es que no hay nada en la vida humana en donde no pueda encontrar entretenimiento, hasta en los momentos más serios. Si tiene que tratar con gente educada e inteligente, disfruta de sus talen­tos; si son ignorantes y estúpidos, le divierte lo absurdos que son. No pone objeción a bufones profesionales, pues sabe cómo adaptarse al humor de cada uno. Con las mujeres en general, y aun con su mujer, se limita al humor y a las bromas. Dirías que es Demócrito nacido otra vez, o mejor, aquel filósofo pitagórico que paseaba distraído por el mercado mirando a la muchedumbre que compraba y vendía. Nadie se deja dominar menos por la opinión pública, y sin embargo nadie está tan cerca de los sentimientos del hombre de la calle."
"Disfruta de manera particular contemplando las figuras, el ca­rácter y el comportamiento de diferentes animales. Casi no hay especie de pájaro que no tenga en su casa, y lo mismo con animales que suelen ser raros, como el mono, el zorro, el hurón, la comadreja y otros por el estilo. Además, si ve cualquier cosa extraña e interesante, la compra ávido, y tiene su casa llena de cosas así procedentes de todas partes, de manera que por todos lados se puede ver algo que atrae la mirada del visitante; y cuando otros disfrutan con esto, él mismo goza de nuevo. En los días de su juventud no era contrario al trato y compañía con mujeres jóvenes, pero siempre sin infamia, gozando de tales cosas cuando le salían al encuentro sin que él lo buscara, y atraído más por la unión de las mentes que la de los cuerpos."
(...)"Desde edad temprana tuvo una educación liberal. De muchacho se entregó por su cuenta al estudio de la literatura y filosofía griega, con tan escaso apoyo por parte de su padre (un hombre sensato y de excelente carácter) que no pudo contar con ayuda de fuera y fue casi tratado como un desheredado porque se suponía que desertaba de la profesión paterna; su padre es un especialista en derecho anglosajón. Esta profesión está alejadísima de la literatura; pero en Inglaterra quienes se han hecho autoridades en esa materia ocupan el primer rango en eminencia y distinción. Y no es fácil encontrar en ese país otra carrera que lleve con más probabilidad a la riqueza y a la fama; de hecho, la mayoría de la nobleza de la isla debe su rango a estudios de ese tipo. Dicen que en tema del derecho, nadie puede alcanzar la perfección sino con muchos años de duro trabajo. Así que no sorprende que siendo Moro muchacho su mismo temperamento le apartara del derecho, pues estaba hecho para cosas mejores; pero después de probar diferentes ramas de estudio en la universidad, se dedicó a él con tanta eficacia que no había nadie cuyo consejo se buscara tanto como el suyo entre pleiteantes; ni hubo mayor fortuna adquirida por quien se hubiera dedi­cado todo el tiempo al derecho. Tales eran el vigor y la rapidez de su ingenio."
Después de referirse Erasmo a aspectos interesantes, pero de los que prescindiré aquí para no alargarnos en exceso, el "Príncipe de los humanistas" prosigue:
"No quiere saber nada de nada de cualquier sórdida ganancia. Para proveer por sus hijos ha destinado de sus habe­res lo que considera suficiente para ellos; y gasta el resto con largueza. Cuando todavía dependía para sus ingresos de sus clientes, a todos daba consejo oportuno, pensando mucho más en ellos que en su pro­pio beneficio; solía persuadir a muchos a que acabaran el litigio porque así ahorrarían gasto. Si no lo conseguía, les indicaba cómo llevar el pleito al mínimo costo, pues no faltan quienes disfrutan acudiendo a los tribu­nales. En la ciudad de Londres, en la que nació, sirvió durante al­gunos años como juez en casos civiles. Este oficio no es gravoso —pues la corte no se sienta sino los jueves hasta la hora de la comida— pero está entre los más prestigiosos. Nadie ha juzgado más casos y nadie se ha portado con más integridad. Devolvía a muchos el dinero que de­ben pagar los litigantes según está prescrito: antes de que la causa lle­gue al tribunal, el demandante debe depositar tres dracmas, y lo mismo el demandado, y no está permitido pedir más. El resultado de este modo de comportarse fue que su ciudad nativa le tuviera en pro­fundo afecto y estima."
He comenzado hoy a colocar ante nuestros ojos la figura de quien ha sido llamado, en inglés, "a man for all sea­sons" (Bolt), en latín, "omnium horarum homo" (Erasmo), que De Silva traduce como "un hombre para todas la horas". Bien podríamos considerarlo "un hombre de una pieza". Gran contraste con tantos "buenas piezas" que "triunfan". ¡Pobrecitos!